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Finalmente, qué dijo Otto

El Nacional, 12 de setiembre de 2002

Ramírez Pérez, Otto Neustald y el documental [martes, 10 de setiembre de 2002]

Mientras los toros que salen al ruedo tengan la actitud que Pablo Antillano calificó de yonofuiísmo, la única referencia de verticalidad y coherencia entre lo que se dice y lo que se hace seguirá siendo Hugo Chávez Frías.

Este fin de semana, la planta del Estado, Venezolana de Televisión, difundió un video en el cual se ve al periodista Otto Neustald, que en los días del roto de abril pertenecía al equipo de corresponsales de CNN, afirmando que dos horas antes de comenzar la matanza del día 11, él había asistido al ensayo que un grupo de militares hacía de una intervención televisiva que saldría más tarde, en la que ya ellos denunciaban la existencia de seis asesinatos perpetrados contra los manifestantes. Es decir, Otto Neustald le dijo a un grupo de estudiantes de la Universidad Bicentenaria de Maracay que él fue testigo de que, antes de que se comenzaran a producir los crímenes, ya unos oficiales estaban aludiendo a ellos y dándolos por hecho, con lo que afirma que esos militares estaban detrás de la conspiración que llegaría a Miraflores con escala en una pila de cadáveres. Ubicado el suculento material, la televisora estatal lo hace público (exactamente como hacen todas las emisoras de radio y televisión, así como los periódicos y revistas, cuando topan con un documento noticioso que, además, aporta nuevos indicios para un tema que el medio viene tratando como parte de su lineamiento editorial). De manera que el lunes el país amaneció con la terrible sensación que se experimenta cuando el corazón está lleno de dudas, de sospechas, de espanto. Corren, naturalmente, los reporteros a buscar a Neustald para que explique cómo es que perturbó el sagrado domingo con el desgarrón de tan escandalosa revelación; por qué se ha tardado tanto en señalar a los criminales que montaron una olla de destrucción para, de retruque, hacerse con el poder; en suma, cómo es la vaina. Y Otto Neustald, que frente a los bachilleres es un orador desenvuelto que hasta chistes de dudosa solvencia se permite, se arma un enredo y comienza a tartajear: que yo no fui, que ese video lo recortaron y lo pegaron, que esas eran mis opiniones personales, que esa filmación la sacaron por la puerta de atrás de la Universidad, que yo no estoy acusando a nadie...

Un momento. Qué pasa aquí. Este hombre dice, micrófono en mano, ante un auditorio de periodistas en formación, que un grupete de uniformados estaba contando los pollos antes de nacer (lo que es peor, los muertos antes de morir), que él los vio, que los oyó cuando estaban haciendo la nefasta contabilidad, que leyó el horrible guion que condenaba a muerte a quién sabe cuántos compatriotas, y eso no equivale a una acusación. Qué es, entonces. Y cómo es eso de que él estaba expresando opiniones personales. Qué bobería es esa. Todas las opiniones son personales. Pero, incluso con ese cobertizo, justamente porque las opiniones son personales es que uno tiene que responder por ellas con su voz, con su cara, con alguna coherencia.

El affaire Neustald ya dio de sí. Sus quince minutos de fama, esos que él tanto anhelaba y por cuya conquista se introdujo en una ambulancia, «para estar en el lugar de los hechos si es que se producía un asesinato» —como también les dijo a los estudiantes—, ese cuarto de hora, pues, ya pasó. Sus balbuceos, su porro venezolano (un pasito para alante, un pasito para atrás), su falta de compromiso con lo que dijo en el recinto universitario, además de las declaraciones de otros testigos de los hechos, que echan por tierra su versión y descartan la premeditación de los militares aludidos en los crímenes aludidos, nos hacen pensar que el antiguo corresponsal de CNN concurrió a la academia para hablar paja, para hacerse el dateado, para travestirse en parte de la noticia, para dar la impresión de que está metido en el ajo.

Y el departamento de prensa de Venezolana de Televisión cumplió con su deber. Su deber informativo, quiero decir (no el otro). Cualquier periodista a quien le hubieran dado flecha de un video en el cual aparece el corresponsal de CNN en Venezuela por los días de abril, en el que este declara —en un foro público, no en una habitación con su mujer—, que es testigo de la comisión de un crimen de lesa humanidad, hubiera salivado por echarle garra y ser el primero en mostrárselo a la audiencia. De eso no debe caber duda. En este episodio Otto Neustald ha incurrido en una falla muy grave para cualquier persona: le ha faltado seriedad. Lo demás son necedades de gentes que solo buscan incordiar (eso de que tiene un expediente de mala práctica profesional, eso no tiene ningún sentido) y que viven empeñadas en ver de las cosas la periferia. El pecado de Otto ha sido el de la boconería y la inconsistencia. Y en eso no está solo. Aquí hay mucha veleidad, mucho desdecirse, muy poca lealtad a lo que se afirma. Defecto que no tiene el presidente Chávez, quien, cuando echó la vaina que lo hizo célebre, se apresuró a endosarla y a anunciar que la próxima vez sí le saldría bien. Y luego, todo lo que ha hecho ha correspondido con lo que ha anunciado previamente. No es cierto que el electorado votó una cosa y le han impuesto otra. Chávez siempre habló de revolución, siempre habló de la revancha de los pobres y de freír cabezas en aceite caliente. En eso está. Y en eso seguirá, mientras los toros que salen a la arena no tengan, al menos, fidelidad a lo que dicen.

Gaveta de secreter

En su último viaje a Buenos Aires, donde con toda razón se la tiene como una gran figura del canto latinoamericano, la intérprete venezolana Cecilia Todd, a quien la prensa argentina le atribuye un muy justificado rango de embajadora cultural, «comparable al de una Mercedes Sosa», declaró que ella, en su país, hace rato que no compra los diarios ni ve la televisión «porque los medios locales lo único que hacen es manipular la realidad».

Mimada por los periodistas sureños, quienes han reconocida la belleza de su voz y el refinamiento de su arte, Cecilia Todd se despachó a gusto condenando la prensa venezolana. «El amarillismo de los medios es insoportable», nos acusó. «Es verdad que existe la sensación de que hay dos bandos irreconciliables en mi país. Los que apoyan a Chávez y los que no. Eso es lo que nos quieren vender, pero el otro día se conoció una encuesta seria donde marcaba que ese enfrentamiento era solo parte de 30 por ciento de la población». Interrogada por el reportero de La Nación con respecto a «la postura del ambiente cultural frente a Chávez», nuestra formidable artista dio esta explicación: «En un principio hubo un sector importante de los artistas e intelectuales que apoyó su gestión, porque Chávez asignó un papel importante a la cultura dentro de su gobierno. Pero las medidas económicas que fue tomando en este tiempo lo enfrentó con los grandes intereses y eso empezó a generar controversias en diferentes sectores de la sociedad, además de acentuar las diferencias existentes entre las clases sociales. Yo me ubico entre la gente que no cree en los bandos, porque todos somos venezolanos. Incluso, los 17 muertos que hubo en el golpe de Estado al gobierno de Chávez son de todos nosotros. Para mí, lo importante es que el país no se siga hundiendo».


Milagros Socorro en La BitBlioteca


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