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Marianella Salazar Lluvia en los ojos 7 de noviembre de 1999 La personalidad femenina más célebre de la radio venezolana se levanta sobre la base de un personaje de ficción que ella ha confeccionado con piezas extraídas de su ardorosa imaginación y su travieso sentido del humor. La legión que conforman sus oyentes saben muy bien que están escuchando una criatura inventada, lo que muy pocos conocen es la mujer que sustenta al embeleco. Al final del almuerzo, Marianella arruga la servilleta que ha tenido en el regazo y la deja de cualquier manera sobre la mesa. Los mesoneros que nos atienden han estado revoloteando a su alrededor como insectos atraídos por los dos cuencos de menta dulce que son sus ojos, muy claros e inmensos en un mediodía que anuncia tempestad. Pero ella no ha reparado en ninguno de los mozos que le ha acercado un plato o le ha retirado una taza con la esperanza vana de acaparar su atención por un instante: Marianella Salazar practica una cortesía helada que prodiga entre los desconocidos o entre los extraños que se acercan a recoger jirones de su charla. El mundo parece cautivarla por retazos y cuando algún fragmento del paisaje logra despertar su curiosidad se entrega a él con un gran interés y una especie de acuciosa melancolía. Cabe sospechar que en el fondo de su fiereza reposa cierto aburrimiento. ¿De qué? Parece que le fastidian los actos repetidos, las psicologías previsibles, la falta de ingenio y los interlocutores crédulos que le hablan más al personaje que se ha creado que a la mujer oculta tras la criatura de su propia invención. Y no hay que ser demasiado penetrante para percibir las distintas vetas de su personalidad; para discernir cuáles gestos pertenecen a su personaje y cuáles al ser humano real: la niña caraqueña que pasaba las vacaciones del colegio en el caserón de la abuela paterna en Cumaná. Si te confundes con la multitud de marianellas que avanzan en los zapatos de Marianella es porque quieres, no porque ella se ocupe ni por un minuto de borrar la línea que separa a la mujer-espectáculo de la criatura sensible que hace de espectadora de la vida. En pleno café se abate un aguacero contra la terraza que ocupa el restaurante donde hemos almorzado. Un toldo de plástico convenientemente dispuesto en forma de visera nos mantiene a salvo de las ráfagas de agua que barren el valle extendido a nuestros pies. Hemos estado hablando de su infancia, transcurrida en el seno de una familia conservadora y restrictiva, al punto de ejercer sobre los hijos ella incluida- una presión que llegó a ser abrumadora. De su relato se desprende que, aunque rodeada de un ambiente de absoluta corrección y cabal satisfacción de todas sus necesidades materiales, no le sobraron los mimos, las manifestaciones de cariño ni las zalamerías que alivian los rigores del crecimiento. Tampoco abundaron los piropos y la pequeña Marianella no tuvo quien le dijera lo bonita que era.
Marianella tiene ese nombre por una contracción del de su abuela, la matrona cumanesa, que se llamaba María Manuela. O al menos eso fue lo que la mamá de Marianella le dijo al marido cuando éste la conminó a ponerle a la nueva bebé el nombre de su madre. Un pequeño triunfo de nuera empecinada que le impidió a la célebre periodista llevar un nombre ligado a los vericuetos pícaros de la Historia Patria. La abuela María Manuela era una mujer encantadora y cariñosa que nunca puso reparos a los remilgos de la nieta, «sifrina desde chiquita", y que en vez de reprimir sus extravagancias las estimulaba. Era así como «Doña Flor" apodo que la abuela le puso a Marianella para equipararla con la entonces primera dama de la República, doña Flor Chalbaud de Pérez Jiménez- se inhibía de ir a la playa con sus primos «porque me horrorizaba que se me ensuciaran los pies de arena". Y nadie la obligaba a hacer lo que no quería ni a comer lo que no le apetecía, como ocurría con los huevos que ponían las gallinas del propio patio «porque están manchados de pupú". Y entonces la abuela, que ya sabía la inutilidad de contrariar la voluntad de Marianella Salazar, mandaba a lavar los huevos y después de marcarlos con un sello que decía: Importado, se los mostraba en la mesa diciéndole que provenían de la tienda de la esquina y los enviaba a la cocina donde hacían las esponjosas tortillas que la niña devoraba con la vitalidad que conserva hasta hoy. Aquellas temporadas en la casa de la abuela Salazar, a cuya mesa acudían los hijos y nietos por decenas, forman parte de los recuerdos más entrañables de la ex concejal, ex actriz de telenovelas, ex conductora de televisión, actual señora de las tardes en la radio de Caracas. Al aludir a esa época, Marianella se regodea con los pequeños detalles y las refinadas cortesías de las que era objeto e insiste en hacer referencia al amor que prodigaba su abuela mezclado en su memoria con los ricos postres con que la regalaba. Ni se me ocurre rozar el antiguo mito según el cual Marianella ha sido amante de los hombres más feos y más adecos de la historia de Venezuela. Bueno, la verdad es que menciono al pasar la posibilidad de que ella... en fin, ella y Carlos Andrés Pérez. Me mira desde Islandia, desde el Congo Belga, a donde la han transportado los ríos de lluvia que ha visto descender. Ah sí me explica con condescendencia y una voz (de qué va a ser) de locutora- el presidente Pérez me decía algunas cosas medio ataconas cuando tenía gente alrededor. Pero, luego, cuando nos apartábamos para hacer la entrevista, se comportaba como un caballero y se abstenía de hacer ningún comentario que no estuviera estrictamente relacionado con el diálogo de trabajo. Hay muchos hombres así ¿sabes? Y regresa a Manila, a la Selva Negra. He ahí una de las cosas que disparan ese aire de aburrimiento del que hablábamos antes. No es que ella no esté dispuesta a aportar argumentos que echen por tierra el asunto aquel según el cual ella era la novia de los tipos más horribles de la nación. No es eso. Incluso lo hace. Dice: «no, yo nunca he sido mujer de ninguno de esos señores". O algo así. Pero acomete esa actividad con un desgano, con una falta de énfasis, con un olvido de los nombres de los supuestos amantes, con una remota transparencia en la mineralogía que explica la existencia de sus ojos. Mira, olvídate, Marianella no ha sido querida de aquellos carcamales; quizá de otros, uno nunca sabe, pero de aquellos que aparecen en los libros de Moral y Cívica, de ésos no. Lo que sí es verdad es que ella quiso tener un hijo. Lo anheló con enorme fervor, con fanatismo, con sacrificio de su propia salud, con pastillas y tratamientos, con médicos y esposos. Cada mes auscultaba la oscuridad para ver si oía la liviana pisada del bebé cuya llegada esperaba con ansias. Pero eso no ocurrió. Un día aceptó la contundente realidad: este pecho no se hizo para hijo ni esta garganta para nanas. Tragó grueso. Dejó de bordar la canastillas de las ilusiones maternales y ¡a otra cosa, carás! Hoy vive con su madre. Ha regresado a la casa de la madre, cuyos dominios invade con suavidad, con gracia, con perros y con carretillas de periódicos que trasiega para mantenerse informada. Ocupa una habitación en las faldas del Avila, recinto de doncella que nunca, pero nunca (y esto lo refrenda con ojos que muy pocos deben haberle visto, con ojos de recato y mansedumbre) es trastornado por visita de hombre. «Jamás le faltaría el respeto a mi mamá».
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