//2 level Horizontal Tab Menu- by JavaScript Kit (www.javascriptkit.com), This notice must stay intact for usage, Visit JavaScript Kit at http://www.javascriptkit.com/ for full source code
|
|
|
|
|
Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR
Al poeta, con cariño Caracas, domingo 6 de mayo de 1989
La lectura de Andrés Eloy Blanco parece persistir en dos actitudes igualmente cómodas: mientras una se arrellana en un rechazo ciego, la otra despliega una celebración fastuosa, grandilocuente. Sin embargo, porque esas actitudes han vivido ya sus largas horas, escogeremos un acceso alternativo, más laborioso, menos intratable que los habituales. Lo decidimos así no porque las dificultades gocen de un prestigio especial si de prestigio se trata, más lo tienen las actitudes de rechazo y de celebración, cada una a su manera, sino por una razón menos solemne: porque ese rumbo parece ser en la actualidad el único capaz de acercarnos a la comprensión de ese fenómeno literario, en la medida en que traza precisamente las inconsecuencias del repudio y la estrechez de la apoteosis. Hablemos, pues, no tanto de la literatura de Andrés Eloy Blanco, como, sobre todo, de las dificultades que presenta su lectura. Partamos, por tanto, de la constatación de un hecho perentorio: la existencia de una fracción de lectores cuya sensibilidad estética se siente atropellada por versos que hablan de cómo el Hombre y la Hilandera: [...] Con puntos suspensivos y todo. Esa misma fracción alimenta a veces su fastidio con observaciones más hacendosas que el mohín palaciego, como, por ejemplo, que no era necesario poner linderos a aquella copla anónima que abre una imaginación infinita ante la congoja carcelaria:
Andrés Eloy Blanco toma, sin embargo, aquellos versos y con su glosa recorta sus sentidos ilimitados para explicarnos que [...] Etc. Como si fuese posible, dice esta facción, explicar, anclar, un poema o, mucho menos, una alegría perdida. Todo esto sería enaltecedor y uno hasta se sentiría tentado de compartirlo si no fuera porque esta actitud se desata habitualmente por un declive pusilánime: y de que, pobrecito, José Antonio Ramos Sucre, que sí era un poeta de altura, se tuvo que ir a suicidar a Ginebra, que aquí uno no tiene interlocutores válidos, que este pueblo no tiene remedio y que habría que cambiarlo por otro, etc. Reclamos de una personalidad escindida que atribuye prestigio a todo lo que le es externo históricamente y termina sentenciando que el problema es justamente el carácter popular de la literatura de Andrés Eloy Blanco. Actitud que es inconsecuente precisamente porque se niega a entender la simple perogrullada de que la poesía es buena cuando es buena y es mala en todos aquellos casos en que es mala, independientemente de su consumo popular o aristocrático. Porque si bien hay la mar de poemas elitescos que no les gustan ni a las élites, también es cierto que las piezas de Lope de Vega se montaban en unos ambienticos populacheros que francamente. Por algo ya hoy no se trazan valoraciones a partir de la adhesión al mester de clerecía o al mester de juglaría. Esa discusión, planteada en esos términos, está cancelada precisamente por su carácter extraliterario. Y extraliterario es generalmente la reticencia con que la inteligencia de vanguardia recibe la poesía de Andrés Eloy Blanco. Es extraliteraria, es inconsecuente y es, decíamos, ciega porque se prohíbe a sí misma toda indagación sobre un hecho que tiene el tamaño del País: Andrés Eloy Blanco es, gústenos o no, el poeta de mayor gravitación en la vida nacional, que sus restos están, por unanimidad, en el Panteón Nacional. Porque es muy fácil relegar a Andrés Eloy Blanco a la estatura de poeta menor, como hace, por ejemplo, la tienda Don Disco, ese formidable clasificador de la cultura gramofónica, para quien todo tiene su sitio: el folklore, la «música cantada en inglés», los «latinos», la «música clásica», los discos «hablados» y, claro, un lugar sin rótulo, detrás del mostrador, donde se coloca el paradigma, la constelación de poetas de repertorios sentimentales, de cantos a la madre y, por supuesto, Andrés Eloy Blanco. El ojo vendedor tiene la ventaja de estar sumergido en la práctica: él sabe por experiencia que el cliente de Andrés Eloy Blanco suele ser, estadísticamente, el mismo del declamador sentimental. Solo que siendo un vendedor que sabe que su clientela utiliza la música para autoclasificarse en el mapa social, pareciera estar tan sumergido en la realidad que no es capaz de ver el juego mezquino de su propia clasificación (Pierre Bourdieu, la Distinction. Critique sociale du jugement, París, les Éditions de Minuit, 1979, p. 543-564). Lo grave, pues, no es desechar una literatura. Después de todo la historia literaria está llena de este tipo de muertes y resurrecciones. Lo inaceptable es que con esa recusación se está encubriendo el prejuicio extraliterario que reniega de Cien años de soledad porque le compusieron un porro que anda por ahí en las rockolas. La otra actitud, la apoteosis, es más conocida, más visible, más locuaz. No me refiero al gesto comedido de quien va a la tienda y pide en el mostrador un álbum de poemas grabados «por su propio intérprete». Ese gesto desenvuelto no se detiene en una selección que lo topa necesariamente con esto o aquello, sino que marcha sin titubeos y pide lo que busca. Me refiero, por ejemplo, a la proclamación extraliteraria de los méritos del poeta. Porque ocurre que generalmente se celebra al poeta por sus intachables virtudes civiles. No tiene nada de malo, por supuesto, encomiar al luchador, al hombre que apenas iniciado en la poesía fue encerrado en el Castillo de Puerto Cabello y tuvo que escribir allí parte de su obra, mucha de ella perdida. Pero si vamos a encomiar su literatura, seamos francos, hagamos precisamente eso y no confundamos la calidad cívica con la calidad poética. O no digamos, si nos gustan sus versos, que él, a pesar de tener el destino de frente, logró por más que sea escribir cosas de valor: tal argumento no es leal porque también Cervantes y Quevedo estuvieron presos y porque, hoy, después del Dictador Gómez y su barbarie, todavía sigue gustando Giraluna. No es, pues, por atraso cultural que ella se sigue apreciando. Es más leal, menos mezquino, no poner condiciones y declarar al descubierto que sí, que hay pasajes que nos conmueven y que su oratoria y su teatro nos entusiasman. Es más llana en todo caso la actitud que declara que si bien no le gusta su poesía, su trabajo humorístico y periodístico eran de primera calidad. No pidamos, pues, permiso si un verso nos exalta, porque esa emoción exige un cierto autorrespeto a quien la vive. Si nos gusta, qué más, da, no pidamos licencia, porque si tal cosa nos avergüenza, habrá que ir viendo qué desgraciada vida llevamos por ahí, abochornándonos de nuestros propios sentires, porque, ya lo decía el poeta:
Porque entre las cosas que la actitud de rechazo desecha están versos como los que acabamos de citar y que quizás algunos apreciarían mejor, como lo que son, como grandes versos, si no fuera por la urgencia exasperada de distinguirse del vulgo parlero. Quizás, y ese es otro hecho objetivo, si alguien les leyese algunos versos sin decir que son de Andrés Eloy Blanco, dirían desprevenidamente que son buenos, que son altísimos, que eso sí es poesía y otras frases similarmente estentóreas. De donde se reduce que una de las formas de evitar el ridículo es tener criterios claros y distintos y, sobre todo, verdaderos. Debiéramos comenzar, ahora que lo llevamos al Panteón, una lectura madura de Andrés Eloy Blanco, para que no sintamos sus restos así como desairados por la mitad de los invitados al acto del sepelio. Lectura madura, decimos, que por cierto debemos aprovechar para ver si por fin nos conciliamos con nuestro propio hablar y, en fin, con nosotros mismos. Porque el