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Sección: Bitblioteca
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Un país 22 de agosto de 2000 No hay como el CONAC. Me perdonan los buhoneros, los revolucionarios y los subsidiados. Pero, ¿vieron ustedes esas maracas de exposiciones que hay en los tres museos de la Plaza Morelos? Las tres tienen algo en común. Describen al país en sus rasgos más permanentes e inquietantes: en los misterios de su pasado más remoto, en los misterios de sus culturas más antiguas, en los misterios de la perseverancia y la creación. Y las tres son frutos maduros de nuestro incomprendido y denostado Consejo Nacional de la Cultura. En el Museo de Bellas Artes Edgar Sánchez, el joven maestro de los rostros lacerados y cosidos que evocan la imaginería quirúrgica de Frankenstein, exhibe setenta y tantas obras producidas en distintas épocas de sus 25 años de trabajo. Son telas dramáticas que, de principio a fin, dan cuenta de una evolución, y que lo dicen todo. ¿Y qué es todo? Su vida y la nuestra. Veinticinco años de trabajo, oyendo la música y los discursos de los que hacen discursos, enamorándose, viajando y viendo, entendiendo más o menos, pero pintando, poniendo esta costura aquí y esta más allá, operando a ésta a ésta y a ésta. Vengando este deseo de belleza, esta muerte constante. ¿Cómo puede resumirse la vida de un creador de esta envergadura? Un hombre, un país. La obra de Édgar Sánchez, que está en nuestro gran Museo de Bellas Artes, tiene dimensiones de intimidad universal. El que se pierda esta muestra despiadada de autobiografía secreta no podrá reconocerse en los espejos internacionales del arte. No somos tan desmadrados ¿Y al lado qué tiene? Ahí, en la Galería de Arte Nacional. Nada más y nada menos que una historia material de nuestro pasado prehispánico. Una bofetada para los acomplejados, para la tradición histórica que desprecia el pasado y la venezolanidad porque no tenemos monumentos como los Incas o como los Mayas. Don Miguel Arroyo y Lourdes Blanco, con otros, por supuesto afectos colaboradores, han construido la más importante y tierna exposición sobre la alfarería e imaginería de nuestro pasado. ¿Será que están locos?, dicen unos. Los escépticos. Los que siempre creyeron que el país no tenía pasado alguno, sino estás flojeras arawacas, este facilismo caribeño como siempre dijeron los mantuanos ilustrados. Arroyo y la GAN dicen otra cosa a través de cientos de obras de alfarería y trabajos sobre la piedra. «No hubo en su creadores la intención de imitar la realidad, sino que, por el contrario, se proponían la creación de objetos simbólicos (alusivos a algún mito, creencia, arquetipo o divinidad) que, compartiendo determinadas características de cosas o seres existentes, conformaran una figuración semiabstracta, más referida a lo trascendente y sobrenatural que a lo físicamente real » La inteligencia de esta formidable exposición llamada El Arte prehispánico de Venezuela contribuye a liquidar prejuicios y estupideces sobre nuestros orígenes. Miles de años antes de Cristo, las criaturas que poblaban nuestros paisajes, en los Andes, en las riberas del Orinoco y en las costas del inmenso mar hablaban de maternidad, de creencias y dolencias. Sus manos elaboraban piezas utilitarias, platos y vasijas, pero también objetos de devoción y plegaria, así como armas e instrumentos de sacrificio. Hemos rehusado, quizás, secretamente, en nuestras pesadillas, el pasado mesopotámico y egipcio, hasta no encontrar su resonancia, sus pájaros de barro, su alfarería funeraria, sus platos simbólicos, en nuestro propio patio. Pero ahora este paseo dominical por la Plaza Morelos nos inquieta y humaniza. Alienta ese deseo de un pasado lejano, a la vez cercano, irracional y propietario. Nos provoca agradecer a Arroyo y a la gente que hizo posible esta exposición de cinco años de trabajo. Es una sensación fútil, antropológica, un deseo de madre que nos asalta los domingos por la tarde. Tortugas del Génesis Y al frente. ¿Que hay al frente? ¿Es eso un Museo de Ciencias? Eso es más bien una máquina diabólica de extorsión sentimental. Un Mamut. Válgame Dios. Un Mamut. Un grande, fenomenal, elefante con mirada triste y bíblica que introduce a los ciudadanos en el reino misterioso de lo perecedero. A la gente del Museo de Ciencias no les basta con producir el impacto de esa nostalgia naturista sino que además nos explican sus razones y prodigios. Con eficaz parsimonia educativa nos llevan de la mano desde las incógnitas de la tecnología hasta ese más allá de las ciencias que conduce a unos rusos lejanos al rescate de los restos de un supermamífero siberiano. Pero estos carajitos no se quedan ahí sino que nos muestran la inefable evolución de los mamut, su relación con los otros mamíferos, su relación con Venezuela, con el estado Falcón, con los benditos fósiles prehistóricos de unas tortugas y unos mamíferos gigantes. Un país con prehistoria, visible, tangible. No se debe ir a la Plaza Morelos si no se quiere encontrar uno un conmovedor país desconocido. Como diría Bataille, ese noble pensador de nuestros tiempos: «La poesía no describe nada que no se deslice hacia lo incognoscible».
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