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Mimí Lazo 1º de noviembre de 1999 Cuatro años plantada en un escenario arengando a las multitudes que vienen a verla, embutida en una licra roja y gesticulando el desencanto, constituyen un récord en Venezuela y la consagración para una actriz. En el trabajo repite un texto de memoria pero en la vida se expresa y reza con sus palabras y su temperamento. Querido Dios, Siempre te he visto como un padre. Un Dios generoso, dulce y paternal. Quizá porque me faltó un padre que estuviera preocupado por mí. El caso es que siempre estoy en esto, hablándote, pidiéndote las cosas más locas. Y me las das. Hay que ver la cantidad de frivolidades que me has concedido. Me basta con ser tu niña y pedirte lo que quiero, como a un padre. Y ya. Siento que estoy protegidas y que no tengo que complicarme mucho. Comencé a hablar contigo cuando tuve los primeros atisbos de éxito. Cuando César Miguel Rondón me dio aquel papel de ama de casa en De mujeres. Tuve mi primer rol protagónico en una telenovela, me comenzaron a dar los premios, la audiencia aceptaba que una actriz con imagen de sexy podía hacer una señora de su casa con toda solvencia. La vida me sonreía. Y estaba más sola que nunca. Miré a todos lados y sólo te encontré a ti. Todos se habían ido, menos tú. Fue entonces cuando comencé a ir a misa los domingos y a comulgar. Escondida, porque tú sabes que los divorciados somos los apestados de la Iglesia. Me casé en estado de mi hija, tenía casi ocho meses de embarazo cuando me casé. Es mi único hijo. Tuve dos pérdidas: una, de Gian Carlos Simancas, en Argentina; y ahora, que acabo de perder un embarazo en Nueva York. Fue muy doloroso. Pero voy a adoptar un bebé. En cuanto salga de la película que voy a hacer en Brasil, con la misma gente de Estación Central, (haré el papel de la hija de Fernanda Montenegro, la actriz brasileña que fue nominada al Oscar) formalizaré los trámites de adopción de un bebé. Yo soy madre veinticuatro horas al día. Mi hija Cindy está viviendo en Estados Unidos, donde estudia, y nos hablamos hasta tres veces al día. Casi todo mi dinero me lo gasto llamándola a ella. El cura Carmelo Vilda me dijo que si lograba estar cinco años seguidos con un hombre, él me casaba por la Iglesia. Bueno, ya llevo más de cinco años con Luis y es una unión muy estable, pa que tú veas. Y eso que parecía una relación que no iba pal baile. Pasa que cuando las mujeres llegamos a cierta edad, los hombres que nos ven a nosotras no nos atacan, no les interesa estar con mujeres adultas. Por eso tenemos que cambiar de target. Yo lo hice y te agradezco porque soy inmensamente feliz con Luis. Las mujeres nos enamoramos de una energía mientras los hombres se enamoran de un aspecto físico. Nosotras no; las mujeres nos enamoramos de una inteligencia, una sabiduría, un encanto, una personalidad. Y con tal de ser aceptadas, de mantener esa energía fluyendo hacia nosotras somos capaces de cualquier cosa. Qué no habré hecho yo para agradar. Y Valeria, mi personaje en la obra, hasta un vestidito rojo de estilo imperio se compró. Imagínate. «Todos se habían ido, menos tú. Fue entonces cuando comencé a ir a misa los domingos y a comulgar. Escondida, porque tú sabes que los divorciados somos los apestados de la Iglesia». En el año 95, un día me llegó el sobre amarillo que contenía el aviso de despido. No me llamaron a una oficina para notificarme la decisión. No me explicaron, no me pidieron disculpas. Nada. Después de quince años trabajando en Radio Caracas Televisión recibí el famoso sobre amarillo que, aún sin abrirlo, anunciaba que estabas botada. Me puse a llorar. Lloré muchísimo. Los artistas pasamos más tiempo en un canal de televisión que en cualquier otra parte; el canal es nuestra casa y esto no es retórica. Tú lo sabes. De manera que aquel sobre me estaba echando de mi casa y del seno de la familia con la que he compartido más lágrimas y más risas. Pero los dolores te transforman, te forman el carácter, qué vamos a hacer, y yo soy una mujer de carácter. Si la inteligencia no sirve para resolver problemas, entonces