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Sección: Bitblioteca
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Salvador Garmendia y la precisión El Nacional, viernes 4 de mayo de 2001 La cosecha ha sido amarga. Se inició con Liscano, en febrero, y le han seguido Úslar, Palacios, Ovalles, Rosas Marcano y ahora Salvador Garmendia. A las calamidades naturales de vivir en un país conducido por quienes huelga nombrar, se suma la inquina de la muerte en este año ya terribilis de comienzos de siglo. Qué triste: a algunos amigos me acostumbro a verlos, solamente, en los velorios. Son varios los fuegos que arrasan con un país que comienza a hacerse irreconocible. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que vi a Salvador Garmendia. Cursaba el último año del bachillerato, cuando el escritor fue invitado al colegio a dar una charla. Recuerdo que habló durante una hora moviendo una tiza entre los dedos. Su imagen entonces se nos reveló extraña: era la de una suerte de patriarca bíblico, que se expresaba con un tono de voz inconfundible, y que hallaba con inteligente frecuencia motivos para reír. De aquella mañana soleada retengo la estirpe de un escritor entre risueño y enigmático, al que me resultó imposible precisarle la edad. Pero ahora saco mis cuentas y veo que para el año 1976 salvador tenía 48 y la misma barba que le borraba el cuello. Ya después el barquisimetano se me hizo tan familiar que me parecía haberlo conocido desde niño, cuando en verdad me topé con él en la adolescencia. Son tantas las virtudes personales de este amigo que no sé por dónde comenzar, tampoco sé si debo señalar en estas líneas lo que considero mejor de su obra. Quizás baste recordar lo que el propio Salvador pensaba de su trabajo: creía que lo mejor suyo estaba en el cuento, que la novela no se le había dado plenamente. Este juicio, que sólo un hombre superior puede hacerlo sobre su propia obra, es perfectamente endosable. Añado que en años recientes el cuento para niños floreció en sus manos como una acacia de estos días de mayo. En él estaba su vena poética, su maestría, la misma que le dictó las crónicas periodísticas de los últimos tiempos. De su trabajo en la radio, el cine y la televisión poco puedo decir que no haya sido dicho. Tan sólo señalo que fue el primer gran escritor venezolano que abordó estos medios sin temblarle el pulso, con dignidad. En estos terrenos fue un pionero que ejerció un magisterio. De los comentarios recogidos por la prensa al día siguiente de su muerte no quiero pasar por alto el de Adriano González León, en sus palabras brilla una clave, dijo el narrador: «Fue el cerebro más preciso de nuestra literatura». No creo que pueda manifestarse un elogio mayor para la obra de un escritor. La precisión es el privilegio de los dioses; la divagación, la improvisación, la inexactitud son frutos más pedestres que ecuestres. Pero nada más lejano a mis deseos que deificar la obra de Garmendia, por el contrario, si algo esplende en ella es su sudor, su humanidad, su radical comprensión de la cotidianidad urbana desde una mirada avizora. ¿No es la precisión lo que admiramos en Borges, lo que a García Márquez le llevó años de ejercicio, lo que la generación de los 60 en Venezuela advirtió jubilosa en la palabra de Ramos Sucre? ¿No es la precisión lo que distingue una obra bufa de otra cercana a la plenitud? Quien se aviene con sus claves domina la materia más inasible, y por ello más urgente: el tiempo; quien se aviene con ella hace de la vida una fiesta: entre el sentido de la precisión y la existencia en los trópicos hay un abismo, y en ese abismo Salvador fue un rey, porque ese abismo no es otro que la distancia que se expresa en humor, en ternura, en gracia, en ironía, todas ellas manifestaciones de la precisión. Basta leer un relato de Garmendia, en especial alguno de su etapa de madurez creadora, para ver la precisión brillar. Los personajes y las tramas van encajando con la naturalidad con que los maestros suelen tejer sus frutos, acompañados de una extraña fuerza poética, a ratos melancólica, a ratos risueña, siempre reveladora. Me veo a mí mismo conmovido, hace pocos años, leyendo los Cuentos cómicos y La casa del tiempo, acaso dos de sus mejores libros. Si la prueba de la eficacia de un texto es que no podemos abandonarlo, pues algunos de estos cuentos son imanes que nos hacen lectores cautivos. No desconozco sus libros de los años 60 y 70, pero su maestría cuentística se expresa a plenitud en títulos de los últimos 25 años. Créanme que intenté no referirme a su obra literaria, quise ceñirme a la experiencia del amigo, pero cómo omitir lo más importante de un escritor (su obra) cuando se le rinde homenaje a su memoria. ¿Cómo separar a Salvador, el entrañable Salvador, de sus libros? Solo me resta decir que muy pocas veces se juntan la calidad humana y la obra literaria en tan alto grado, como ocurrió a lo largo de los 73 años en que Salvador Garmendia ofició sobre la tierra.
Rafael Arráiz Lucca en La BitBlioteca
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