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Sin luz

18 de julio de 2000

Hasta el final de sus días Doña Rosario sostuvo que las mujeres iban al trabajo a enamorar a los hombres. Aunque severa, la expresión pudo haber pasado inadvertida como una de las tantas admoniciones que se les permiten a las doñas que pintan canas, especialmente si son solteronas y cascarrabias. Pero en este caso, el de Doña Rosario, era imposible porque ella era, nada más y nada menos, que la Presidenta de la Electricidad.

Doña Rosario era la única mujer que trabajaba en la empresa. Durante casi treinta años, desde que se murió el fundador, el chofer la trajo religiosamente a las seis de la mañana hasta la vieja casona. Con su propios músculos abría los candados e introducía la oscura llave decimonónica en la cerradura del portal de hierro y madera. Después dejaba caer su cuerpo delgado y achacoso en la silla giratoria, de madera y cuero verde, la misma que hicieron traer desde Boston cuando se fundó la Electricidad en el año de la pera.

El primer café de la mañana se lo trajo siempre su secretario, un señor de edad indefinida, de esos que nunca se enferman, que nunca hablan, que nunca llegan tarde. Un supersecretario que le regaló su fidelidad desde el día en que la conoció. No solo le atendía las llamadas, le tomaba el dictado, le llevaba la agenda y el archivo, le ponía flores en el florero, sino que dirigía el equipo de secretarios de las quince oficinas de la compañía.

La situación no tendría por que ser abominable si no fuese porque la energía eléctrica se esfumaba unas cuatro veces diarias, causando estragos en la poderosa ciudad industrial a la que servía. Los hospitales trabajaban con costosas plantas de gasolina, los hogares guardaban la leche y las tocinetas en cavas de anime, y los obreros de las fábricas disfrutaban de recreos periódicos que ya en algunos contratos colectivos se consideraban reivindicaciones irreversibles.

Así era la vida de la electricidad en la ciudad de Doña Rosario. En su compañía no había ni una sola mujer. De esas que según la jefa querían quitarles el marido a las demás. Solo trabajaban varones vestidos de kaki, que pernoctaban en oficinas separadas por paredes transparentes, construidas con poderosas rejillas metálicas de color beige. Afuera, en todo el frente, se estacionaba una docena de camiones amarillos con el logo originario de la empresa. Unidades técnicas que solían recorrer la ciudad para hacer algún mandado, para distribuir unas facturas, para cortarle la luz a algún moroso, para remendar con tirro las rebeldías de algún transformador cansado.

Oscuridad y secreto

La ciudad vivió años de resignación. Muchos pensaban que era la mejor electricidad que se podía tener. ¿ Cómo iba a ser de otra manera, si la conducía Doña Rosario? Hermana, tía, heredera de banqueros y hombres de peso. Una señora con valores tradicionales de tanta alcurnia, adulada por el gobernador, por el alcalde, por el director del matutino centenario. Invitada a bautizos y cócteles. Tan austera, tan severa, tan soltera y virginal. Si ella no era discutida por gente tan poderosa ¿por qué un simple maestro, un comerciante, una abogada, un camionero, una simple ama de casa se iban a atrever a disentir? Qué mal gusto.

Sin embargo, el día que murió Doña Rosario un tumulto de mujeres alborozadas entró con decisión en la compañía. Una de ellas abrió el cuarto contiguo a la oficina de la presidenta y recibió el vaho rancio de un encierro de treinta años. Todo estaba intacto, allí estaba la pluma fuente oxidada del fundador sobre su última carta inconclusa.

Las mujeres entraron en tropel, los periódicos amarillos se les pulverizaron en las manos, las telarañas se contrajeron con el impacto de la luz, el polvo rojizo que cubría el piso y los muebles, que tapaba los cuadros y paredes, se despertó en forma de nube fantasmal. Tosiendo un poco, una de ellas leyó la carta: «Señorita Rosario: he recibido su gentil carta de amor y procedo a responderle. Lamento que usted que es mi pariente, que ha sido mi mas eficiente secretaria, que ha merecido toda mi confianza y amistad, se haya enamorado de mi persona. Le recuerdo que soy un hombre casado…».

Después de colocar flores en la tumba de Doña Rosario, las mujeres se instalaron en la compañía. Quitaron las separaciones metálicas, pintaron la paredes, eliminaron el color kaki, abrieron las ventanas, compraron los transformadores, se enamoraron, se casaron y nunca más se fue la luz en la pequeña Detroit.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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