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Balance cruel

Pablo Antillano

14 de noviembre de 2000

Con el mazo que usa su mujer para machacar huesos de pollo, Salvador Garmendia asesinó a su vecino. Hizo gala de la misma pericia profesional y fantástica con la que un día Ambrose Bierce, otro famoso escritor, asesinó a su padre anciano por una caja de música, fruto de un robo que habían cometido esa noche.

Bierce era amigo de Mark Twain, y se le considera junto a Edgar Allan Poe, uno de los grandes cuentistas norteamericanos. Sus narraciones comparten con las de nuestro Garmendia cierta inclinación hacia el mal. Garmendia dice: «¡Oh! Qué distinto se vería el calendario si pudiéramos rociarlo de maldad de vez en cuando…El néctar de la maldad y el crimen como anticipación de los goces del Paraíso». Y Bierce, por su parte, nunca renunció a su club de parricidas y siembre nos deleitó con afables descuartizamientos.

Pero lo que nos hace traer a estos dos grandes cultores de hazañas criminales a nuestra última crónica del año es otra cosa. Bierce se alistó en la Escuela Militar cuando era apenas un niño, luego combatió en la Guerra de Secesión, ejerció el periodismo con furia vehemente, se unió a las tropas de Pancho Villa durante la Revolución Mexicana. (Se dice que inspiró la novela Gringo Viejo de Carlos Fuentes). Y cuando los días no le traían pólvora y aventura, entonces empuñaba la pluma para corroer, con sus cuentos fantásticos, la realidad aburrida.

La misma ansiedad creímos adivinar en la «revisión de cuentas» que emprendió Salvador Garmendia en el Papel Literario del sábado 17 cuando escribe: «El año termina como si tal cosa . Pronto acabará, sin que lleguemos a saber qué tenía adentro… Ese día, como tantos del año, fue papel quemado y sus cenizas se escaparon por entre mis dedos». Ante la falta de sustancia de los días, el escritor dio vuelo al pájaro de las invenciones y procedió a asesinar a su amable vecino frente a los ojos impúdicos de sus viciosos lectores.

Pasiones invisibles

Esta misma insatisfacción, esta sensación de cenizas volátiles, la expresaron Julio Pacheco Rivas y otros artistas en la cena navideña de Antonio López Ortega. ¿Por qué si este año pasaron tantas cosas en el mundo venezolano del arte, no lo sentimos así?

Todos reconocen que fue un año excepcional, en exhibiciones, muestras y debates. Todos los maestros, por ejemplo, todos, exhibieron sus obras. En general nuevas, magníficas y desafiantes: Lya Bermúdez, Pedro León Zapata, Jacobo Borges, Jesús Soto, Oswaldo Vigas, Quintana Castillo, Luisa Richter, Édgar Sánchez, Alirio Palacios, Mercedes Pardo, Mateo Manaure, Víctor Valera, Gego, González Bogen, Régulo Pérez, Abilio Padrón, Francisco Hung, Armando Barrios, Antonio Moya, Harry Abend, Pedro Briceño, Alejandro Otero y Narváez, entre otros.

En exposiciones de grupos, en colectivas o muestras individuales se exhibieron las voces de Julio Pacheco Rivas, Eduardo Vera, Víctor Hugo Irazábal, Rolando Peña, Luis Brito, Ernesto León, Pedro Terán, Carlos Zerpa, Henry Bermúdez, Carlos Cepeda, Milos Jonic, Maria Teresa Torras, Francisco Bellorín, Eliana Sevillano, Miguel Borelli, Adrián Pujol, Luis Lizardo, Rafael Barrios, Marcos Salazar, Luis Millé, Gaudí Esté, Nidia del Moral, Alberto Cavalieri, Adonay Duque, Carmelo Niño, Énder Cepeda, Diego Barboza, Nela Ochoa, Emilia Azcárate, Roberto Benaím, Alberto Carnevali, Solange Salazar, Corina Briceño, J.J. Moros, Ramsés Larrazábal, Carlos Quintana, Magdalena Fernández, Meyer Vaisman, Javier Téllez, Carla Arocha, Mariana Bunimov, Carlos Julio Molina, José Antonio Hernández-Diez, Diana López, entre muchos otros .

Exposiciones inolvidables: Arte Prehispánico y Carlos Raúl Villanueva en la GAN, la Casa Ideal en el Museo Alejandro Otero, El Bosque de Jacobo Borges en el Maccsi, Lya Bermúdez en el Banco Provincial, Jesús Soto en Corp Bank, Sendero de Esculturas en la Universidad Metropolitana, Edgar Sánchez en el Museo de Bellas Artes, 60-90-60 en el Jacobo Borges, Fotógrafos del Siglo XX en Espacios Unión, Orinoco y Mamuth en el Museo de Ciencias.

Pandillas como el Grupo Mapa, el Grupo Provisional o el Proyecto Incidental se movieron con discursos de confrontación política y cultural. Y los debates se multiplicaron en torno a los salones de Aragua y Valencia, con los encontronazos entre pintores e instaladores, en las páginas del Papel Literario, en las notas de Palenzuela, Bélgica Rodríguez, Zuleiva Vivas o Julio Pacheco Rivas.

Los fotógrafos plenaron masivamente los escenarios de la visibilidad estimulados por Espacios Unión y por las principales organizaciones museísticas. Si no, preguntemos a Sebastián Garrido, a Luis Brito, a Frasso, a Pérez Luna, a Sardá, a Esso Álvarez, a los que bajaron al Estado Vargas en pleno desastre, o a los espectadores que fueron enfrentados este año a Fran Baufrand, Antolín Sánchez, Enrique Hernández D’Jesús, Alfredo Boulton, Édgar Moreno, Nelson Garrido, el dúo Azzis-Cucher, Fina Gómez, Ricardo Razetti, Carlos Herrera, Paolo Gasparini, Gorka Dorronsoro, José Sigala, Ricardo Armas, Federico Fernández, Carlos Puche o Claudio Perna.

Este vocerío, sin embargo, no llega. No parece llegar. Eso discutían con desconsuelo los comensales William Niño Araque, Pedro Terán, Julio Pacheco Rivas, Kathyna Henríquez, Rafael Marciano, Carmen Leonor Ferro, Flor y Pedro Terán, Patricia Guzmán, Nicolás Bianco en torno a las finísimas hallacas de Nela Ochoa y Antonio López. Unos a favor, otros en contra.

¿Qué será lo que hace falta? ¿Más y mejor periodismo? ¿Una revista? .¿O es que la realidad, por más agitada que parezca siempre estará destinada a escabullirse como las cenizas de un papel quemado? ¿O sólo nos reconfortan nuestras propias invenciones, la fantasía y la crueldad?

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca



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