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Los mosquitos de Arcaya Noviembre de 1999 A pesar de todo el tiempo que tuvo el gobierno, principal productor de espectáculos del país, para organizar el Show de Mely, éste decepcionó a la audiencia por su improvisación, falta de imaginación y lo previsible de los números principales. El Show de Mely, que ha podido ser apasionante, fue, por el contrario, una sucesión de mentirijillas que no engatusaron a nadie y una demostración fehaciente del desmadre de un equipo que no es tal. El gobierno es como una compañía de ballet cuyos miembros provienen de grupos no sólo diferentes sino contrarios y a eso se debe que cuando salen al escenario se dan de topones, se tropiezan, se dan cabezazos, se atoran al pretender salir todos por la misma puerta y se caen al atropellarse en la retirada por una sola salida. No tienen libreto, no han ensayado, carecen de formación y pasan olímpicamente del resultado de sus torpezas: a ellos lo que les interesa es estar encaramados en el escenario... lo demás es cotufa y programa de mano para dejar tirados en el piso. A esta profunda descoordinación debe atribuirse el fiasco en que resultó el Show de Mely, cuya aparición, sana y salva, era esperada con genuino interés por toda Venezuela. No nos ocuparemos, en esta crítica especializada, de lo que ocurrió en las cuarenta y ocho horas previas a la función de Miraflores, en que el presidente mostró a Mely. Me abstendré, pues, de comentar la aparición estelar de Pablo Medina atribuyéndose el mérito del rescate, hazaña que posteriormente el jefazo ni siquiera mencionaría. Y no haré ninguna alusión a la saturación de sobones que suelen pulular en este tipo de hechos (perfectos desconocidos que aparecen apurruñando a las víctimas). Nada de eso. Nos limitaremos a comentar el circo de Miraflores, lamentable programa vespertino que se inició con un largo opening durante el cual los reporteros de televisión hubieron de hacer malabares para rellenar aquel espeso tiempo muerto que nadie entendía por qué se prolongaba tanto si ya la bonita tachirense estaba en la trastienda aguardando el retumbar de los redoblantes para salir a escena de la mano del maestro de ceremonias (a quien sólo le faltó proclamar algo así como: "el gobierno, sin escatimar gastos ni esfuerzos, presenta a la gran Mely, angelical criatura emergida de las selvas umbrías sin raspones ni rencores..."). Más de una hora de carreretas y nada que el show comenzaba. De pronto apareció Ignacio Arcaya, ministro del Interior. Una reportera lo abordó para interrogarlo en torno al presunto aporreo que presentaba Mely por las picaduras de insectos y el ministro, con sus maneras ursulinas y su artesanal copete, le respondió que: "ya se sabe que los insectos pican más a la gente rubia". ¡No! Sí. Así lo dijo. Una babiecada más del ministro Arcaya, es verdad. Para qué vamos a hacer una alharaca por las sandeces del ministro del Interior si eso es lo normal... Lo que alarma de esta última necedad de Arcaya es lo que tiene de descarado atajo para escamotear la realidad. Y todo el gobierno es igual. Arcaya no es un individuo, es un síndrome. Venezuela arde por los cuatros costados y el gobierno anda con una red haciendo el show de la cacería de mosquitos. Esperemos que la falta de aplausos no sea disimulada por ruido de artillería.
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