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Virginia Contreras, defensora de los alzados del 92 Hubiera sido perfecta, una escena digna de pasar íntegra al nuevo expediente de la historia patria, de no haber imperado aquel olor a mierda que trancaba la respiración y poblaba el aire de moscas zumbonas, criaturas golosas que se metían en la boca de quien despegara los labios para pronunciar frases destinadas a la gloria y al bronce. Una verdadera lástima. El rapsoda que cante este lance a las generaciones del futuro tendrá por fuerza que aludir a la nauseabunda brisa excremencial que acompañó la entrada de la bella dama al barracón donde se encontraban detenidos los quince soldados, todos jóvenes y arrojados, que entonces lucían hoscos y desaliñados por la barba de varios días que oscurecía su rostro y el penetrante olor a sobaco en que parecían suspendidos como los santos en sus nubes de incienso. Todo un bouquet para impregnar una gran página de la gesta nacional. Han pasado siete años desde aquel día en que Virginia Contreras venció la resistencia del comisario Pastor Parra Rivas, director de la cárcel de Yare adonde los detenidos habían ido a parar tras su detención en el cuartel San Carlos y llegó hasta el pequeño edificio donde estaban recluidos los rebeldes de febrero del 92. Sabía que contaba con pocos minutos para trasponer el control ejercido por la autoridad del penal e ingresar en la construcción que albergaba a los insurgentes con el objeto de comprobar, con mirada de jueza, las pésimas condiciones en que vivían los alzados. Estaba allí para ejecutar el recurso de amparo dictado por otro juez a favor de los reclusos y su visita se producía en medio del sigilo y la sorpresa. Era preciso aprovechar la perplejidad de Parra Rivas e irrumpir en la gran jaula donde estaban los presos, instalar un tribunal y comenzar a escuchar los testimonios. El asunto traía un ritmo hollywoodense: argumento trepidante, acción, preciosa protagonista con la pinta de Julie Christie y un puñado de presos que cuentan, desde el comienzo de la historia, con la simpatía del público. Vamos, todo un clásico de Oliver Stone... hasta que la catira de la película llega al recinto donde están los muchachos y se queda paralizada por aquel tufo a ñoña donde planeaban, glotonas, las moscas gordas como cerezas. Eran los primeros días de abril, cuando en Venezuela las horas comienzan a deslizarse con mayor espesor y las piñas fermentan nada más desprendidas de las plantas. Mal momento para meter quince hombres en unos cuartuchos minúsculos, sin agua y con mala ventilación. Estaban en el anexo construido para que los presos de Yare recibieran la visita conyugal (lo que, de paso, les había acarreado la mala voluntad de los reos sin lustre político); ahí metieron a Hugo Chávez Frías, a Francisco Arias Cárdenas y a otros cabecillas del alzamiento contra Carlos Andrés Pérez. Les habían prohibido el uso de sus uniformes, incluso de cualquier tipo de zapatos por lo que andaban en chancletas, vestidos de cualquier manera y sin lavarse por muchos días. Por las paredes del anexo chorreaban las aguas negras y en el denso caldo que colmaba las pocetas flotaba el excremento. Esa es la visión que conserva Contreras de aquella visita. Virginia Margarita Contreras Navarrete había acudido a Yare como jueza, no como abogada defensora que todavía no lo era de los presos más famosos del país. En su tribunal se habían presentado Javier Elechiguerra, hoy procurador general de la República, y los familiares de algunos de los oficiales detenidos, entre ellos Argenis Chávez, hermano del líder. Ellos la informan de que los rebeldes habían ganado un recurso de amparo dictado por un juez del Distrito Federal pero, como la Cárcel de Yare está en el estado Miranda, no habían encontrado a ningún juez de esa entidad regional que se atreviera a ejecutarlo. Y mientras, los hombres estaban aislados, impedidos de recibir visitas de sus familiares y sus abogados. Ya habían recorrido casi todos los tribunales mirandinos y nadie quería meterle el pecho al asunto. ¿Querría usted, doctora? Contreras leyó la decisión. Estudió