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El Gólem nuestro de cada día
Nelly Lejter Noviembre de 2001 A confesión de parteTiene razón de antemano quien lo presuma; no soy chavista. Pero la cosa se complica: tampoco soy antichavista. Son estas dos entelequias, que me atrevo a sugerir tienen poco que decirnos en tanto que paradigmas, plataformas ideológicas, o proyectos de país claramente diferenciados. Pero el hecho es que una buena parte de la población venezolana ha decidido adscribirse a uno de estos dos grupos. Están polarizados y da la impresión de que es un camino sin retorno. Soy por otro lado un integrante de la llamada clase media, que según Mafalda es la clase «media estúpida». De modo que el lector está advertido sobre los prejuicios, experiencias de vida, cosmogonías y otros factores que con toda seguridad influyen en mis puntos de vista. Turismo entusiasmadoUn extranjero, pongamos por caso un europeo que paseara por el este de Caracas en estos días, vería algunas cosas que le podrían entusiasmar. Esos automóviles con la bandera nacional, por ejemplo, que se mueven por las calles con las luces intermitentes y con las cornetas enviando señales a sus compañeros de convicciones; o las señoras que salen de la estación del metro en Altamira con sus banderas enrolladas, con la mirada decidida y paso enérgico, con sombreros o bandanas. Son personas de las que es tan difícil, en términos generales, lograr activismo político de cualquier índole que nuestro amigo turista seguramente se diría que algo interesante y positivo está sucediendo en Venezuela. Se extrañaría seguramente el turista al ver, en una calle cualquiera, que de uno de estos automóviles politizados sale volando de repente un objeto que cae sobre la acera; es una lata de cerveza. Nuestro amigo se confundiría seguramente. ¿Cómo se compagina la preocupación por el país y la decisión de manifestar su punto de vista y de enarbolar la bandera con esa muestra de irrespeto por la ciudad que es tirar cerveza por la ventana? El hecho es, para probable desilusión de cualquier observador entusiasmado, que el origen de este activismo no es tan prometedor como sus manifestaciones puntuales y tal vez efímeras lo sugieren. La razón del surgimiento de estos fenómenos consiste en que en Venezuela, finalmente, nos estamos viendo cara a cara con lo peor de nosotros mismos. Estamos enfrentando nuestra propia creación, el resultado de lo que hemos decidido hacer, todos, con nuestra identidad y con nuestro país. Para explicar este punto de vista recurriré a una metáfora que se encuentra en una historia para niños. Un cuento para niñosIsaac Bashevis Singer, premio Nobel del año 78, decía que los niños son los mejores lectores, mucho mejores que los adultos. Porque los niños, decía Bashevis Singer, «no leen para encontrar su identidad. No leen para liberarse de culpas, para apagar la sed de rebeldía, o para luchar contra la alienación. No le encuentran ningún uso a la psicología. Detestan la sociología. Todavía creen en el bien, en la familia, en los ángeles, en los diablos, en las brujas, en los duendes, en la lógica, en la claridad, en la puntuación y en esas cosas obsoletas». También decía Singer que los adultos tenemos el problema de que no podemos leer nada sin preguntarnos qué piensan los demás, qué dicen los críticos, qué dicen los expertos o los gurúes; esperamos que otros nos digan si la obra es buena o mala. Pero los niños leen con sus propios ojos. El cuento proviene de la tradición hebrea, de una tradición muy antigua que se remonta varios siglos atrás, a la época del misticismo judío y se titula El Gólem. Había una vez un ghetto judío en la ciudad de Praga. Los judíos vivían separados del resto de la sociedad, aislados y encerrados, con terror permanente porque sus vecinos los atacaban sin piedad. Eran los tiempos de los pogroms; los ejércitos del emperador de vez en cuando entraban por las noches al ghetto y asesinaban a las personas, les robaban sus pertenencias y quemaban sus casas y sus sinagogas. Los judíos por su parte dedicaban mucho de su tiempo a estudiar los textos bíblicos y otros textos de interpretación de la Biblia. Muchos de esos textos tenían que ver con el origen de la vida y con la creación del hombre. Recordemos que, según la Biblia, el primer hombre, llamado Adán, fue creado del barro y fue Dios quien le infundió vida. De hecho, según algunas versiones de la tradición judía, Adán fue el primer Gólem, es decir un ser con figura humana pero que solo se volvió realmente un ser humano cuando Dios le infundió, además de vida, la capacidad para pensar y para decidir; en otras palabras, cuando le otorgó el libre albedrío. Una noche, un rabino encontró la fórmula divina para la creación de un Gólem, una especie de antropoide. El rabino quería crear un ser que ayudara a los judíos en sus tribulaciones y los defendiera de los guardias del emperador y de los ataques de los pueblos vecinos. Para crearlo había que combinar cuatro elementos: tierra, agua, fuego y aire, y era necesaria una formula mágica. El rabino hizo primero una figura de barro y, con esa fórmula mágica, le infundió vida. El Gólem no era una persona; era un ser parecido a un hombre, pero que no podía hablar. No solo