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Tres hijos de la crisis

Otrova Gomás

Los encapuchados

Salen de las sombras. Como fantasmas. Repentinamente afloran de una esquina para luego esfumarse entre los blanquecinos vapores de los gases lacrimógenos. Llegan y desaparecen dejando como única huella de su presencia un montón de cauchos quemados, los hierros retorcidos de una barricada y a veces el cadáver de los menos duchos en el difícil arte de desvanecerse. Podríamos llamarles los nuevos peones de la convulsión social de la eterna Venezuela en crisis. Motores que mueven el pesado autobús del descontento, que paradójicamente les lleva a destruir los otros autobuses, los del pan de cada día, que al consumirse entre las llamas agravan su propio calvario de transporte.

En realidad podrían ser los mismos agitadores de la generación del 28, ó los que tumbaron a Pérez Jiménez o le amargaron la vida a Betancourt en los sesenta, pero ahora hay tres cosas que les diferencian: el modelo de los vehículos quemados, el Ministro del Interior de turno y la presencia de la capucha.

Los encapuchados como todos los portadores de máscara son indescifrables. Su máscara como toda máscara es un enigma. Según unos, la usan por cobardía, porque los revolucionarios de otros tiempos daban la cara. Miraban de frente cuando con la mano levantada condenaban al imperialismo. A ellos no les importaba delatarse y que su ira tuviera nombre y apellido. Para otros, esa relación concubinaria con el anonimato no es miedo sino vergüenza. La careta de trapo oculta el pundonor. Temen que los vean como soldados de un ejército derrotado. Si Fidel reabrió los prostíbulos, Moscú es la nueva Chicago, en Pekín se bebe Coca-Cola, y al Ejército de Liberación de Colombia el único cambio que le interesa es el de la cuenta donde se depositan los dólares de la cocaína, es explicable que les produzca cierto rubor decirle a la clientela que se aspira llevarlos a lo que queda de esos reinos. Aquí es donde la capucha tiene su razón de ser: con ella se puede levantar la frente.

Hijos putativos del plan Sosa, del de Azócar, o el de cualquier otra diva de turno en esa rumba sin fin del caos económico, sus deportes favoritos siguen siendo el lanzamiento de piedras desde cualquier ángulo, jugar gárgaro con la policía y batir la marca de los cien metros planos corriendo delante de un Disip motorizado. Y tienen condiciones para aparecer en la pizarra: la figura esbelta, menudo el entrecôte y la musculatura breve de los adolescentes, livianos los instrumentos de trabajo: una caja de fósforos y un pequeño frasco de gasolina, y sobre todo las ganas de agitar. Con ellos sus pies son capaces de moverse a la velocidad de Aquiles, el de las aladas piernas, o evaporarse con la rapidez de un banquero barrigón apenas lo invitan a participar en un secreto sumarial.

Cual campeones en la triple corona, en pocos minutos pueden quemar un montón de cauchos en plena vía pública, lanzar un ladrillo desde el aire en una carrera accidentada y reabrir una nueva barricada protegidos por el humo de los gases que estallan a su lado. Realmente sorprende la habilidad que tienen para fastidiar la paz de los caminantes y mortificarle la paciencia a los desesperados policías.

Como todos los arquetipos, los encapuchados tienen su propio look para la historia. La vestimenta es breve como puede ser su vida: zapatos de goma cómodos y bien deteriorados, un pantalón ligero y la franela suave que en segundos deja descubierto el pecho y les ayuda a ocultar la cara. Los hay quienes poseen la oscura gorra que se usa para mitigar los rigores del invierno en los centros imperiales. Es entonces, cuando su figura delgada saltando entre el humo blanco con el negro capirote impacta a la opinión pública desde la primera página de los diarios. Parecen palestinos tratando de recuperar los áridos territorios que perdieron por allá lejos, entre los bordes del cielo y el desierto.

Los componentes del grupo son desconocidos. Pueden ser estudiantes de clase media, delincuentes infiltrados, hijos de obreros o desempleados. Para identificarlos bastaría atraparlos y revisarles los bolsillos. Esquivando las patadas y las sacudidas de culebra allí se les puede encontrar la tradicional chuleta, un carnet del MB-200 ó una carta de despido. Pero cualquiera que sea el documento, al quitarles la capucha se verá que son los mismos agitadores de siempre: hijos de Trotsky, sobrinos de Bakunin, primos de Guevara, cachorros del loco Chávez, pequeñas piedras desprendidas que a veces anuncian la proximidad de una avalancha.

Los nuevos pobres

Aparecieron al final de la primera glaciación del dólar. Bajo el reinado del emperador Herrera, tercer y último faraón de la dinastía del derroche.

La sacudida del primer impacto cambiario fue tan fuerte, que se quedaron revoloteando como abejas enloquecidas alrededor de la colmena rota sin encontrarle explicación a la tragedia. Muchos de ellos no se dieron cuenta que estaban diciéndole adiós para siempre a la encantadora magia del consumismo sin control. Ese día, a las once y cincuenta y nueve minutos de la noche se incorporaban formalmente al mundo de la estrechez y la carencia. Algo que sólo conocían de referencia, como cosas de otro planeta, de otra galaxia en quién sabe qué universo. De ese deprimente panorama sólo tenían noticias cuando al viajar al aeropuerto rumbo al norte, veían desde lejos los ranchos marginales y su incontrolable expansión hacia el abismo, hacia las mismísimas entrañas del viaducto.