todo muy detalladamente y llegó a la conclusión de que lo más ajustado a la ley era ejecutar la decisión del juez. No es que ella actuara como un mal personaje de una mala novela soviética y se lanzara a defender a los oficiales porque ése era el deber de un buen cuadro del partido. No. Con su cara de gringa que toma el sol distraídamente al borde de la piscina de un campo petrolero, Virginia Contreras es una persona cerebral, que no cede a impulsos, que va a lo suyo y que no da puntada sin hilo. No hay que confundirse con sus ojos de muñeca y sus labios resecos como por el salitre de unas eternas vacaciones en el mar. Debajo de toda esa ferretería de los encantos estivales se tensa una voluntad de hierro y palpita un instinto canino para moverse entre circunstancias que para otros no se presentan claras. Dije que sí evoca con una coquetería diluida en seguridad en sí misma como si estuviera contándole a alguien que había accedido a los requiebros de un espía porque encontré muy atinada la decisión del juez, quien exigía sencillamente que se tratara a las personas como personas y que se cumplieran todos los pactos internacionales, empezando por la Convención de Ginebra. A las diez de la mañana del día siguiente, Contreras estaba delante del teniente coronel (Ej.) Pastor Parra Rivas, a quien cabe figurarse metiendo la panza para atender a aquella encantadora señorita que había caído por sus predios. El pobre no podía imaginarse, cuando le echó el primer vistazo, que Virginia era una jueza llegada para inspeccionar el local y que cada vez que moviera el morrito no sería para decirle cuchi-cuchi sino para advertirlo de que él estaba obligado a permitirle el paso a la representante del poder judicial y que si no lo hacía podía ir preso (la Ley Orgánica de Amparo establece que aquella persona o autoridad que incumpla un mandamiento de amparo puede ser castigada incluso con quince meses de reclusión). Tú verás... casi se escucha todavía resonar el eco en el fantasmal conticinio yarense. El hombre le abrió la puerta de la cárcel. Craso error. Contreras dio las gracias y pasó rampante, pentatlónica, delante del comisario; se dirigía a un encuentro con el aliento de los albañales y con su propio destino que comenzaría a cambiar con la primera bocanada. Rodeada por un animado corro de asesinos, atracadores de ancianas y sobadores de muchachitos, Virginia Contreras sostuvo con una mano un plato mientras con la otra se obligaba a meterse en la boca una cucharada del engrudo que sus contertulios apuraban sin detenerse a calcular la fecha de la que dataría aquella especie de vómito de gato y aquel pan con el que podía practicarse un homicidio si se asestaba con vigor y algún conocimiento de anatomía. Son los riesgos que corre una blanquita, egresada del Colegio Emil Friedman, cuando se mete a redentora de malandros. Virginia Contreras, quien, desde luego, no aparenta su edad como no aparenta su carácter, ni sus agallas, ni sus dos hijos preadolescente nació el 23 de marzo de 1958, penúltima de seis hermanos habidos en el hogar de la pareja de andinos avecindados en la capital que encabezaba el abogado Florencio Contreras Quintero, especialista en Derecho Tributario. A los veintidós años no sólo estaba ya egresada de la Facultad de Derecho de la UCV con calificaciones de cum laude sino que había sido nombrada titular de la Dirección de Prisiones por el ministro de Justicia (del año 1981), Reinaldo Chalbaud. Como corresponde a una recién graduada entre los primeros del curso (que además cuadra con el aspecto de Marisol la actriz española que desde hace unos años sólo responde al nombre de Pepa Flores en el rol de Marianita Pineda) Contreras no se avino a permanecer en el despacho a la vera de un teléfono sino que optó por ser directora de Prisiones desde las prisiones. Venga entonces a entrar con paso elástico a las catedrales del horror; venga a pasear su empaque teutón entre la mulatada que pone, entre nosotros, la carne de prisión; venga a posar la mirada azul sobre aquella sabana de cicatrices y marcas de chuzo: la escritura de la violencia sobre una página de