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Yo soy franquista

Roberto Malaver
romal@facilnet.com

Caracas, viernes 12 de abril de 2002

Ahora sí la pegué del techo. Me estoy haciendo millonario. Como recordaran —los cuatro o cinco lectores que tengo— hace pocas semanas me puse a alquilar a mi suegra para marchas antichavistas. Y allí está, agotada, muerta, sobre la cama de cuatro cuerpos que tiene en su cuarto.

La gente de PDVSA la dejó exhausta. Sudorosa. En un solo día la alquilaron para tres marchas. Primero fue en la sede de Los Chaguaramos. Allí mi suegra se vistió con una pancarta que decía: «Sí a la meritocracia. No a la politización». Tenía además una bandera de Venezuela y una cinta en la cabeza que decía: PDVSA es de todos.

Después la trasladaron a otra sede. A la que está allí frente al Cubo Negro, en Chuao. Mi suegra, cuando salió en Globovisión, ocupaba todo el escenario de la protesta. Más tarde la llevaron a la sede principal en la Avenida Libertador. Allí gritó, levantó la bandera, y ya en el último estado, se vino a la casa.

Pero debo confesar que le pagaron bien, muy bien. Le pagaron casi un sueldo de nómina mayor. O nómina gorda, como le gusta decir a ella, que pesa 180 kilos.

Antes la habían llamado para llevarla hasta la refinería de El Palito, y desde allí trasladarla después para Santomé y Puerto La Cruz, pero ella se negó porque tiene que atender a mi suegro.

—Yo iría hasta gratis —dijo—. Pero no puedo dejar a mi compañero Carmelo que está muy jodido con la diabetes y la diálisis.

—Anda, mujer. Si tú sola puedes tumbar a ese hombre, anda, que yo bajaré tranquilo al sepulcro —le dijo el señor Carmelo.

Pero ella prefirió estar a su lado y asistir únicamente a las protestas que hiciera la empresa aquí en Caracas.

Como recordarán mis cuatro o cinco lectores —todos Malaver— yo vivo arrimado a mis suegros. Ellos tienen una casa donde, en la parte de arriba, vivimos los resentidos sociales —así nos llama ella—, o sea mi esposa y yo y mis dos hijos: Alekos y Oriana. Mientras que ellos dos —mis suegros—, viven cómodamente abajo, como la oligarquía, con dos perros y una perra gorda, gordísima, que siempre está acostada y comiendo.

Los sábados y los domingos, al mediodía, mi suegra grita desde abajo:

—Bajen a comer, resentidos sociales. ¡Que venga esa chusma!. ¿Dónde están esas hordas hambrientas?

Y desde arriba, bajamos en perfecta formación, mis hijos, mi esposa y yo.

Debo decir que tengo quince años viviendo bajo este régimen de arrimado a mi suegra. Ella cocina, y me cuesta confesarlo, pero cocina muy bien. También plancha, y lo hace muy bien. Limpia toda la casa, y lo hace muy bien. Pero tiene un defecto que ya se los voy a decir:

—Es perecista. O sea, adeca.

Mi suegro también es adeco. Los dos son Perezmatistas. Militantes del dúo Pérez- Matos. Todavía mi suegro de vez cuando bota una lágrima cuando recuerda cómo salió Pérez del poder:

—Hubiese preferido otra muerte —dijo Pérez un 20 de mayo—. Y mis suegros se fueron en llanto.

Por eso, cuando los quiero ver tristes y llorosos, me planto en medio de la sala y grito: «Hubiese preferido otra muerte». Y los dos se van en llanto.

—Ingrato, no me recuerdes ese momento —dice mi suegra.

Ahora, desde que se está metiendo un billete gordo, está alzada. Menos mal que tiene que darme la mitad de lo que gana, porque yo fui el de la idea de alquilarla por metros.

Mi suegra se llama Franca Cusati. Y ya está. Lo adivinaron. Por eso digo que yo soy franquista.


Roberto Malaver en La BitBlioteca



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