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¿Sabemos prestar un servicio?

El Nacional, viernes 30 de marzo de 2001

El mesonero se acerca a la mesa después de ser llamado repetidas veces alzando el brazo, como quien lo levanta en señal de haber pegado los numeritos de un bingo. El mesonero se aviene a tomar la orden de bebidas sin ni siquiera saludar: se limita a responder con desagrado que lo exigido está o no está disponible. Ya hemos comprendido que estamos ante un hombre telegráfico, económico, que atina a dar respuestas sinalagmáticas que no admiten otras coqueterías del diálogo, dice: "Sí hay" o "No hay". Su presencia es incómoda como una hojita de perejil atascada en el cañón de la garganta.

A nuestro infeliz mesonero se le olvidan las servilletas, y cuando las trae las coloca de mala manera sobre la mesa. Al servir el agua la derrama sobre el mantel. Anota mal los pedidos, en eso que ahora llaman con aire profesional "la comanda", y termina trayendo lo que no es, a las personas trastocadas. Nuestro mesonero regresa los platos al mostrador de despacho con el ruego de ser modificados de acuerdo con el pedido original que su torpeza varió. Los platos ahora regresan fríos y como tocados por una mano que quiso salir del paso. Los comensales de las mesas vecinas comienzan a levantar los brazos con el conocido ímpetu de los ganadores del bingo. Nuestro mesonero se vuelve loco y amarra la cara y se mueve con bravura por entre las mesas. La experiencia gastronómica ha sido un asco.

Las cartas que me envía una lejana pariente ajena a la Internet, vienen llegando casi un mes después de haber sido colocadas en la oficina europea. El libro de un poeta finlandés se extravió en algún laberinto de la ineficiencia y jamás llegó a su destino: sus versos serán para mí un enigma, un espacio vacío en el cajón de sastre del imaginario. El trámite necesario para recoger un envío postal en Caño Amarillo es de tal complejidad, que dejo a los dientes de los roedores el contenido impreciso de un recado alemán. Mis remitentes ignoran el país que me tocó en gracia.

Intento hacer un trámite en la oficina de teléfonos, pero es algo que va más allá de mi paciencia vespertina: la colas son interminables, humillantes. Al día siguiente me someto a la prueba del ácido y decido defenderme del oprobio haciendo la cola leyendo. Dos horas después llego hasta la taquilla donde se me informa que he entrado en la fila equivocada. Reclamo airadamente que la indicación de hacer esa cola, y no otra, me la dio el guardia del local, ante la absoluta ausencia de un personal dispuesto para la información. La mujer de la taquilla prácticamente me increpa. Dejo el intento para un día en que los astros se apiaden de mí y, sin embargo, intento probar suerte en el banco vecino: necesito una chequera. No pierdo las esperanzas y sueño con ser tratado como una gente, como creo todavía ser, y no como un perro, como se empeñan en hacerme pensar que soy.

En la fila del banco, en honor a la verdad, la silueta de una mujer me saca del mundo. Quien me ve, cree equivocadamente que estoy haciendo la cola de las chequeras, pero no señor, yo estoy en otra parte. Lo que es la vida: ahora no quiero que la cola camine rápido, pero ocurre. La adelantada mujer hace el trámite correspondiente de manera expedita y se va: vuelvo al sobresalto doloroso de la ineficacia y la chapucería. El mundo se ha vuelto chato, otra vez. Cuando llego hasta la señorita que dispensa los talonarios, le pregunto por la longitud de la fila, por sus razones, y me dice: "No quieren destinar a otra persona para este servicio". Recuerdo entonces las veces que he visto la publicidad del banco que me castiga, haciendo gala de su esmero servicial: alguien me engaña de nuevo, sin duda.

Es común a todos los personajes de esta mínima crónica un cortocircuito lamentable: ninguno de ellos tiene conciencia de que está prestando un servicio, todos sienten que su trabajo es un horror, no quieren hacer lo que hacen, lo hacen mal, no se sienten partícipes de una operación que persigue la eficiencia. Esto, dolorosamente, es cada vez más frecuente en Venezuela. Vivimos en un ambiente enfermo. La mayoría desempeña equivocadamente su trabajo: quienes tienen el encargo de unir, cortan con su espada diariamente; quienes deben sembrar un clima de paz y trabajo, insultan y difaman; quienes deben estimular el respeto de las leyes, animan el vandalismo y las invasiones. Si desde los centros del poder, que modelan conductas, se propiciara la convivencia pacífica y no la revancha y el odio, el país podría retomar el paso menos crispado que alguna vez tuvo. No es por azar que la prudencia figura entre las cuatro virtudes cardinales.


Rafael Arráiz Lucca en La BitBlioteca
Carolina Espada, Soberana decisión


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