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Elogio de la cordura

El Estado como «hacedor de cultura y sociedad»

Óscar Reyes
Investigador del área de teoría política. Centro de Estudios Filosóficos, Universidad Católica «Andrés Bello»
oreyes@cantv.net

El Nacional, 1º de agosto de 2001
Burocracia cultural y esquizofrenia de los creadores
Roberto Hernández Montoya,
PIIPR y Desburocratizar la cultura.
Exprese su opinión

La respuesta de Roberto Hernández Montoya (El Nacional, 22 de julio pasado) a nuestras preocupaciones sobre la cultura, cierra algunas dudas y abre otras. Roberto señala que la línea actual del Conac es equilibrar los desbalances macroeconómicos del sector, reduciendo la primacía del eje Caño Amarillo-Altamira, distribuyendo 70% del presupuesto hacia las regiones, dándole infraestructura a los centros comunitarios y -coincidiendo con nosotros- descentralizando y desburocratizando. ¡Estupendo!

¿Cómo no agradecer tan elegante respuesta? Pero preferiríamos no compartir únicamente con Ramón Piñango tanto honor explicativo, pues ello es antidemocrático.

Entendemos que por iniciativa de Roberto, el Viceministro se reúne constantemente con líderes de opinión para intercambiar ideas. Pero no sería malo que también se comunicara con el soberano. Habitualmente solo lo vemos describiendo su gestión como una «revolución cultural» —asustando a quienes se acuerdan de la viuda de Mao— o junto al jet set caraqueño, suponemos que buscando financiamiento de oligarcas filantrópicos como los Cisneros y los Mendoza.

Digamos, el Viceministro podría pedir permiso para hablar, y exponer cifras, datos, amén de descubrir y castigar las herencias de corrupción del sector, que no son pocas. Eso es lo que se espera de los ministros: transparencia en la gestión.

A diferencia de Roberto, creemos que no importa tanto quién sea el mecenas: si un Papa genial o un Estado mediocre. Más importante es el cómo, de qué manera se gasta, de qué forma se reordena el presupuesto, y qué papel juegan la sociedad y el Estado en el asunto.

Según Roberto, el Sistema Nacional de Cultura se propone «hacer sociedad», y eso es justamente lo que nos preocupa. Si antes decíamos que la sociedad política y el Estado no producían cultura, con más razón advertimos que tampoco «hacen sociedad».

La Corona española, las oligarquías, los caudillos, nuestros dictadores y demócratas, han intentado configurar desde arriba los elementos que clásicamente componen un Estado-nación en la teoría política: clases sociales, sociedad política, sociedad civil y sociedad económica. El resultado ha sido desastroso, pero seguimos insistiendo en que el Estado, paternalmente, «cree sociedad».

La cultura y la sociedad, repetimos, hace tiempo que están ahí, en la base popular, en los grupos e individualidades talentosas. Y nos han permitido, como país, sobrevivir a nuestros gobiernos.

Un régimen que quiera promover las potencialidades de sus ciudadanos de manera «revolucionaria» debería confiar en su «sujeto revolucionario»: ayudar con infraestructura y recursos, tener reglas de juego transparentes, pero ser solo un acompañante, no un tutor.

Hay que aprender de los diseñadores gráficos, quienes no han esperado que el Estado los «haga sociedad» para ser de los mejores del mundo, como lo demuestra la plétora de premios internacionales que han cosechado.

Roberto: la Ciudad Universitaria fue obra de la dictadura, y no tenemos los mejores músicos del mundo sino muchas orquesticas desafinadas. Los músicos venezolanos excelentes —Gabriela Montero, Inés Salazar o Aquiles Machado— han tenido éxito justamente porque se fueron del país a competir en los escenarios mundiales, en vez de quedarse aquí persiguiendo burócratas. Le apostaron a su talento: no se sentaron a esperar que el Conac los salvara.


Óscar Reyes en La BitBlioteca



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