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Sección: Bitblioteca
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El Ávila, símbolo y testigo El Nacional, viernes 4 de mayo de 2001 En días pasados observé por Globovisión a una cadena humana que entonaba la canción Cerro Ávila de Ilan Chester, un domingo, convocada por una empresa de gaseosas que se propone contribuir con la reforestación de la montaña, recientemente agredida por el fuego. Vi, también, a los alcaldes López y Bernal participando, como amigos, en la misma causa. A la muchedumbre se le veía contenta, convocada para una tarea noble. Aquello me gustó, me pareció que climas como ese son los que el país pide a gritos. Cualquiera que no esté enfermo, y tenga dos dedos de frente, sabe que el futuro es una empresa colectiva, plural, de asociaciones positivas. Los frutos amargos del odio ya la humanidad los ha recogido de rodillas, y la experiencia nos indica que envenenan, hieren, cortan y siembran la desolación. El fracaso, la miseria, el resentimiento y la ignorancia son aves del mismo corral, y lamentablemente giran sobre nuestras cabezas con indeseable frecuencia, pero no las vi revolotear en aquella escena dominguera, en la que los caraqueños ofrecían tributo a su símbolo principal. Cuando repaso el mapa de mis devociones caraqueñas recientemente puesto a prueba por la inmundicia reinante, el Ávila ocupa el primer lugar. Si alguien nos pregunta por nuestra ciudad en otras latitudes, invariablemente comenzamos el relato diciendo: «Caracas es una ciudad extendida sobre un estrecho valle, a los pies de una montaña alta y larga, que la separa del Caribe». Pero además, aunque la gente no lo crea, el Ávila es de los contados elementos consustanciales de la ciudad que ha mejorado. Si observan con cuidado algún lienzo de Cabré de los años veinte, treinta o cuarenta, comprobarán que el cerro estaba desprovisto de vegetación, que sus estribaciones estaban cubiertas por una gramínea de espigas moradas que, como se sabe, estacionalmente es campanada de alerta para los alérgicos. La reforestación del cerro es obra reciente, así como su cuidado. A ello contribuyó el hecho de que fuese decretado parque nacional el 12 de diciembre de 1958, cuando el espíritu de la democracia sepultaba el de la dictadura militar, y Venezuela iniciaba la andadura de su senda libertaria, con todos los accidentes que hemos padecido. El cerro, originalmente llamado por los indígenas Guaraira-Repano, no sólo ha sido testigo del intento fallido de fundación de la ciudad, por parte de Francisco Fajardo en 1560, sino que también lo fue de la fundación definitiva, por parte de un hombre procedente de El Tocuyo, y acompañado por una comitiva. En ella, por cierto, venía Gabriel de Ávila, alférez mayor de campo, quien llegó a ser alcalde de la ciudad en 1573, pero desde antes se estableció con su familia en una zona al pie de la montaña, motivo por el que comenzó a llamarse al cerro con el apellido del alférez, convirtiendo al apellido en topónimo, y la voz indígena original en un recuerdo. Pero la mole que separa a la ciudad del mar no fue óbice para que el pirata inglés Amyas Preston invadiera, y el anciano Alonso Andrea de Ledesma hiciera suyo el espíritu de El Quijote y enfrentara al invasor, perdiendo la vida en la escaramuza. Lamentablemente, el cerro fue testigo de la cacería que emprendió Garci González de Silva hasta dar con Tamanaco, y dar cuenta de la vida del cacique en las fauces de sus perros obedientes. Pero también fue testigo de empresas ajenas a la violencia, como aquella de Humboldt y Bonpland, que relata con gracia Arístides Rojas, y da cuenta de la hazaña del alemán y su acompañante al coronar la cima de la montaña, acompañados por baquianos; y lamentando la deserción de sus amigos caraqueños, entre otros el joven Andrés Bello, como señala Rojas. Y si el cerro ha sido testigo de la propagación de la ciudad, con sus lenguas de asfalto y sus cetros de ladrillos, también lo ha sido de sus terremotos, de los golpes de Estado que la ambición militar motoriza, y hasta de la indiferencia de un tachirense que tuvo al país en sus manos, enguantadas, desde una ciudad abrumada por el calor de los valles de Aragua. Desde que los primeros colonizadores se enfrentan a los caracas, los toromaimas y los mariches hasta el sol de hoy, ni la paz ni la violencia han sido unánimes. Esta última, lamentablemente, es la que reina los fines de semana, arrojando cifras aterradoras al despuntar el lunes y tiñendo los días con un rojo lacerante. Me gustó aquello que vi en la pantalla un domingo de sequía y bochorno. Ojalá y el Ávila sea testigo de los cambios que tienen que darse en Venezuela antes de que la desintegración haya cumplido su tarea. No es tarde. Así como las condiciones del cerro mejoraron en décadas recientes, por más que la furia de la naturaleza haya dejado zarpazos sobre su piel, nosotros podemos experimentar el mismo ascenso.
Rafael Arráiz Lucca en La BitBlioteca
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