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Chinos

18 de abril de 2001

Jorge, el Piloto, vivió en China, en una época en la que aún se pensaba que las revoluciones eran exportables. Habitaba las barracas de una escuela militar en la que se entrenaban jóvenes de todas partes del mundo. Formaban una comunidad internacional en la que abundaban vietnamitas y camboyanos, colombianos y peruanos, palestinos y nigerianos, y algunos venezolanos .

Por las mañanas volaban viejos Migs rusos y otros aviones de combate. A medio día algunos aprendían a descifrar y a garabatear los enigmáticos caligramas chinos con la ayuda de una vieja edición del legendario libro de Chiang Yee. Por las tardes discutían los libros de Mao Tse Tung , y algunas noches eran perturbados con simulacros de guerra.

Con el tiempo, los suramericanos del grupo dejaron de atender las sirenas nocturnas y se quedaban durmiendo, en lugar de ir con los asiáticos y los africanos a rodar las gruesas plataformas y sacar los aviones del subsuelo. ¡No hagan caso!, se decían unos a otros, ¡que es otro bendito simulacro!

Con su ración diaria de arroz y patatas los jóvenes revolucionarios recibían una dosis medicinal para aplacar los ardores amorosos y otras inquietudes hormonales. En muy pocas ocasiones podían viajar a Pekín a divertirse y a ver a las muchachas de la ciudad. Solo viajaban a las grandes paradas militares o en época de trabajo voluntario.

Con los años, y a medida que fracasaban en el mundo los ejércitos de liberación nacional, la vida se fue haciendo insoportable para Jorge el Piloto. Una vez, tal era su desesperación para salir de China, se alistó en un grupo de voluntarios que debía ir a combatir en Saigón. Pero sus superiores chinos no lo dejaron, aplaudieron su heroico gesto, le otorgaron una medalla, pero lo reservaron para combates futuros en las remotas tierras de América Latina.

Lo importante es el trabajo

Con el humor caraqueño que lo caracteriza, Jorge, el piloto, evoca ahora, muchos años más tarde, el mayor aprendizaje que obtuvo de sus años en China. Lo más importante —dice— es el concepto de trabajo que tienen los chinos. Para ellos el trabajo no es un medio, como lo es para nosotros, sino un fin.

Para ilustrar esta idea, Jorge relata una anécdota: una vez fuimos a Pekín para contribuir con la construcción de una gran avenida céntrica. Una vez allí nos colocaron en una larga hilera a cien de los voluntarios y nos dieron una carretilla a cada uno. Nuestro trabajo consistía en traer unas piedras medianas desde un depósito situado a unos dos kilómetros y verterlas sobre el inicio de la avenida.

Cuando llegamos al depósito de las piedras, el chino que estaba allí nos colocó una sola piedra en la carretilla. Al principio no dijimos nada porque creímos que esto tendría un valor simbólico. Esas cosas enigmáticas que suelen hacer los chinos. Pero cuando hicimos tres viajes , después de recorrer 12 kilómetros de ida y vuelta empezamos a decirle al chino que nos pusiera más piedras en la carretilla porque de la otra manera no terminaríamos nunca, y además moriríamos en el intento.

¿Pero que nos dijo el chino? Que no. Que si nos colocaban más piedras, éstas se acabarían muy rápido y entonces se acabaría el trabajo. Y que la idea era que hubiese trabajo.

Jorge el Piloto desertó entonces de la brigada de las carretillas con piedras y se inscribió en las de los aplanadores. Se dirigió a un sitio donde estaban estacionadas gigantescas máquinas con rodillos gigantes. Pero al llegar allí le dieron solo un pequeño rodillo, un cilindro de unos 20 centímetros de largo y seis de diámetro. Debían aplanar con las manos porque las máquinas acabarían muy pronto con el trabajo. Y esa no era la idea. Nuestro voluntario desertó de los cilindros, y un tiempo más tarde dejó el país , sin remordimientos.

Jorge ha desempolvado ahora sus pinceles, su papel de seda y sus piedras, para remozar sus conocimientos en materia de caligrafía china. Piensa que si de verdad vienen contingentes chinos para trabajar el campo, la industria y la construcción, habrá mucho trabajo para los traductores. Especialmente para aquellos que puedan interpretar las costumbres de las dos culturas y puedan sintonizarlas.

Por mucho CNN y mucha Coca-Cola que estén tomando los chinos, dice, hay unas manías que tienen cinco mil años y que no se cambian de la noche a la mañana.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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