para qué sirve. La inteligencia es la capacidad para disfrutar la vida. Yo soy una luchadora y no dejo que se instale en mí la tristeza, el odio ni el rencor. Cuando me echaron de RCTV pensé que mi carrera había terminado. Hasta aquí llegué, pensé. Tomé el dinero que me dieron y me fui para Miami con la idea de encontrar un poco de paz y estar cerca del mar. Estaba muy angustiada. Después comencé a ver las cosas de otra manera, comprendí que mi despido obedecía a una reestructuración de la planta y no a una acción en mi contra. Eso me alivió un poco. Les reconocí que gracias a su apoyo me pude ir a Nueva York a estudiar actuación durante nueve meses en el Actors Studio. El metodito, ya tú sabes, ese metodito sí sirve para desarrollarse como actor, carás. Y después las cosas comenzaron a ir mejor. Mejor que cuando estaba en el canal, inclusive. Empecé a ganar más dinero (porque ahora me contratan por proyecto). Los rompimientos te transforman y te hacen crecer. Eso fue lo que me ocurrió a mí. El nombre de Mimí me lo puso mi mamá porque ella adora la Opera. Fue un nombre superpuesto sobre el que recibí en la pila bautismal: Ana María, que era el nombre de mi abuela paterna, una vidente muy conocida en Caracas. Ana María es un nombre muy bonito pero más me gusta Mimí. Esa soy yo. Y ya he arreglado todos mis papeles para que aparezca oficialmente en todos mis papeles. Mi abuela paterna era una mujer extraordinaria. Crecí escuchándola hablar con gente que yo no veía; ella conversaba con un tal Chucho, por ejemplo, a quien yo no alcanzaba a ver. Murió cuando tenía doce años pero la recuerdo muchísimo, fue ella quien me enseñó a recitarle versos a la luna para que me concediera deseos. Las abuelas se quieren mucho, yo estoy segura de que seré una gran abuela. Desde que tenía como doce años me empezaron a encantar los noviecitos. Siempre he sido muy coqueta y he adorado el tema de los novios. Sin embargo, me casé virgen. A los dieciséis años, la única forma, claro. Ese enlace duró un año y ocho meses, el tiempo promedio de duración de mis matrimonios (con excepción de Gian Carlos Simancas, con quien estuve por más de cuatro años y con mi actual marido). Valeria, mi personaje, en El aplauso va por dentro, dice, muy patéticamente que ella quiere que los hombres la valoren. Pobrecita. Qué la van a valorar. Si a los hombres les da pánico cuando tienen al lado una mujer íntegra, de cualquier edad. Yo escribía poemas a los dieciséis años, ya a esa edad era una amenaza para los hombres que se aterran ante la inteligencia y la determinación femenina. Por eso te vuelvo a dar las gracias por Luis. Porque Luis es distinto. Para empezar, como es muy joven, no está traumatizado. Es capaz de soñar, igual que yo. «Desde que tenía como doce años me empezaron a encantar los noviecitos. Siempre he sido muy coqueta y he adorado el tema de los novios. Sin embargo, me casé virgen. A los dieciséis años, la única forma, claro». Mi vida se viene orientando, desde hace algún tiempo, a estructurar un mensaje para las mujeres. En muchas ocasiones me he preguntado qué me tienes reservado porque cada vez se me impone con mayor claridad el amor que siento por las mujeres, esa empatía, ese sufrir con ellas. Diariamente recibo treinta mensajes, cartas o tarjetas, de mujeres que se dirigen a mí para contarme sus cosas. Como si yo supiera mucho de la vida y de los hombres. Bueno, alguna sensibilidad tengo. Yo y todas las mujeres de este país somos hijas de madres muy sufridas. Por eso tenemos el compromiso de triunfar por nosotras y por ellas. Yo me he divorciado cinco veces (no hablaré de eso por lo fastidioso y porque ya conoces muy bien la historia). Qué se hace: a mí me gustan los cambios y no me gusta sufrir. Creo, además, que los amores pueden durar cien años o tres días. El amor tiene un tiempo y se acaba. Nada es eterno... sólo tú, claro está. Nunca he tenido amantes... bueno, dos (a ti no te puedo mentir)... porque siempre he estado casada. A mí lo que me gusta es la pareja. No me gusta andar por ahí saliendo con uno y con otro. Me encanta un solo hombre, dedicarme a ese