Después fue un continuo acumular de mañanas que sólo anunciaban nuevas restricciones, y la ascensión del todopoderoso billete verde hacia las inaccesibles alturas del Fondo Monetario.

Desde entonces, cada día, cuando el nuevo pobre se enfrenta a la rutina del espejo sigue sin entender porqué le pasó eso. Sin cansarse se pregunta: Si es él mismo, el de ayer, el que siempre estuvo allí. ¿Porqué ahora no está con las cosas que tuvo antes? ¿Dónde se haya el corotero? ¿Qué se hizo aquel enorme apartamento, la cómoda hipoteca y las tres cuentas de ahorro? ¿Los dos carros último modelo? ¿La abundancia de ropa y de zapatos en el inmenso closet? ¿Dónde está la casa de Mayami, los viajecitos en primera, la sabrosa arepa con caviar y el criollo pocillo con champagne en la mañana? ¿Quién escondió la botella de etiqueta negra? ¿Qué hace ese ron plebeyo debajo de la cama? ¿Qué hizo evaporar la enorme televisión y los sofisticados equipos de sonido? ¿Qué desgracia permitió que la nevera tenga tanto espacio que para disimular hay que llenarla con revistas viejas? ¿Y la acción del club, el resort y tantas joyas? ¿Porqué se evaporó el bachillerato de los chamos en la ciudad de Boston? ¿Dónde están el trabajo y las altas comisiones? ¿Quién se llevó la muchacha del servicio? ¿Qué busca él en esa cola para hacerse su chequeo en el Hospital Pérez de León? ¿Porqué cada día a la hora de comer hay que pensar en el milagro de la multiplicación de los panes? ¿Y la sopa, porqué tiene que beber esa cosa que tiene tanta agua que sabe a puro riachuelo marginal del Orinoco?

Vanas preguntas sin respuesta a las que su cerebro imprevisivo jamás podrá encontrarles una razonable explicación.

Desgraciadamente, por ser el grupo más abundante en la nueva Venezuela, los nuevos pobres no tienen una indumentaria ni en un tipo físico que los distinga. La única manera de reconocerles es por la cara de amargura. Una amargura que sólo desaparece momentáneamente cuando para deleitar sus ojos se van a mirar vitrinas en los centros comerciales a pesar de que luego en la casa, al recordar los precios, se ponen a llorar desesperados.

Los artesanos

Surgen en el país después del inicio en serio de la crisis. Magros en extremo. Una delgadez acumulada por demasiadas horas de condumio retrasado. Lento al caminar. Lenta la mirada. Todo muy lento como su capacidad de comprender a este incomprensible mundo.

Como aves de grupo, los artesanos siempre se encuentran reunidos en las mismas zonas: la plaza de los museos, el boulevard de Sabana Grande, el de Catia y cuanto paseo peatonal exista. Allí establecen su mesa o extienden el trapo ancho que a la vez es vitrina del fondo de comercio, taller, depósito de inventarios no clasificados, comedor y el departamento de contabilidad de su pequeña empresa sin obreros.

Ellos son el símbolo de la descontaminación, porque donde se exhiben sus productos no hay carros en la cercanía y para elaborarlos no hubo menester de grandes chimeneas ni de abrirle más huecos al ozono. El olor que desprende el palito de incienso que arde a su alrededor sólo sirve para disimular su propio aroma: una extraña mezcla de ácido cúprico, guayacol, alpaca con cuero quemado o la pesada fragancia de acetileno con alambre.

Su vestimenta los identifica a una legua de distancia: sandalias repujadas, cero medias, para que sus dedos liberados coqueteen con el viento, guayabera hindú con florecitas bordadas, el pelo largo con su moño, barba ocasional o con un día de retraso en el rutinario paseo de la hojilla por la cara, nunca falta la esclava de cobre con incrustaciones de piedritas del camino y uno que otro caracolito ornamental. Sus manos muestran una amplia geografía de callos, protuberancias y hendiduras, huellas de un trabajo minucioso y pertinaz tratando de darle forma a todos los elementos de la tabla de Mendeleyev.

Sus productos son los objetos más disímiles que se pueda imaginar: dijes de pepa de zamuro rodeados con hilitos de plata, pulseras de cuero con decorado de pedacitos de culo de botella pulido, collares de alambre entrelazados con tiritas de coleto pintado, zarcillos de uña de tapir, sortijas de cable reciclado con arvejas decoradas. Sólo sus dedos cortados muestran la magnitud del combate librado para crear tanta obra de arte secundario, joyas de poca monta pero de una belleza lo suficientemente placentera como para que podamos considerarlos con orgullo la aristocracia buhoneril de nuestra gran ciudad.

Pero sin duda que de ellos lo que más llama la atención, es la de tristeza profunda que hay en su mirada, un silencio turbulento que nace del complejo de saber que se ha hecho algo que no fue necesario programar en una computadora.



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