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Nuestros referentes políticos: el 27 de febrero y la Tragedia de Vargas

Paula Vásquez

El panorama actual venezolano ofrece una oportunidad tentadora para aventurarse a realizar ejercicios de analíticos de toda índole. La coalición al poder —hasta hace poco merecía ese calificativo— se vanagloriaba de haber realizado una Revolución. Hannah Arendt en su Ensayo sobre la revolución brinda suficientes elementos conceptuales para desconfiar del uso de tal concepto para calificar el intento de reforma del Estado venezolano que la nueva constitución supone. Esta demás señalar que Revolución e intentona de reforma no son sinónimos. Finalizada la Asamblea Constituyente, la chispa que pudiera haber encendido la discusión se desvaneció en las tinieblas. Sin embargo, no quisiéramos perder la oportunidad de aventurarnos a señalar que el marco de esta reforma debería ser la revuelta popular del 27 de febrero y la prueba que significa para el estado el manejo de la Tragedia. Estos acontecimientos dibujaron en gran medida la configuración de nuestro paisaje político y social actual. Curiosamente, la Tragedia de Vargas no ha sido hasta ahora analizada como un acontecimiento político. Este breve ejercicio consiste en vislumbrar que la misma tiene un impacto con consecuencias políticas. Tanto en la tragedia como en el 27/F se han puesto en entredicho las nociones de ciudadanía. En estos dos contextos, la crisis social se manifiesta en toda su crudeza, ella se manifiesta desde la dificultad de definir un «damnificado», y su estatuto jurídico-social dentro de un Fuerte militar hasta la afasia de los políticos profesionales ante el saqueo, las ejecuciones de las fuerzas del orden y los linchamientos.

Estos dos eventos son un telón de fondo en el cual no se puede seguir actuando como si no existiera. Son dos sucesos históricos mayores después de los cuales «nunca nada será igual». Epidemias, catástrofes y genocidios generan un sufrimiento social y colectivo que deja huellas profundas y redefinen las bases mismas de la sociedad. La epidemia de cólera en Alemania y Francia en el siglo XIX alumbró nuevos espacios políticos y dispositivos de poder en torno al cuerpo y la vida misma. Rwanda y Camboya no pueden ser analizadas obviando sus genocidios respectivos. Evidentemente, no se puede comparar lo incomparable. Sin embargo, nuestros acontecimientos de sufrimiento, violencia, tragedia y muerte no nos pueden ser indiferentes políticamente. Junto con la reconstrucción de Vargas, habría que plantearse la reconstrucción de la ciudadanía después de la tragedia de Vargas. La reconstrucción de la vida social no está en el cemento, los diques y los paseos. El estigma, la diferenciación profunda por clases sociales, la lógica saqueador-saqueado, la justificación asolapada de la pena de muerte cuestionan profundamente al Estado de derecho y a la sociedad en su conjunto; y esa discusión no se lleva a la práctica en planes de concreto y asfalto. La vida desnuda quedó al descubierto en su forma más cruda, y es preciso plantearse preguntas sobre la intersubjectividad y los valores en la Venezuela de hoy. Gran peligro pensar que son «sucesos» y «eventos» simple y llanamente cuando el terror, la destrucción y la violencia estuvieron al la orden del día.


Socióloga y tesista del doctorado en antropología social en la École de Hautes Études en Sciences Sociales de París



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