hombre, dormir con ese hombre y despertarme con ese hombre. Pero amantes no. Uno solamente es amante cuando tiene la autoestima por el piso. Una mujer que se aprecie no es querida de nadie. Qué va. Tengo una inmensa necesidad de afecto. Lo que yo quiero en la vida es que la gente me quiera. Hace como cuatro meses he empezado a pensar que uno no le puede caer bien a todo el mundo. Qué terrible ha sido para mí darme cuenta de eso. Al comienzo de mi carrera hice una escena de desnudo en El pez que fuma, la película de Román Chalbaud. En aquel momento tenía una idea muy candorosa de lo que significaba mostrar mi cuerpo pero después de todo lo que ocurrió, de la tremenda persecución de que fui objeto por enseñar unas piches nalgas, me quedé aterrorizada. Esa experiencia me cambió. Fue entonces cuando empecé a sentir esta enorme necesidad de provocar que mueve casi todos mis actos. No soporto la doble moral; no soporto esas mujeres que siguen casadas con hombres que detestan. Me paso la vida proclamando ese rechazo. Soy capaz de vestirme como una porquería para asistir a un evento importantísimo; o soy capaz de salir en una fotografía sin sostén, que se me vean los pezones. Tengo una inmensa necesidad de confrontar. Porque me hirió muy profundamente el comportamiento de mi familia y de mi gente más allegada cuando aparecí desnuda en El pez que fuma. Era como si hubiera matado a alguien. A mí me mataron con esa censura tan cruel. Tuve que irme del país porque me convertí en la vergüenza nacional. Me fui a Roma a estudiar actuación, becada por el Conac, gracias a ti, y estando allí, caminando por una calle, me abordó un fotógrafo de Playboy que me ofreció un platal por posar desnuda para su revista. No lo hice. Por idiota. Por temor a lo que iban a pensar en Venezuela. Todavía estaba empeñada en que me quisieran. «Me fui a Roma a estudiar actuación, becada por el Conac, gracias a ti, y estando allí, caminando por una calle, me abordó un fotógrafo de Playboy que me ofreció un platal por posar desnuda para su revista. No lo hice. Por idiota. Por temor a lo que iban a pensar en Venezuela». Carolina Herrera, la diseñadora, vino a verme al teatro. Me tocó la puerta... ay, chico, yo estaba pésimamente vestida... Yo me visto muy mal, a mí me encanta vestirme mal. Claro, me visto como la clase media que no tiene dinero para costearse un vestuario refinado. Aunque no debo quejarme, estoy ganando bastante dinero, la verdad es que lo mío es provocar, con el mal gusto, con vestidos forrados y transparentes. Eso me encanta. Carolina Herrera entró y me dijo que me llevaría a Nueva York a montar la pieza allá. A los quince días me estaba mandando a buscar. Eso fue un tubazo para mis ex amigas. Cómo ha dolido mi éxito a algunas, diosito querido. Hay gente que vive y hay gente que ve a los demás vivir: se sientan a tomarse unos tragos y a criticar el hecho de que una actriz venezolana de cuarenta años se ha ido a Hollywood a hacer castings para ver si le dan buenos papeles y hacerse una carrera internacional. Pero mientras ellas pierden el tiempo en una barra en Caracas, y salen rascadas y llenas de odio, yo estoy conversando con Sean Penn y dándole la mano a Warren Beatty, mi ídolo de niña. Quiero hacer muchas cosas. Quiero ser una gran actriz y, por qué no, triunfar fuera de Venezuela. Pero sea lo que sea, quiero, cuando muera, llegar allá donde tú estás, y decirte: «aquí estoy, mira todo lo que hice con el talentico que me diste». Quiero que me entiendan esto y que me apoyen. Los sueños no tienen edad. Soy contradictoria, lo sé. El gran poeta norteamericano Walt Whitman lo dijo: «¿me contradigo? Contengo multitudes». Guardando las distancias, también yo contengo multitudes. Pero es que estoy aferrada a la vida. Amo la vida, con todo lo que tiene. Amo el riesgo. Yo me voy a Los Ángeles, a probar fortuna en Hollywood después de vieja, por eso, porque no le tengo miedo a lo nuevo. Independientemente de que no me gane el Oscar... pero quién me quita lo bailado. Dime, quién me quita lo bailado, ni tú, con todo el respeto.
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