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Caracas: el valle de los vientos contrarios El Nacional, viernes 20 de julio de 2001 Salvo prueba contundente y opuesta, la primera descripción que se conoce de Santiago de León de Caracas (en 1576) es del gobernador don Juan de Pimentel, el primero que se establece en la ciudad con tal rango. En esta relación dirigida a los reyes de España Pimentel afirma: «El sitio e valle desta ciudad de Santiago de Leon se tiene por mas enfermo que sano por los vientos contrarios que en el corren...» y la reláfica continúa con la lista de enfermedades comunes; antes ha establecido las coordenadas del valle y su descripción, en general, está bastante ceñida a lo observado y no se distingue por licenciarse la subjetividad. En este sentido, no conozco nada parecido a la Memoria sobre Venezuela y Caracas de Pedro Núñez de Cáceres (1800-1863). El autor llegó a la ciudad, con sus padres, huyendo de la invasión que Haití había perpetrado en Santo Domingo y se quedó en estas tierras hasta su muerte. La sinceridad de su texto es tan lapidaria que probablemente por ello no se decidió a publicarlo en vida. Les entregó una copia a los hermanos Santana y vino a publicarse en 1939, casi un siglo después de haber sido redactada. Difícilmente se consigue una relación tan descarnada y extraña: mientras casi todos los retratos se detienen en la cortesía de ensalzar a la ciudad, Núñez de Cáceres detalla la piel de sus horrores. Veamos algunas perlas. Refiriéndose al carácter de los caraqueños afirma: «Si no son amigos fieles, por lo menos son obsequiosos, y presumen de amables y urbanos. En el fondo son falsos, y a veces pérfidos con los mismos a quienes protestan adhesión. El interés y el egoísmo los dominan: tienen talento, más que todo imaginación: no cultivan mucho la literatura: su estudio favorito es la política». En cuanto a esto último, pues el talante no ha variado mucho: la fascinación política del caraqueño lejos de amainar sigue en ascenso, y el desprecio por la literatura (y el pensamiento) permanece intacto. El autor le dedica párrafos enteros a una marcada propensión al fraude, al dolo, al engaño y a otros vicios que encuentra exacerbados en Caracas. Se apoya en Humboldt para señalar la tristeza. Si el alemán ha dicho: «La poca extensión del valle, y la proximidad de las montañas del Ávila y de la Silla, dan a la situación de Caracas un aspecto triste y severo», Núñez de Cáceres es lacónico: «Caracas es una ciudad tristísima». Y más adelante sentencia: «En Caracas hay todo, menos lo que se necesita». Se queja de la mugre, de la avaricia, de la proliferación de las pulgas, de los zancudos, de la falta de agua y, en su demoledora demitificación arremete contra el Guaire: «Sus márgenes son feas y melancólicas, por más que se lean las descripciones de algunos escritores sobre el ameno Guaire y sus deliciosas orillas, silenciando que es un arroyo de agua revuelta y enconosa, que sus playas están peladas y cubiertas de estacas, y sus alrededores llenos de lodo y basura, de yerbas y espinas, de zapos y culebras venenosas». Y luego otro latigazo: «La comida es una de las peores cosas en Caracas». Y otro: «Venezuela es la patria del cacao, y en Caracas se toma el peor chocolate». Y ustedes se preguntarán: ¿por qué Arráiz trae a cuento las sinceridades de Núñez de Cáceres, justo en el cumpleaños de la ciudad? ¿De qué se trata? Pues de salirle al paso a algo que ya deviene en retórica: unas descripciones de Caracas como si se tratara del paraíso terrenal, unas narraciones ditirámbicas que dibujan un sitio que solo existe en el deseo de sus autores. A la ciudad le han salido unos defensores que a fuerza de buenas intenciones no condescienden con la crítica, incurriendo en una traición involuntaria a sus propios propósitos: hablan de lo que en Caracas no es ciudad: su escenario natural por excelencia: el Ávila. Pero en esto incurrimos todos: nos preguntan por Caracas y no hablamos de ella, mencionamos el cerro que la preside. ¿Y acaso en el acto fallido no se revela nuestra mala conciencia? Una ciudad es la obra del hombre, no la de la naturaleza que la circunda. Seamos francos: no hemos sido capaces de cimentar ciudadanía, ni de organizar el espacio, ni de construir con un carácter. Salvo joyas individuales de la arquitectura, casi toda la obra colectiva de la ciudad no es como para enorgullecerse de ella. La impronta del caraqueño, que alguna vez pudo catarse, se perdió en el mar de los sargazos. La civilidad, que también prosperó alguna vez entre nosotros, es un diamante extraño en algunos caracteres cuya amabilidad no ha sido doblegada por la rudeza del espíritu reinante. Aún y aceptando que Núñez de Cáceres exagera y, a ratos, es injusto, su texto es mucho más revelador del espíritu caraqueño de su tiempo que los centenares de panegíricos que se escribieron entonces. ¿El primer paso para cambiar no es reconocer que tocamos fondo?
Rafael Arráiz Lucca en La BitBlioteca |
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