malestar es que todos sí, dije, todos sentimos ante su poesía, y la poesía toda del País, es el que proviene de un rencor largo que se remonta a cuando, como dice Antonieta Parissí, el personaje de Acto cultural, Colón «tuvo la gentileza de descubrirnos» (José Ignacio Cabrujas, Acto cultural, Caracas, Monte Ávila, 1976). Desde entonces nos quedamos erizados ente la Cultura que se nos inculcó sin mayores miramientos, exterminando pueblos, incendiando aldeas, haciendo de la indignidad y del autodesprecio parte de nuestro repertorio cultural, sin las sutilezas del mensaje subliminal de la penetración cultural del Imperialismo contemporáneo. Y ese espanto es precisamente el que no nos permite leer ni escribir con ánimo entero. Por eso es preferible hablar de la dificultad de la lectura, más que de la lectura misma. Porque ocurre que ni los que lo denigran, ni los que lo exaltan, suelen leer mucho a Andrés Eloy Blanco y cabe preguntarse entonces cómo saben que es grande o modesto poeta. Curioso caso de un poeta nacional tan raramente frecuentado que sobre él tal pareciera estar abandonado definitivamente todo donoso y grande escrutinio de cura y barbero. Y nadie parece inquietarse por el asunto sencillamente porque no es su poesía lo que está en discusión. Porque lo que crea la ansiedad entre unos y otros es la posibilidad postergada de asumir lo que José Lezama Lima llama «el poeta malo imprescindible» (José Lezama Lima, La expresión americana, Madrid, Alianza, 1969, p. 129-132), ese que seremos todos mientras no seamos capaces de admitir que para nosotros la Cultura sigue siendo todavía, en expresión de Lezama Lima, «un solo libro», el que «surge de esas casa sin libros, de esa cuartería muy nutrida de loros, pianos viejos y fundas con letras inexplicables». El «libro uno» que dice Lezama es un volumen extraviado de su biblioteca, de su universo metropolitano. En su biblioteca ese libro, el que nos han ido dejando caer hasta hoy los Conquistadores, «naufraga, se entrelaza en un ordenamiento cultural, donde se diluye». Ese libro único, en cambio, «en manos de un silabeo sin rectificaciones asciende hasta la sentencia entrañable». Nuestra Cultura, a fuerza de padecerla, se nos escurre en ese libro de la violencia simbólica (Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, la Reproduction. Éléments pour une théorie du système d'enseignement, París, les Éditions de Minuit, 1970), acceso a la Cultura único y solemne que nos obliga a pedir que nos pinten angelitos negros, por caridad, como si los negritos tuvieran que esperar a que los inviten al Cielo, como una gracia, «aunque la Virgen sea blanca». Con los productos culturales se puede emprender, sin embargo, cualquier cosa, si se asumen con osadía, con libertad, sin engorros, como hizo Willie Colón con su música para el ballet El baquiné de «Angelitos negros» con la música que se compuso para el poema Angelitos negros, de Andrés Eloy Blanco, producido para la televisión neoyorquina hace unos años. Porque Willie Colón no se detuvo en la consideración teológico-populista del color de los ángeles y trascendió el problema por la vía del baquiné, esa ceremonia pagana que los negros del Caribe incluyendo los de Venezuela celebran para enterrar a sus niños cuando mueren, y con esa herejía produjo la música afro-caribe más brillante quizás desde la zarzuela Cecilia Valdés la de María la O o Beny Moré o Ignacio Piñeiro. Porque, sin detenerse irrespetuosamente en la apoteosis incondicional o en el rechazo ciego, Willie Colón, sin pedir permiso al Libro Único de la Cultura, quién lo hubiera dicho, fue derechamente por el camino difícil, que es por cierto el modo más sencillo de acceder a ese arte arduo que es la poesía. Antología de poemas de Andrés Eloy Blanco También, de RHM:
|
Buscador Bitblioteca
|
|
| ||||||||||||||||||||
|
Copyright © 1996 - 2011 por
Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado
de fuentes externas. |