era mudo, sino que al no tener la capacidad de hablar, tampoco la tenía para razonar. Es decir, no tenía libre albedrío. El Gólem estaba hecho para obedecer ciegamente las órdenes de su creador. Era enorme, más grande que una persona, tenía una gran fuerza y su figura era muy imponente. Para darle vida y para que obedeciera sus órdenes, el rabino inscribió en la frente del Gólem la palabra emet, que en hebreo significa verdad. Al tener esa palabra en la frente, el Gólem despertaba y obedecía las órdenes del rabino. El rabino comenzó a darle órdenes, como impedir los ataques al ghetto, y el Gólem a cumplirlas. Al principio todo iba bien; el Gólem asustaba a los guardias del emperador, quienes no volvieron a atacar a los judíos. La gente del ghetto, por su parte, comenzó a encontrarle otros usos al Gólem. Limpiar las casas, levantar cosas pesadas, todas las tareas, digamos el trabajo sucio que nadie quería hacer. Pero había un problema. El Gólem no hacía lo que la gente esperaba de él; hacía lo que la gente le mandaba. Por ejemplo, un día le ordenaron buscar agua para llenar lo que en esta época moderna sería el tanque de agua del ghetto, y el Gólem comenzó a llenar y llenar y llenar de agua el tanque hasta causar una pequeña inundación. Seguramente ustedes recuerdan una versión de esta historia en el aprendiz de brujo. La cosa no quedó ahí; poco a poco se fue yendo de las manos y el Gólem perdió todo control. Ahora, en lugar de asustar a los soldados, los iba a buscar por las calles de Praga, y los mataba con gran violencia. Hay numerosas versiones sobre el final de este cuento. En algunas, el rabino decide que debe destruir al Gólem. Para hacerlo, le quita de la frente la primera letra de la palabra emet, verdad, y la palabra se transforma en met, que en hebreo significa muerte. El Gólem se transforma de inmediato en una figura de barro. En otras versiones, el Gólem destruye a su creador, lo mata; o también, el Gólem, al ser destruido, se lleva consigo a su creador porque cuando se convierte en una enorme estatua de barro, se cae sobre el rabino y lo aplasta. En otras, el Gólem se escapa de la ciudad. De allí la leyenda de que tal vez el Gólem aún anda por el mundo y puede volver a aparecer en cualquier momento. ¿Nos hablamos como caballeros, o como lo que somos?El origen de la movilización de lo que en términos seguramente simplistas podríamos llamar la clase media antichavista y politizada tiene que ver con un hecho que nos negamos a reconocer: hemos creado nuestro Gólem, que es Chávez. Chávez no surgió por causalidad, como un accidente de la historia. Los orígenes del decaimiento del bipartidismo tradicional y del surgimiento de lo que después se convirtió en el fenómeno chavista no son parte de un vacío histórico, sino de una realidad que si no aceptamos, nos continuará persiguiendo y obligando, como nos obliga ahora, a verla de frente y sin adornos. Chávez ha sido el catalizador para que los venezolanos nos enfrentemos cara a cara con aquello que preferiríamos ocultar: que este es un país que, bajo la ilusión de armonía, como decían Naím y Piñango en El Caso Venezuela, escondía conflictos profundos que ahora han aflorado, personificados en nuestro autóctono Gólem. Chávez no inventó la fragilidad de las instituciones nacionales, ni la corrupción, ni el clientelismo; lo que sí ha hecho es exacerbar estos rasgos tan definitorios de nuestra identidad como el racismo sí, el racismo y el desprecio por la vida y el padecimiento de las grandes mayorías nacionales. Ahora no sabemos qué hacer con el resultado de lo que hemos hecho; de lo que todos somos responsables. Es por esto que la frase de Cantinflas es tan acertada: hace tiempo ya que no nos estamos hablando como caballeros, sino como lo que somos. A Chávez no le deberíamos perdonar si en la práctica termina traicionando como parece que va a ocurrir las esperanzas que tantas personas han cifrado en él. Resulta decepcionante en verdad que no haya logrado ni mayor bienestar para las mayorías, ni luchar con eficacia por trascender los rasgos oscuros del sistema anterior. No logró tampoco aplacar a los talibanes de su régimen, quienes parecen haber sido más eficaces que los moderados en adelantar sus ideologías y prácticas, lo que en buena medida explica el temor y el rechazo de los ondeadores de banderas en Altamira. Sin embargo, dada la situación en la que se mueve el país en este momento, la pregunta ya no es tanto esa. La pregunta es: ¿qué hacemos con nuestro Gólem? Miramos, impávidos, nuestro GólemPor ahora, no estamos haciendo sino fantasear con la idea de que lo podemos hacer desaparecer, sin más, y actuar como si aquí no ha pasado nada. Esperamos la fórmula mágica que lo destruya. Lo miramos impávidos, como si no fuera nuestro; como si fuera un anticuerpo que debemos expulsar, como si después de desaparecido, pudiésemos volver a un tiempo pasado que solo a nuestro parecer siempre fue mejor. Impertérritos, creemos que tenemos el don de cambiar la historia de un plumazo, como si no la hubiéramos vivido, como si no la hubiéramos construido. Pero un Gólem no desaparece sin dejar rastro. Que no se engañe nadie; la vida no será tan distinta sin Chávez.
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