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Chávez

Ignacio Ramonet

Caracas, octubre de 1999

Documentos sobre los sucesos de abril de 2002 en Venezuela

Un nombre conmociona la actualidad latinoamericana: el de Hugo Chávez. Este comandante de cuarenta y cinco años, autor de una intentona de golpe de Estado en 1992, fue elegido presidente de Venezuela en diciembre de 1998. Desde su toma de posesión, y tal corno había anunciado, Chávez, apoyado por las fuerzas de izquierda y por los desheredados, emprendió una «revolución pacífica y democrática» que preocupa a los mensajeros de la globalización.

Esta voluntad de cambiar todo traduce la exasperación de una mayoría de ciudadanos ante el desbarajuste y la corrupción que han campado a sus anchas durante cuarenta años y cuya responsabilidad corresponde a los dos partidos que han compartido el poder: Acción Democrática (AD) socialdemócrata, y Copei, democristiano. Estas formaciones, a las que no se puede negar su carácter democrático, han permitido la construcción de una de las sociedades mas corrompidas y menos igualitarias del mundo. «Difícilmente se habrá podido contemplar un país tan opulento», afirma el escritor Arturo Úslar Pietri, «dirigido hasta tal punto por algunos centenares de familias que se reparten entre ellas, desde hace decenios y al margen de sus opciones políticas, sus fabulosas riquezas» (1).

Un corte abismal separa a una minoría privilegiada del resto del pueblo. Y esto es mucho más sorprendente si se considera que Venezuela, segundo exportador mundial de petróleo, ha recibido en los últimos veinticinco años en concepto de venta de hidrocarburos, alrededor de 300 mil millones de dólares, es decir el equivalente a veinte Planes Marshall... Sin embargo, más de la mitad de sus habitantes continúa viviendo en la pobreza, una cuarta parte de su población activa está en el paro [desempleada], un tercio de la población laboral sobrevive gracias a la economía sumergida, y más de 200.000 niños subsisten a base de la mendicidad.

¿Es sorprendente entonces que en el momento de la elección presidencial, los partidos AD y COPEI fueran barridos (obteniendo entre los dos menos del 9% de los votos) y que el programa de Hugo Chávez recogiera el 57% de los sufragios? ¿Es sorprendente que la proposición de este de convocar una Asamblea Constituyente y de acabar con el régimen corrompido de los partidos tradicionales fuera aprobado, el pasado mes de abril, por un 88% de los votantes?

En su despacho del palacio presidencial, rodeado de los retratos de los libertadores Bolívar, Miranda y Sucre, Hugo Chávez cita con gusto a Gramsci: «Estamos viviendo a la vez una muerte y un nacimiento. La muerte de un modelo usado, agotado, destetado; y el nacimiento de un nuevo cauce político, diferente, que aporta la esperanza a un pueblo. El viejo tardará en morir y el nuevo no tiene aún rasgos bien definidos, pero esta crisis está gestando una revolución».

¿Cuál es la naturaleza de esta revolución? «Más allá de la crisis económica, Venezuela atravesaba sobre todo una crisis moral, ética, a causa de la falta de sensibilidad social de sus dirigentes. Porque la democracia no es únicamente la igualdad política. Es también, e incluso antes que nada, la igualdad social, económica y cultural. Tales son los objetivos de la revolución bolivariana. Quiero ser el presidente de los pobres. Pero es necesario que extraigamos las lecciones de los fracasos de otras revoluciones que, aun afirmando que se proponían la búsqueda de estos objetivos, los han traicionado, e incluso aunque los alcanzaran, lo hicieron liquidando en su camino a la democracia».

Algunos medios internacionales (2) no han tardado en acusar a Chávez de «jacobinismo autoritario», de «deriva autocrática» y de «preparar una forma moderna de golpe de Estado». Sin embargo, a pesar de la atmósfera apasionada que se vive en Venezuela, donde la riqueza de las discusiones y de los debates políticos recuerda a la Francia de mayo de l968, no ha habido hasta el momento violencias graves, ninguna víctima, ni ninguna forma de censura contra la oposición política, los periodistas o los medios, que no se cortan a la hora de criticar violentamente al nuevo Presidente.

«Estas acusaciones nos afligen, señala Chávez, porque, al contrario, lo que nosotros querernos es pasar de la democracia representativa, a la que no se trata necesariamente de despreciar, a una democracia participativa, directa. Con una mayor intervención del pueblo en todas las escalas del poder. Para oponerse mejor a cualquier violación de los derechos humanos». El proyecto de Constitución actualmente en discusión, prevé en efecto dotar de mayor poder de autonomía a los ayuntamientos; instaurar el referéndum de iniciativa popular, y someter a todos los representantes elegidos (incluido el Presidente de la República), una vez transcurrida la mitad de su mandato, a una nueva elección, si ésta es la voluntad popular. La nueva Constitución, cuya redacción se culminará en noviembre, y que será sometida a un referéndum, prevé asimismo, entre otras cosas, el derecho a la objeción de conciencia, la prohibición explícita de las «desapariciones» practicadas por las fuerzas del orden, la creación de un defensor del pueblo, la instauración de la paridad mujeres-hombres, el reconocimiento de los derechos de los indígenas, y la puesta en marcha de un «poder moral», encargado de combatir las corrupciones y los abusos.

En el plano económico, el comandante Chávez desea alejarse del modelo neoliberal y resistirse a la globalización. «Nos hace falta, dice, buscar el punto de equilibrio entre el mercado, el Estado y la sociedad. Hay que hacer que converjan la mano invisible del mercado y la mano visible del Estado en un espacio económico en el interior del cual el mercado existe en todo lo posible y el Estado en todo lo necesario». La propiedad privada, las privatizaciones y las inversiones extranjeras siguen garantizadas, pero en el límite del interés superior del Estado, que velará por conservar bajo su control aquellos sectores estratégicos cuya venta significaría la cesión de una parte de la soberanía nacional.

Tras el simple enunciado de estos proyectos, ¿pueden hacer otra cosa los protagonistas principales de la globalización, que diabolizar al presidente Chávez y a su revolución antiliberal?

Notas

(1) Arturo Úslar Pietri, «Venezuela en el umbral de un gran cambio», Le Monde diplomatique, edición española, diciembre de 1998.

(2) Léase, por ejemplo, The New York Times, 21 de agosto de 1999, e International Herald Tribune, 1 de septiembre de 1999.


Traducción libre realizada por Jorge Dávila (Centro de Investigaciones en Sistemología Interpretativa; Universidad de Los Andes, Mérida – Venezuela).

También
Roberto Hernández Montoya,
Amarillo
Iván Méndez,
Ramonet: CNN y El País conspiran contra Hugo Chávez



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