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El mundo al revés El Nacional, viernes 12 de junio de 1998, p. A-4 Mi madre, que era un prodigio de talento metafórico, solía proponerme un juego vespertino que llamábamos «el mundo al revés». Consistía en tomarme por los pies y dejarme colgando para que viera cómo eran las cosas boca abajo. Recuerdo haber descubierto el otro lado de la Luna. Anoche me vino a la memoria este juego infantil, porque presencié cómo un amigo intentaba, remando a todo dar, explicarle el país a un extranjero empeñado en conocerlo. El esfuerzo por decodificar lo que para nosotros era elemental, para el forastero era cuesta arriba. Cómo hacerle entender nuestras locuras. Al candidato del partido fundador de la democracia, y defensor del sistema de derecho, se le confiere el apodo de El Caudillo. El visitante, dominado por el estupor, preguntaba si se trataba de algún juego irónico según el cual se buscaba destacar el talante democrático del candidato, llamándolo por el mote menos democrático del mundo. Mi amigo respondía que no, que sucedía que los venezolanos con raíces históricas aún alimentaban el mito del hombre providencial, del hombre de carácter, del hombre de mando; por más que el propio Alfaro renegaba del seudónimo, a sus seguidores les complacía. Al visitante le costaba entender cómo era posible que Irene Sáez levantara la bandera de la independencia, y denostara sistemáticamente contra los partidos, para luego aceptar el apoyo de Copei. Preguntaba si se trataba de un chiste de mal gusto o si Copei ya no era un partido político. Mi amigo, ya empastelado, ensayaba una respuesta que más parecía una jugada de pool por bandas. Comentó el extranjero que había oído disertar por televisión al secretario general del MAS, y no salía de su asombro. Decía Puchi que el comandante Chávez representaba el cambio, las fuerzas progresistas frente a las fuerzas conservadoras. Ahí sí el visitante creyó haber descubierto el sentido del humor de los venezolanos y se solazaba con su hallazgo. Reía y comentaba lo mordaz y fino que era Puchi para burlarse del comandante. Mi amigo, ya en el colmo del embarazo, lo sacó de su complacencia. Con cierta vergüenza le dijo que Puchi hablaba en serio, y tuvo que ponerse serio para que el forastero le creyera. Finalmente, después de sonreír y acomodarse en la silla y empuñar el vaso, antes de aceptar una explicación replicó el extranjero, diciendo: «No me vas a decir ahora que las ideas del profesor Núñez Tenorio sobre Kim Il Sung, y las teorías de Mieres sobre el petróleo, y las tesis hitlerianas de Dávila, expresadas en la revista Primicia, y las carantoñas del propio Chávez con Pérez Jiménez, y el disparatado cocktail de recetas cepalistas mezcladas con Bolívar y Zamora, son expresiones de cambio». Mi amigo y yo, a la vez, quedamos sorprendidos con el conocimiento que el extraño lucía de la cotidianidad política venezolana, y luego ya no lo paró nadie: «Cómo puede entenderse que aquí hayan sufrido los dos primeros años de Caldera aplicando un programa populista insostenible, que tuvo que ser cambiado contra la propia voluntad del viejo, y ahora oigan el canto de sirena de una suerte de revolucionario de los años sesenta». Luego tomó un trago y regresó con sus perros: «Qué diablos pasa con este país al revés que ahora escucha soluciones que ni los cubanos oyen con respeto; explíquenme lo que pasa». Mi amigo no tenía respuestas. No le quedó otra que contribuir con la perplejidad del visitante. Le comentó que el comandante manifestaba no creer en la democracia, pero, sin embargo, se presentaba a unas elecciones. Le hizo saber que había abundantes pruebas que avalaban que la conspiración chavista se venía gestando desde hace muchos años, pero el comandante declaraba que ellos se habían visto en la necesidad de romper el juramento de fidelidad militar súbitamente, en razón de la corrupción del gobierno de Pérez. Mientras el comandante dice que nadie es más honesto que él, va a Madrid a conversar e invitar al país a un dictador que robó dinero a manos llenas, que su policía política torturó a muchos de los izquierdistas que lo acompañan, y que cometió violaciones innumerables. Mi amigo seguía en sus trece y abonaba aún más el desconcierto del visitante señalando que Caldera indulta a Chávez, después de que éste cometió delitos gravísimos, por razones que ya nadie comprende y, en cambio, los Estados Unidos le niegan la visa porque sus leyes dicen que un militar que atente violentamente contra el poder democráticamente instituido debe pagar su delito, y no es un ciudadano bien recibido en la patria de Lincoln. La historia iba para largo, pero de pronto los comensales comenzaron a retirarse y se acercó el dueño del local a manifestarnos que ya era hora de irse, que no pagáramos nada, que invitaba la casa. El forastero abrió los ojos y lo entendió todo; a este país hay que verlo colgado por los pies; al derecho, es incomprensible.
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