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Agua Clara

Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

Hay personajes de la vida real que parecen sacados de los libros. No es sólo porque están dotados de una mirada un tanto extraña, a veces feroz a veces dulce, no es sólo porque se entregan a sus obsesiones ni porque hablan de ellas tan apasionadamente que no todo el mundo logra entenderlos, sino porque los episodios de sus vidas, al pasar de los años, parecen ensamblar una idea unívoca y conmovedora del destino.

En estos días, subiendo de Guanarito hacia Acarigua, atravesando arrozales y siembras de girasol, tropezamos con personajes de libros y de la vida real confundidos en los delirios de la ilusión. Uno era Mr. Rail, un alocado fabricante de cristales que recorre el mundo tratando de colocar sus copas y delgados ventanales, y que estaba obsesionado por la idea de instalar una locomotora y 200 kilómetros de rieles en los anchos predios de su finca.

Estos rieles, para frustración de los ingenieros italianos, no fueron pensados para unir una ciudad con otra, para transportar mercancía ni pasajeros. Mr Rail solo quería 200 kilómetros de rieles en línea recta para pasear en su locomotora, para ver el paisaje que se mete por sus ventanas. El destino no es un punto de llegada sino el viaje mismo, parece decirnos.

Otro personaje, que conocimos a la sombra de un inmenso apamate, fue el Sr. Pekisch, inventor del humanófono. No solo soñaba con transportar su música a través de un largo tubo de tres kilómetros sino que convenció a la gente más respetable y soñadora de Quinnipak, su pueblo, de integrar una gran orquesta. Dotó a cada uno de un pito y una nota: usted será --de por vida-- un Sol Mayor y usted un Fa sostenido, aquí hay un Re y aquí un Do. De eso los convenció. Ató los dedos pulgares de cada uno de sus músicos, de cada nota portadora de pito, a largas cuerdas que convergían en un pequeño tablero en sus rodillas. Desde allí iba tocando. A medida que iba halando los hilos brotaban las notas que identificaban a los intérpretes. De la orquesta emergieron las bellas sinfonías escritas hasta entonces.

Del cristal y la seda

Esos son apenas dos de los fantásticos personajes que pueblan la novela Tierras de Cristal (Anagrama, 1998) de Alessandro Barico, uno de los más jóvenes y exitosos escritores italianos de la actualidad. El espacio y el tiempo en el que se desarrolla la historia resultan irrelevantes frente a la fuerza abrumadora de su imaginación y el conocimiento que posee el escritor de la naturaleza de los soñadores.

Baricco parece encarnar en uno de sus personajes. En aquel cuyo hobby era el de escribir una enciclopedia imaginaria de hombres famosos, de quienes contaba su biografía y lo que habían hecho. Millares de nombres en órden alfabético. A veces, en la enciclopedia imaginaria podían encontrarse nombres que inesperadamente coincidían con los de la vida real. Como en el caso de Héctor Horeau, un arquitecto alucinado que terminó construyendo el Crystal Palace con los cristales, "muy reales", de Mr. Rail. El edificio era un imponente centro inglés de exposiciones industriales que sucumbió a las llamas, tras episodios trágicos de amor e incomprensión. Imaginación y dato crudo, sueño y vigilia, ilusión y realidad anudan la vida del escritor, del lector y del personaje. El placer es absoluto.

Pero el personaje más conocido de Baricco lleva el nombre de Hervé Joncour y habita diez ediciones de su novela Seda (Anagrama, 1997). El compraba y vendía gusanos de seda, pero cuando ser gusano de seda consistía en ser minúsculos huevos de color amarillo o gris, inmóviles y aparentemente muertos. Sólo en la palma de una mano se podían sostener millares.

La novela transcurre en los duros años en los que los fabricantes de seda de una región de Francia, y concretamente de Lavilledieu, vieron su riqueza amenazada por las enfermedades que atacaban a los huevos de gusanos provenientes de Siria y otras regiones del norte de Africa. Entonces Jancour, empujado por la locura emprendedora de su amigo Baldabiou, fue a buscar los huevos en Japón a mediados del siglo pasado.

Fueron muchos y muy variados los viajes a través de Europa, los Urales, la China y los contrabandistas holandeses que lo depositaben en las costas de un Japón cerrado y hostil a los extranjeros. Sus viajes trajeron huevos de gusanos y riqueza para Lavilledieu. Para él trajo riqueza y la dolorosa historia de un amor imposible al otro lado del mundo.

Agua clara con tilapia

Por eso cuando Carlos Diez (Toto) comenzó a contarnos la larga historia de las huevas de Tilapia, no pudimos verlo más como nuestro viejo y obsesionado amigo de la política, los libros y las tabernas, sino a través de la sensación de irrealidad con la que nos impregnaron las novelas recién leídas de Baricco.

Su corpulencia, que supera los dos metros, los ojos aclarados por la genética, su leve inclinación como la Torre de Pisa, su forma apasionada de discurrir y sus viejas historias constituyen un pasaporte de ida y vuelta hacia los personajes de aventura, soñadores irredentos.

En los últimos años abandonó los escritorios de la abogacía y se fue al campo a realizar "este país que tengo en la cabeza". Trajo los reportes de sus cuitas como comerciante de madera, atravesando los caminos colombianos y venezolanos, con alcabalas variadas de guerrilleros y guardias corruptos. Se asoció con un aserradero del llano para llenar el mundo de caoba, puy, jabillo y merecure. Fue animador de viviendas de interés social y criador de caballos, produjo forraje y se inició en el sueño de los fabricantes de esencias naturales, y ahora se ha convertido en sembrador de Tilapias y Pavones.

Con su compañera Josefina Blavia, de estirpe catalana y brotada de la misma naturaleza literaria a la que nos hemos referido, fueron por las huevas y sembraron más de 30 hectáreas de Tilapia en su granja de Agua Clara, a 20 kilómetros de Acarigua. La carne rojiza de este antiguo depredador, ahora domesticado en tanques especiales, ha entrado con gran energía en las pescaderías urbanas y va conquistando el paladar de los gastrónomos.

Como si fuera poco, Toto nos ha anunciado que está en vías de asociarse al Matadero de Ospino, para surtir de carne a las ciudades. Y presenciamos una consulta a un ex-ministro, Dr. Rafael Orihuela, sobre los laboratorios de pancreanina y de otras medicinas, así como sobre la utilización de todas las partes de la res. Como los verdaderos personajes, parece salido de un libro de Cervantes o en vías de introducirse.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca



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