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Sociología de tacones altos Qué le digo a Silvana Me descuidé, me concentré en mis propios asuntos, pospuse la visita al hospital... el caso es que me enteré de la muerte del hijo de Silvana por la conserje del edificio. Un día me tropecé con ella a la salida del ascensor y siguiendo el hábito desarrollado en los últimos dos meses le pregunté por Silvana. «Está en la funeraria», me contestó la empleada disimulando mal la carga de reproche que contenía la información (ningún vecino había reaccionado a los recientes sucesos) «su hijo murió ayer». Al día siguiente quise visitarla pero me enteré tarde, otra vez de que una ambulancia había venido a rescatarla de la locura del dolor y la había depositado en la habitación de una clínica cercana donde le habían diagnosticado un desastre natural en el corazón. Nuevamente me dejé tragar por el monstruo cotidiano y cuando volví a ver a Silvana la encontré en la calle recostada en un muro, sus ojos azules sumergidos en un estanque de lágrimas que parece congelado en las cuencas desde que su hijo cayó enfermo. Intentaba caminar pero apenas lograba tambalearse bajo el sol. Detuve inmediatamente el carro y corrí a auxiliarla. Allí, en la acera, la abracé y contemplé sus esfuerzos por no echarse a llorar. «Uno no tiene hijos y hace el enorme esfuerzo de acompañarlos en su crecimiento para verlos un día muertos», se lamentó, con ese acento italiano que ha resistido los casi cincuenta años que lleva en Venezuela. A nuestro lado pasaban los viandantes, resonaban las carcajadas de los liceístas del Colegio San Luis, pedían permiso los propietarios de los perros que veían interrumpida la ruta de sus desahogos matinales. Nos fuimos al mercado. La vida continúa y la de Silvana es, por los momentos, una existencia de suspiros y menguadas porciones de alimentos que compra por gramos, por gajos, por pulgaradas, atisbos de calorías que la mantengan viva. En el camino de regreso me confiesa que ha perdido incluso el consuelo de rezar, que le cuesta dialogar con el mismo Ser que la ha empujado a las tinieblas. Comienzo a balbucear boberías mientras la acompaño hasta su apartamento, dos pisos debajo del mío. ¿Qué le digo a Silvana? ¿Cuál será la palabra que alivie en algo esa desesperada tristeza que siento palpitar en el pecho de mi vecina? Qué puedo decirle a Silvana si lo único que atino a pensar es una plegaria que proteja a mi propio hijo y lo envuelva en una crisálida blindada, una armadura forjada con mi amor que lo mantenga siempre vivo, siempre vivo, siempre...
El día que se cumplió el primer mes de su duelo, Silvana vino a mi casa para que la ayudara a redactar una carta. «Ya sabes, mi español es un desastre...», dice, sin tener un ápice de razón. Silvana es una mujer culta, muy refinada, siendo la hija de un joyero romano ella parece haber heredado la recia nobleza de las gemas auténticas. Me encuentra con los nervios destrozados y la invito a compartir una manzanilla. La conversación transcurre en la cocina, el lugar ideal para que una mujer le anuncie a otra que ha decidido escribir un libro que la cure de sus quebrantos. «He pensado en un título así como Una abuela inmigrante», dice con las pupilas como peces en el fondo de un par de albercas transparentes. Le comento que ya existe un precioso poema que comienza diciendo «Venimos de la noche y hacia la noche vamos». Llerbasi dice, para referirse a Gerbasi. Y con la lectura del primer poema Mi padre el inmigrante iniciamos la redacción de una carta de acento burocrático. En la carta, no tengo otro remedio, debo aludir a la muerte de su hijo para explicar la sucesión de catástrofes que la han asediado en los últimos tiempos. Escribo con su mirada sobre mi hombro y no puedo evitar cierta perturbación cuando menciono sus dolorosas circunstancias con la calculada finalidad de inclinar la balanza a su favor. Ella capta al vuelo mi incomodidad y comenta que a veces es preciso tomarse ciertas licencias... ¿Qué le digo a Silvana? Cuando faltaba el párrafo final (donde no me quedaría otro remedio que hacer una referencia bastante parecida a la manipulación) le adelanto que lo que viene estará inspirado en el estilo de la Divina Comedia. Y tecleo rápidamente una fórmula aviesamente sensiblera. Entonces escucho una risa cómplice y la voz de Silvana recitando en italiano los sublimes versos del Dante.
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