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Delirium tremens

Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

El Nacional, 20/4/2000

La mujer de Bruno lo abandonó hace dos años. Lo acusó de alcohólico y se fue con el amante. Desde entonces no discute sino con la conserje, con los vecinos y con otro jubilado, el poeta Ricardo Ochoa. Se sientan los dos en el murito del edificio para tormento de la portuguesa que vive en la planta baja.

Viven en Las Acacias, al norte de la Avenida Victoria, en un edificio bajo de sólida repostería neoclásica, forrado por una capa verde de vidrio molido. El pulido granito de las escaleras siempre huele a manzana verde y el viejo ascensor con reja de madera nunca funciona. Los vecinos les responden con un gélido silencio sus aguardientosos buenos días y los eluden por las tardes cuando regresan al enrejado.

El debate de este par de desahuciados gira habitualmente en torno al descreimiento. El uno nunca cree en lo que el otro le dice. Una tarde bajó el poeta Ochoa muy aseado, con el cabello aplastado por el agua fresca y el aliento atenuado por una dosis de Listerine y le dijo: «Campeón, usted no sabe lo maravilloso que es levantarse sin ratón. La luz del Ávila luce maravillosa y se pueden escuchar con claridad los cantos del cristofué y el de las guacharacas. Este techo de flamboyanes asemeja las sombras amables del Paraíso Terrenal y el piso de hojas secas y cachitos parece un otoño de Praga. Se recupera el paladar. Se oye mejor. Todo se ve mejor…»

Y Bruno le respondió: «¿Poeta, y a usted quien le contó todo eso…?».

Palo, palito, palique, palitraque

Bruno es implacable. Prefiere concentrarse en su propia enfermedad. Ha convertido la borrachera en un objeto de estudio. Lee a Raúl Madueño, a Charles Kany , a Rosenblat y últimamente trata de aprender de memoria los hallazgos lingüísticos de Édgar Colmenares del Valle, quien en Designaciones de borracho en el habla venezolana (Editorial Grano de Oro, 1989) ha analizado la vitalidad, procedencia y distribución geográfica de las voces que en Venezuela designan la actividad de bebedor: el borracho, el adicto, el fastidioso, la bebida, los locales, los pasapalos, la sobriedad, etc...

—Escuche poeta —se le oye decir en sus tardes más tristes— así se le dice a la borrachera: Aguardientera, ajumina, alegría, amanecida, animala, bebedera, bebendurria, bebentina, bebezón, beodez, bicha, borrachera, borrachez, cachicama, cachicamera, comemierda, curda, chupadera, dipsomanía, ebriedad, emboscá (da), embriaguez, juma, jumera, lambequicio, llorona, marimonda, melodía, mica, michera, molienda, mona, nota, paligrafía, pea, peíta, peón, pinta, pintonera, pisca, puerca, rasca, rascaciones, riscazón, rascota, rasquera, rasquita, tarantera, tomadera, tranca, trona, turca, voladora.

—Poeta usted sí que sabe —le responde Ochoa—. Usted es tan grande que si se llega a morir antes que yo, poeta, me voy a tomar siempre un trago doble. El mío y el suyo. Se lo juro.

–No se comprometa poeta —le contesta Bruno—. ¿Qué pasa si le diagnostican una cirrosis y le prohiben beberse su traguito?

–Nada poeta. Dejo de beberme mi traguito cotidiano, y me bebo nada más que el suyo…

–Poeta, usted no cree que aquí la gente está bebiendo mucho?

– Ya lo creo poeta. Hay muchos síntomas. Eso de que el Obispo es un adeco con sotana, eso es un síntoma. Y eso que le dijo el policía de Chacao a la Colomine, que detrás de este uniforme hay un hombre. ¿Y lo que le dijo Aristóbulo al Presidente? ¡Que se vaya al diablo!….

–¡Puro Delirium tremens, poeta!

–¿Qué estarán bebiendo, poeta?

 


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