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Restauración El Nacional, 5 de junio 2000 Como una cortesía a los lectores dominicales, el director de esta revista ha solicitado que esta columna eluda los temas de la política contingente. Tarea ardua en una país tragado por los temas electorales y por las controversias entre la sociedad y el poder. Es difícil, harto difícil. A veces se ha recurrido al recurso de arrejuntar lo que las cuitas íntimas de los personajes llevan de cosa pública, de inevitable aliento exterior y ciudadano. Esta vez, aprovechando que Sergio Dahbar está de vacaciones, comentaremos un episodio de estricta raigambre política, donde la vida doméstica de sus protagonistas es en este caso la parte accidental. Fue en el Urrutia, donde se juntan los finos con vinos de la Rioja, frente a breves piquillos y suculentos calamares entintados, una tarde de junio, cuando se revelaron a los comensales los síntomas inequívocos de la restauración política. Restauración es una palabra fuerte, que se usa a veces para designar la reposición en el trono de un rey destronado o del representante de una dinastía derrocada. La palabra recorrió las mesas como un viento arremolinado, enfriando uno que otro plato, y levantando los celulares, después que un conspicuo dirigente del MVR confirmó que su partido sí se había reunido con AD en los días que precedieron al nombramiento de los nuevos miembros del Consejo Nacional Electoral. En esa reunión, nada extraoficial, Ramos Allup aseguró que su partido, recuperado, sacaría más de treinta diputados a la Asamblea Nacional. En el local de la Francisco Solano se reavivó el vocerío y sus mesas no se desocuparon hasta bien entrado el crepúsculo. Había mesas de ejecutivos, de jueces y abogados, de PDVSA, de periodistas, un par de músicos, un arquitecto, varios candidatos y dirigentes políticos. Se armó una tarde clásica de sobremesa, con orujos y especulaciones. Así se vive por ahí la vida política de la nación. El renacimiento de las costumbresAcción Democrática volverá a gobernar, desde la Asamblea, las gobernaciones y las alcaldías, esa es la conclusión. No sólo porque el principal partido de gobierno les restituya el rango de interlocutores ni porque saquen un montón de votos, sino porque el proceso bolivariano no logró erradicar las viejas prácticas partidistas de la cultura política. Y allí, ellos, los adecos, siguen siendo imbatibles.
Las razones que condujeron a esta encarnación del Mal, las prácticas clientelares, la corrupción y la tentación de colocar los intereses partidistas por encima del país se repiten. Petkoff lo dice así: «La envilecida cultura de los partidos políticos, con sus prácticas clientelares ante una administración pública siempre vista como botín del vencedor, que en las organizaciones del Polo Patriótico han ido mostrándose con todo su perverso esplendor. No estamos ante una falange de hombres puros y probos, suerte de calvinistas de la política, sino ante muchos corridos veteranos, mañosos y contaminados por lo peor de la tradición partidista. Su comportamiento poco se ha diferenciado de las prácticas del puntofijismo y por más de un respecto, las recuerda desagradablemente». Buena parte del país lamenta que muchos protagonistas del cambio, cuya primera parte consistía en apartar a los adecos y a los copeyanos, se expresen hoy en un lenguaje estrictamente de secta y partido a la vieja usanza. Como Aristóbulo Istúriz, por ejemplo, que continuamente sobrepone los intereses del PPT a los del diálogo y la sintonía con el país. En estos días repitió: «Nosotros sí estamos claros hacia dónde vamos y hacia dónde debe ir el país ». Lo demás no es importante. La restauración, y el resurgimiento de los adecos, tiene unos responsables directos. Los que mantienen alimentado el acuario de una cultura política indeseable. Ellos son los restauradores.
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