piel. Fueron sus primeras lecciones de realidad. Aquellos antros la iniciaron en este asunto de tener los pies en la tierra. Y ella, sin proponérselo, sin tener ninguna culpa, inició esa curiosa tradición venezolana de poner niñas lindas al frente de la Dirección de Prisiones gesto de un mala leche equivalente a encargar a un monstruo de circo la organización del Miss Venezuela. El caso es que Virginia Contreras comenzó el desfile de figurines que ha distribuido caras bonitas entre la reja y el rejo. «Lo triste», reconoce la propia Contreras, «es que ninguno de nosotros ha tenido la formación necesaria para entrarle en serio al problema de las cárceles en Venezuela. Hemos tenido buena voluntad pero poquísima, casi ninguna, preparación en cuanto al tratamiento penitenciario, la reeducación del preso, o en materia judicial para entender por qué hay dilación procesal». Esa buena voluntad (una manera de nombrar la ingenuidad y cierta visión romántica de sí misma como una joven heroína que por las tardes mancha sus jeans con el óleo asqueroso que exudan los hombres presos y por las noches chupa una merengada mientras le comenta a un novio lo terrible que son las cárceles. Si lo vieras...) la puso un mediodía ante el compromiso de tragarse aquella porquería que comen los presos porque ella quería comprobar por sí misma cómo era el rancho que le daba a sus muchachos. En medio de las arcadas supo que aquello no era para ella y no porque le hiciera ascos a aquella papilla incomestible que también, faltaba más sino porque se vio ante una realidad que rebasaba los buenos propósitos, que no se trataba de jugar a ser Juana de Arco sino de arrimar el propio palmito a la parrilla. Y ella, en aquel momento, no estaba para meterse en la hoguera sino para bailar en torno a las llamas como una novicia de los rituales de la vida, que no otra cosa era Virginia para el año 1982 cuando abandona la administración pública y se marcha al desempeño privado y al encuentro de su destino. El gran momento es cuando se tiene al procesado delante, sudando como un puerco del susto y de la impresión de estar fuera del penal (después de tres años esperando sentencia). El miserable se mira en los dulces ojos de la doctora, le lanza miradas furtivas a sus brazos, firmes y rosados como un trocito de jamón de Navidad. Y entonces, cuando él la está mirando al fondo de esos globos celestes como dos pocitos de after shave, ella le dice: «Mucho gusto, yo soy la juez Virginia Contreras y quiero comunicarle que usted está condenado a veintiocho años de prisión por homicidio calificado». Le dice eso a un tipo que ha matado a dos hombres a cuchilladas: a uno le clavó veinte y al otro lo despachó con doce. Le dice eso con la mandíbula cuadrada y aquel par de orejas pegadas al cráneo. Al tipo lo tienen que agarrar entre varios porque le está gritando que cuando salga la va a matar a ella de muchas puñaladas. Él cree que con eso la va a asustar, pobrecito. Alguien ha debido decirle: mira, matón, la jueza que te va a dictar sentencia es una mujer que al mes de haber parido a su primer hijo, obviamente contraviniendo todas las prescripciones del médico, se echó a la calle a trotar y no ha dejado de hacerlo ni un sólo día de su vida aunque llueva, aunque la noche anterior la hayan llamado anónimamente para amenazarla. Y si eso no bastara para disuadir al criminal, entonces convendría decirle que la jueza que está estudiando su caso vive en La Lagunita que es como decir en el Guárico si se trabaja en el corazón de Caracas y que ella va y viene de su casa al trabajo con prescindencia de la colaboración de una empleada doméstica. Como lo oyes, asesinín, esa mujer lava, plancha, barre los pisos, pasa coleto, cocina, lleva a los niños al colegio y a las clases diarias de natación porque uno de ellos, el mayor, se está preparando para integrar la delegación venezolana que irá a las Olimpiadas de Sidney en el 2000. Déjate de eso, mijo, porque nadie amedrenta a una mujer cuyo hijo de dos años fue secuestrado hace una década por la pareja de peruanos que tenía contratada para las labores de la casa. El hombre se llevó al carajito