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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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El periodismo como género literario

Últimamente me ha dado por mirar mi cara en los espejos. El tiempo ha comenzado a labrar en ella una escritura donde se cruza, creo yo, la nostalgia con la pasión. Muchos años me ha llevado acostumbrarme a esta geografía de palidez de donde emerge una nariz varonil de fría determinación que en nada coincide con mis pequeños ojos de acento más bien circunflejo.

Concentrada ante el espejo veo desfilar en mi propia cara —sobre ella— las mujeres que me han precedido, esas abuelas ya borrosas en el libro de mi linaje. En la frente y en las cejas puede verse claramente la isleña perpleja en la playa de la inmigración. Esa mujer canaria arrastrada por la pobreza hasta un recodo de selva lluviosa incrustado en una depresión de la Sierra de Perijá. Su miedo y su contrariedad están en mis ojos; allí en lo más profundo aletea el desconcierto de la pequeña mujer que hay siempre detrás de un pobre hombre. Viéndome a mí misma la veo a ella, blanca y obstinada, harta de leer el único libro que empacó en la desbandada pero al que vuelve para recordar que no es salvaje. Ella no. En la lectura y en la magra recompensa de una agricultura febril está la prueba de que el exilio no es un acto de desesperación sino un gesto civilizador. Su mirada y sus oraciones fundarán el pueblo en que naceré mucho después, a las doce del mediodía, justo a tiempo para encandilarme con la misma luz que cegara a mi abuela americana más remota, la isleña que sueña en mis ojos cuando me asomo a una ventana.

Mi nariz, casi huelga apuntarlo, me viene de alguna sefardita aferrada a la vida con más ansia que a la fe. Es la nariz de una sobreviviente, una que ha abjurado de su confesión, de su pueblo fugitivo desde Egipto, del pan ácimo y los amantes circuncisos con tal de sentir cada noche un rastro de vino encendiendo su garganta. Si miro mi nariz en el espejo la veo a ella, agobiada por la culpa mientras chupa deleitada el hueso de una chuleta. Allí están sus requiebros de marrana, su caletre de la Torah, su desprecio hacia el cristiano que se abstiene de poseerla en cuaresma, su ancestral arraigo a las tradiciones que ha pateado a cambio de una nueva bocanada de aire que llene sus fosas nasales, ésas que se plantan en mi cara como un puente recto que enlaza el cálculo con el delirio.

En el bozo que arrastro hasta la mesa de las depilaciones está la huella de la mora que me habita desde otros siglos. Basta mirarme un poco para encontrar en mi rostro el de una mujer árabe, afecta como yo a las matemáticas y al fluido del agua en las cisternas. De ella me viene la mirada complacida con que envuelvo al guerrero sudoroso; de ella el embeleso por la bella estampa masculina y el breve respingo de un buen par de cojones. Tengo cara de mora en el enigma y en la ira, en la soberbia con que distingo a mi Dios como el único verdadero. En la lentitud con que distribuyo miel sobre piel y digo la palabra aljibe como quien dice la noche sobre la infancia.

En sus últimos años, abrumado ya por la demencia senil, mi abuelo materno, el inmenso René, se asomaba al balcón del apartamento de mis padres en Maracaibo y señalaba los carros por sus nombres de ordeño. Cada automóvil tenía nombre de vaca y los atributos del recio ganado limonero. Se quejaba de la falta de maña del caporal evidenciada en esas ubres hinchadas, en aquella grupa ulcerada. En ocasiones se apretaba la cabeza y lloraba en sordina porque una visión lo atormentaba. Era que estaba reviviendo aquellas jornadas de exterminio en que los ganaderos se arrojaban sobre los bohíos de los indígenas y les prendían fuego con todos ellos adentro. En su huida, las mujeres, decía entre sollozos de anciano medio loco, dejaban pegados sus pezones en el alambre de púas.

Este relato me viene a la mente cuando persigo en mi cara la marca yucpa. Cómo no ver en mis rasgos el dolor y la furia, el espanto de la mutilación, del ultraje, del avasallamiento. Cuando me río suena el alborozo de la mujer barí que se alerta en Caracas como lo hacía ante cada murmullo de la Sierra. Hembra feraz que se aparea en hamacas, carne de fogón, nodriza silenciosa. Tengo cara de motilona letrada que se expresa en castellano, la lengua de los hidalgos.

Y está mi boca: esta bemba de mulata criolla, siempre con una obscenidad en la recámara. Tengo cara de cimarrona, de esclava remolona, poco apta para vendimiar rigores y dada más bien al consumo de buñuelos, a los cuentos de aparecidos, a inventar la historia de antiguos monarcas de Angola que me legaron esta cara donde imperan los gordos labios, la mala respuesta, la pregunta a deshora, el frívolo beso. Cara tengo de negra levantisca que cree en la divinidad de Cristo, en la doncellez de María y en que son una las tres personas. Cara de negra descastada, apegada a la ortografía y los almuerzos con manteles; y de negrita obediente para hornear tortas de piña y prestarse sumisa a inmundas peticiones.

Mi cara es, pues, el género; que es como decir los géneros: las muchas sangres vertidas sobre el texto.

El periodismo es la opción bastarda de la escritura y en su cicatriz está el descaro: el trasiego libertino por todos los géneros incluido, todos lo sabemos, el del silencio.

Del largo viaje hasta mi cara queda sólo ésta que ven, acontecida. Así, en el texto queda finalmente la escritura, mil veces conversa, otras tantas mestiza, que es como mi cara: bajo cierta mirada, hermosa; otras más, amulatada.


Milagros Socorro en La BitBlioteca


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