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Úslar Caracas, El Universal, sábado 3 de marzo de 2001 Aunque fría, la mañana del funeral de Úslar Pietri fue soleada. De hecho, la caja de madera pulida donde reposaban sus restos parecía flotar en la atmósfera dorada que se cernía en la sala de velatorios, un amplio recinto de altas paredes de hierro pintado de blanco que por no llegar al techo dejan unos muy grandes ventanales abiertos a la brisa de las montañas circundantes. Los periódicos que el martes de carnaval habían informado de su muerte precisaban que el entierro tendría lugar a las dos de esa tarde. A las once de la mañana, la sala estaba colmada (sin que los asistentes se sintieran apretados) y afuera uno que otro grupito hacía comentarios en voz baja. Se veía un ralo conjunto de políticos, otro de académicos, un puñado de curiosos, algún funcionario de la cultura. Solo los reporteros de los diferentes medios estaban allí, en auténtico tropel, atentos a las personalidades que llegaban, diligentes guardianes de la memoria de un colega de excepción. Hacia el final de la mañana el cardenal Velasco se presentó para decir unas palabras muy sencillas, algunas frases de simpatía e inusual dulzura que resultaron inaudibles para la mayoría de los presentes porque por los resquicios de la pared revoloteaban, aventurándose tímidamente hacia el borde interior de la sala, una bandada de torditos que se dedicó a cantar a todo gañote las vitales melodías de la naturaleza. Contra la pared del fondo y de cara al féretro estaba Velasco, vestido de negro, y alguna frase de su discurso se colaba entre la maraña cantarina y jovial de los tordos cuya algarabía desmentía la luctuosa tonalidad de su plumaje. Al lado del cardenal se encontraba Federico Úslar Braun el único hijo vivo del escritor fallecido, un hombre taciturno, sobrio y de aire solitario que respiraba con dificultad más por la obesidad que por embates de la tragedia que lo ha alcanzado. Incrustada en la enorme papada que orla su rostro se podía ver la expresión, azorada y perpleja, de un huerfanito a deshora. Y en un rincón, encogida y muy bien puesta, la señora Ana Luisa Braun Kerdel, hermana de la esposa de Úslar. No había nietos ni más hijos. Estaba Úslar en el centro de la habitación y sobre su urna una cruz de flores con una cinta que decía (más bien susurraba): «De su hijo». Y en la esquina derecha, una corona enviada por la Academia Venezolana de la Lengua. Casi al mediodía llegaron otras dos coronas, una del Ministerio de la Secretaría y otra de la Presidencia de la República de Venezuela, cuyo titular se abstuvo enérgicamente de comparecer. La misa de velaciones la dio el cura del Cafetal, quien le dispensó una mínima caricia a la caja antes de dar por terminada la liturgia. Inmediatamente después llegaron los ex presidentes Luis Herrera y Rafael Caldera, éste último del brazo de su hijo y llevando inusuales lentes de sol que no lograban desviar la atención de su vacilante andadura e impresionante palidez. No hubo más ex mandatarios. Cuando llegué a mi casa, como soy abstemia e incapaz de brindar por la memoria de los muertos, puse un disco de Billo en realidad, puse varias versiones del Profesor Rui Rua, sobre todo una, muy bella, arreglada por Alberto Naranjo que incluye un coro de niños y lloré amargamente para mi sorpresa, para mi alivio, para mi cancelación de un siglo que acababa de ser enterrado.
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