y la mujer se quedó un rato para despistar y luego marcharse también, cosa que no llegó a hacer porque la jueza Contreras, en total dominio de sus nervios y sin llorar ni levantar la voz, la miró a los ojos como hace ella cuando va a soltar un guantazo y le dijo: «Si mi hijo no aparece, usted no sale viva de esta casa». El hombre entregó al muchachito y ella los dejó ir con ese aire de superioridad que adopta cuando le perdona la vida a alguien. Así que de miedo, tu jueza, nada. En 1982 deja el Ministerio de Justicia y va a ejercer privadamente el oficio. Es en esa época cuando conoce a su esposo, el abogado Guillermo García Machado, su contraparte en un juicio de la caja de ahorro de Corpomercadeo, donde ella estaba a favor de los deudores del organismo, representado por él. Ella ganó y durante los catorce años que tienen casados, él no ha dejado de decir que la dejó imponerse en el juicio como una táctica de seducción. En 1989, Contreras entra a la Corte Primera de lo Contencioso Administrativo como jueza relatora (es un grupo de abogados que le redactan las sentencias a los magistrados de la Corte) y permanece allí por dos años hasta que la llaman del Consejo de la Judicatura y le asignan un tribunal. Corre el año 1991 cuando Contreras ingresa a la carrera judicial. Ya se sabe que su temperamento la inhabilita para empollar en una silla mientras los escribientes toman las decisiones por su cuenta y ni hablar de firmarle a la policía una libreta de órdenes de allanamiento en blanco. Lejos de eso, les para las patas a los escribientes quienes ven con fastidio el cese de su industria de la matraca e informa a las policías de Miranda que en lo sucesivo la orden de allanamiento es ella: ya no habrá órdenes firmadas sino la presencia de la juez propiamente dicha en el Comando Unificado de Policía cuando se vaya a practicar un allanamiento. Vuelta otra vez a la senda del vicio: Contreras desfilará por las galerías de Petare sus camisas talla S, sus franelas XS y sus chaquetas medium «porque tengo los brazos muy largos». Su planta altanera hollará los vericuetos más tremendos de los barrios del sureste caraqueño calzando las botas que suele usar en todo terreno. Estas expediciones terminan de soliviantarle el ánimo: la doctora sabe que su país no es feliz, que no duerme bien, que come poco y mal. «Era como una clase de sociología jurídica permanente». Cada vez se sensibiliza más frente a lo que ve afuera y se hace más intransigente frente a las triquiñuelas de adentro. Es consciente de que la delincuencia forma parte de un apretado entramado de injusticia social pero no va de perdonadora porque los atracadores tienen que llevar el pan a sus hijos. De hecho, en su etapa de jueza sólo absuelve a dos procesados. De más decir que Contreras no suma admiradores precisamente. Y sin embargo, nadie hubiera dicho entonces que la suya sería una de las trayectorias más cortas en la historia tribunalicia venezolana, ni mucho menos que en un mundo tan controvertido y sobre el cual corren tantas historias de lenidad y corrupción, justamente ella sería expulsada con cajas destempladas y un sermón acerca de la ética y del respeto a la democracia. Pero eso es adelantarse, por lo pronto, su entrada a la brega judicial la conduciría a un encuentro con su destino. Timbrazos a medianoche. La madrugada del 4 de febrero de 1992 provocó muchos más timbrazos de teléfono que estallidos de plomo. Uno de esos repiques resonó en la casa de Contreras y ella contestó en el auxiliar que está en el descanso de la escalera, muy cerca del cuarto donde ha instalado su gimnasio particular dotado de trotadora, bicicleta estática y remadora. Si alguien se hubiera asomado en ese momento hubiera visto a una muchacha de 34 años, vestida con mono de trotar y franela ancha, apretando un auricular con sus fuertes manos de uñas despintadas y acercándoselo a un lóbulo desprovisto de zarcillos (sólo dos joyas: su alianza y la de su padre). Llamaba el comisario de la PTJ Rodríguez Franco, titular de la Comisaría de El Llanito. «Se dio el golpe, se dio el golpe», dice la voz. «Y yo no entendía de qué me estaba