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Grandes asesinatos Letras, jueves 17 de junio de 1999
Moraleja: no hay diferencia entre los productos de la pornografía. Todos son del mismo tenor del snuff. El público queda bien librado, tanto como el realizador. Qué buenos somos los que no vemos películas porno. Pero pasamos hora y media viendo y viviendo una leyenda que sospecho que es un invento, o, como dice el mismo detective, «una leyenda urbana». Nadie ha comprobado la existencia del snuff. Más que una leyenda, me parece, es una fantasía perversa, es decir, humana: hay gente tan rica como moralmente miserable que puede pagar para que asesinen a una chica solo para disfrutar su poder y revivirlo cada vez que vea la película. Son mitos que fascinan vicarialmente, es fácil deducir el grado de identificación o proyección que generan, como el de Flor de Oro, la hija del dictador dominicano, el generalísimo y doctor Rafael Bienvenido Leonidas Trujillo Molina, Padre de la Patria y Benefactor de la Patria Nueva. Chapita para los íntimos. Cuenta la leyenda que tan poderosa era esta chica y tan consentida la tenía su poderoso padre, que escogía para pasar cada noche a un joven oficial, que amanecía asesinado. El público es sometido a una sucesión de horrores y dudo que quien no disfrute de aquello pueda soportar la película sin sentirse mal, malestar que se añade al aburrimiento. Solo una sociedad que disfruta de esas cosas puede asegurar tal éxito taquillero. El verdadero snuff es 8mm, hecho para que todos lo disfrutemos, de ser posible en familia. Durante décadas se ha discutido sobre si las películas violentas engendran violencia. El argumento contrario es que las películas violentas son producto de la violencia. Creo que la primera tesis es cierta solo si la segunda lo es también y si todo ocurre en los Estados Unidos. Cada cultura tiene su snuff: en Colombia filmaron y televisaron hace días un linchamiento en un conflicto de invasores de terrenos (El Tiempo, domingo 13/6/99). Los partes policiales caraqueños de cada fin de semana parecen más bien partes de guerra. Los Estados Unidos producen eminentes inventores, cineastas, músicos, poetas, novelistas y asesinos en serie. En ningún otro país los hay en tal desproporción. Fuera de los Estados Unidos tienen motivos políticos, como las bombas que estallan desde Jerusalén hasta Cali. Terrorismo vulgar. En los Estados Unidos hay asesinatos que no tienen motivación clara. El mismo asesino no entiende por qué hace lo que hace, como dice el de 8mm, y era además un tipo «normal y corriente». O como dicen que decía otro, en una nota que dejó: «Captúrenme pronto porque no puedo parar». Es cierto: son tipos de lo más normales, de lo más WASP White Anglo-Saxon Protestant, blanco protestante anglosajón. No son habituales entre esos asesinos ni hispanos, ni negros, ni italianos, ni asiáticos. Esto no hace a los WASPs peores al resto de la especie humana, que cada cultura tiene su manía destructiva, ya lo decíamos. Pasa que hoy hablamos de esta. ¿Por qué los WASPs? No te prometo respuesta. Te propongo más bien comenzar a dar vueltas a esta idea: entre los WASPs de los Estados Unidos anidó la obsesión orgiástica del poder en estado puro. Es decir, absoluto, personal, instantáneo, portátil, inmotivado. Como el niño que se siente dios momentáneo matando hormigas, decidiendo esta sí, esta no, porque me da la gana. Es el acto arbitrario, que me doy yo solo, porque me da la gana, porque se puede y porque tengo el atrevimiento suficiente. Modo atroz de afirmar el ego. Los que no se atreven gozan películas como 8mm. No sé por qué esta lógica infernal funciona solo en la cultura norteamericana, pero ahí están los hechos. Películas como 8mm operan como horror placentero en cualquier parte, pero tal vez, por ahora, solo en los Estados Unidos entablan la relación recursiva, interdeterminante, inter-geno-fenoménica, como diría Edgar Morin, con los potenciales asesinos en serie, estructurándoles la mente, donde, como decía Lorca, ocultan «una vaga astronomía de pistolas inconcretas». Tal vez los demás somos inmunes, por ahora, mientras ese sistema cultural no se exporte, como los demás productos, buenos y malos, que los Estados Unidos prodigan.
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