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Sección: Bitblioteca
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Elogio de la cordura Burocracia cultural y esquizofrenia de los creadores Óscar Reyes El Nacional, 13 de julio de 2001 Con preocupación leímos el análisis de Roberto Hernández Montoya sobre los intelectuales venezolanos. Coincidimos en su diagnóstico de que la cultura ha sido un prescindible adorno para nuestros estados petroleros y populistas, y que los intelectuales han tenido que refugiarse en las universidades, las fundaciones privadas y la burocracia gubernamental. En teoría, lo último no debería ser un impedimento para la creatividad: pero el estado calamitoso señalado por Roberto, y antes por Cabrujas e Ibsen Martínez, es una tesis creíble. ¿Por qué? Creemos que ciertas esquizofrenias de los intelectuales y la cultura provienen de dogmas izquierdistas. La izquierda que dominó el panorama cultural venezolano por años tuvo un dilema: al fracasar la lucha armada (la revolución) debió aceptar el locus del stablishment: comer del régimen al que querían derrocar, mordiendo así la mano del amo. Paradójicamente, ningún poeta aceptaba que lo describieran como afecto al gobierno que lo mantenía: eran revolucionarios hipócritas. Al perder la teleología y los dogmas de la izquierda, otros intelectuales menguaron, enloquecieron, se emborracharon, pues los dogmas que son tan peligrosos en política sin embargo ayudan a sobrevivir a muchas almas ingenuas y bienintencionadas. Pocos asumieron la ruptura de paradigmas con audacia y creatividad, entendiendo que podría darse el caso del filósofo tallador de vidrios como Spinoza, del escritor diplomático como Carlos Fuentes o el que vendía bien su prosa, como Vargas Llosa. La gran mayoría siguió el ejemplo del resto del país: la cultura debe ser subsidiada por el Estado. Así, el Estado nuestro ogro filantrópico invirtió o dilapidó millardos en orquestas juveniles pero desafinadas y creó un ejército de burócratas para la cultura, pero desmovilizó y desideologizó a los creadores, desnaturalizando su labor. Además, se creó una hipóstasis: equiparar las bellas artes patrocinadas por el Estado e incluso el aparato administrador con la «cultura». Pero la cultura viva la producen los pueblos, los grupos sociales, los creadores individuales talentosos y no la sociedad política: los burócratas no producen cultura o arte. Y si los productores naturales de cultura se amarran al Estado, se generan patologías: a) pierden la capacidad de riesgo intelectual; b) los burócratas culturales se apropian de los mecanismos del Estado y los creadores se ven obligados a arrastrarse tras ellos en busca de financiamiento; c) los grupos «estabilizados» legitimados por el Estado no encuentran competencia, y su desempeño se hace cada vez más mediocre. A la larga la cultura de bellas artes promocionada por el Estado colapsa por su estructura bucrocrática. La conclusión de Roberto es inatinente: no se remedian los males de «la cultura venezolana» sólo con más presupuesto. Una reforma del aparato cultural del Estado que no es lo mismo que revolución cultural debería implicar desmontar las estructuras actuales del sector descentralizar y desburocratizar y dedicar más dinero para financiar proyectos concretos, evaluados, competitivos, en vez de emplear burócratas de por vida. Puedo ser acusado de tratar de liberar el mercado laboral de los artistas. Pero la verdad es que veo pocos creadores en cargos burocráticos, y muchos más adulando a burócratas que no escriben, no cantan ni bailan.
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