hablando». En la confusión, Contreras llama al celular del comisario de la Disip Elmer Rojas y éste se encuentra, cerca de La Casona, sumido en la refriega: como un Juan Charrasqueado de la modernidad sujeta el celular con la izquierda mientras echa plomo con la derecha. «El comisario Rojas me pide que acuda y constituya un tribunal accidental cerca de La Casona, de manera que ellos tengan alguna facultad de meter presa a esa gente y de juzgarlos en juicios sumarios. Es cuando yo dudo y me quedo pensando. Le dije que lo llamaba en un momento. Colgué el teléfono... yo estaba solita... mi esposo estaba durmiendo, mis hijos también... En ese momento me surge la duda: quiénes son los malos y quiénes son los buenos. En qué bando estoy yo». Toma una decisión. Entonces va a la habitación a despertar al esposo y le dice que hay un golpe de Estado. Un rato después repite la llamada al comisario Rojas pero ya ella es otra. Ya sabe de qué lado de la barricada está. Le dice que no puede salir de su casa a esas horas y en ese predicamento. Le ofrece ayudarlo en lo que pueda desde su casa, oferta que Rojas se apresura a aceptar: los rebeldes han tomado de rehenes a dos jóvenes policías que estaban en los alrededores de La Casona... si ella los pudiera llamar y convencerlos de que suelten a los muchachos. A esa hora y con el gobierno legítimo pendiendo de un hilo, Virginia Contreras marca un teléfono de La Casona y le responde un joven (rebelde) que en tono corporativo le espeta: «Somos venezolanos que estamos luchando por la Patria y estamos dispuestos a morir, dígame qué desea». Ella le dice, en idéntico registro: «Buenas noches, soy la doctora Virginia Contreras, juez décimo penal del Municipio Sucre, usted tiene detenidos a dos jóvenes que tienen la misma Patria y yo quisiera que usted los dejara en libertad porque ellos están cumpliendo con su deber». El rebelde le sugiere que llame más tarde y cuelga el teléfono. Esa mañana se enterará de que habían soltado a los dos muchachos. Cuando yo veo al comandante Chávez recuerda Contreras por televisión se me queda grabada su promesa: por ahora. Yo conocía muy bien cuáles eran las condiciones de injusticia, de deterioro, de descomposición social, de complicidades y perversiones que habían propiciado su alzamiento. En el primer momento me pareció buenísimo que estuviera pasando todo aquello porque como los sucesos de febrero me habían alarmado y asustado, estaba segura de que a mis compañeros en el poder judicial, en el Consejo de la Judicatura, los iba a asustar muchísimo también. Pensé: todo el mundo se va a portar bien de ahora en adelante, porque con el susto que nos acaba de dar este hombre se acabaron las cómicas. »No veía la hora de llegar al tribunal para ser testigo del cambio en las conductas. Y resulta que la reacción fue algo así como corran, agarren aunque sea fallo. Eso me llenó de asombro y me enardeció. Me parecía el colmo, el país estaba sacudido por un movimiento que no hacía sino comenzar y que daba muestras de profundizarse y esta gente, en vez de reflexionar, de cambiar las prácticas que nos habían conducido a aquella tremenda crisis, lo que estaba era raspando la olla. Era demasiado. Internamente se inició para mí una cuenta regresiva. Si antes yo era rebelde, ahora sabía que no podía seguir soportando a la gente que tenía a mi alrededor. Yo no era amiga de nadie pero entonces me aislé totalmente y empecé a preguntarme muy seriamente cómo hacía para ser útil al cambio que se avizoraba y con el que ya estaba resteada». El desamor, como suele suceder, era mutuo. Contreras tampoco era santo de la devoción del personal del Consejo de la Judicatura, institución que por aquellos días llama a concurso obligatorio a los jueces. Contreras se entera por la prensa y se presenta a concurso con ese aire de sobrada que debe enfermar a sus enemigos y sin pasar por la peluquería, un lugar al que concurre muy rara vez. Rinde un examen que en la opinión de dos testigos consultados resultó brillante «y muy injustamente calificado». Y regresó a su tribunal. Ni se le ocurría que podía perder, aunque le habían advertido que ya su sucesor estaba nombrado. En abril vienen los familiares de los detenidos en Yare. Contreras visita el anexo donde se encuentran encerrados apestando a mono y denostando de todo lo que oliera a poder constituido, recelo que ella tuvo la oportunidad de comprobar ante la frialdad con que fue recibida, «como representante de un poder corrompido, corruptor y poblado de incapaces». Ese primer encuentro con los rebeldes comienza el viernes a las diez de la mañana y termina el sábado a la dos de la madrugada. «A lo largo de todas esas horas el director de la cárcel hacía todo lo posible por sacarme de ahí. Llamó no menos de veinticinco veces al ministro de la Defensa, Fernando Ochoa Antich, quien por radio le gritaba que si era idiota, que cómo me había dejado entrar. A los dos días recibí una notica del comandante Chávez diciéndome que después de mi visita habían tomado represalias. Les habían suprimido el rato que diariamente se pasaban caminando al sol en un pequeño patio aledaño al lugar de reclusión; les quitaron el aparato de radio y los terminaron de incomunicar». A la semana siguiente Contreras le manda un oficio a Ochoa Antich, entonces ministro de la Defensa, dándole un plazo de 48 horas para que corrija la situación de los insurgentes. Llega el 24 de abril de 1992 «y aparece el doctor Rafael Enrique Segovia Bastardo, la persona que había ganado el concurso convocado un mes antes por el Consejo de la Judicatura y me dice que sólo me asistía el derecho a tomar mis cosas personales e irme de allí inmediatamente. Cogí mi cartera y me fui». Contreras se había quedado sin empleo. Pero no por mucho tiempo. Los muchachos de Yare le mandaron una carta invitándola a visitarlos tras su destitución y en esa ocasión ellos le propusieron que los defendiera. Por aquellos días Virginia Contreras se ponía su biquini y se echaba en su silla de extensión a tomar el sol y a revisar carpetas llenas de documentos. Una vez impuesta de toda la información no le quedó ninguna duda: esos hombres estarían libres en menos de lo que ellos mismos pensaban. Tanto fervor despertó rumores que la vinculaban afectivamente con el comandante Chávez. «Pero no hubo tal romance», descarta ella sin dejar de sorber su té de dieta. «Si existiera no te lo dijera, pero no existe ni existió. Lo que sí hay es un afecto que espero que sea mutuo». Contreras, descrita por su marido como «una perfeccionista total», puede lucir como un bello objeto decorativo pero ella nunca estará de adorno. Ni adornará las sienes de quien la ha acompañado en estas citas con el destino. «Eso es un rumor que puso a andar el gobierno de Caldera. Ese gobierno era tan terco que se negaba a creer que en los órganos de seguridad del Estado hubiera gente afecta al MBR 200; pero entre la oficialidad que trabajaba en la Dirección de Inteligencia Militar, del Ejército y de la Disip había simpatizantes del movimiento que daban información acerca de los asuntos que se investigaban adentro, de la guerra sucia que se aplicaba y la que estaba en ciernes. De manera que aún antes de que ese rumor comenzara a circular yo estaba consciente de que eso se iba a divulgar. No tiene ningún asidero». Fuentes allegadas a ambos, tanto al presidente Chávez como a su designada embajadora ante la Organización de Estados Americanos, aseguran que las relaciones entre ambos, lejos de ser acarameladas tienden a los constantes enfrentamientos. «Siempre están discutiendo, nunca están de acuerdo en nada», dice alguien que ni se molesta en negar la supuesta vinculación amorosa. Lo que no admite dudas es que el presidente ha puesto en Contreras toda su confianza y la ha destinado para representar a Venezuela en el foro continental al que espera ver reincorporada la Cuba de Castro. Va a necesitar un injerto de Mata Hari con Maquiavelo. Así deben verla desde Miraflores puesto que el 23 de marzo de este año llegaron a casa de Virginia Contreras dos docenas de rosas color salmón acompañadas de una tarjeta que refrendaba la amistad y el respeto. Venía firmada escuetamente por Hugo.
Hugo Chávez en La BitBlioteca |
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