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Automotriz: ¿adjetivo del primer grupo?

Roberto Hernández Montoya

Versión 1,01, lunes 1° de junio de 1998
Versión actual: 2,0 del 22 de noviembre de 2001
Otra reflexión sobre el género gramatical:
El género del género


Con sus hijos Hannah y Herman en Coro,
Venezuela, agosto de 2000.

Este texto forma parte de la serie sobre lenguaje presentada en
Gramática imaginaria

Índice

Introducción
Y Dios creó los géneros
Aberraciones
Cosas de mujeres
Crestomatía

El género gramatical es fundamentalmente un comportamiento de formas. De formas gramaticales, se entiende.

Ángel Rosenblat (1960:I, 274)

Introducción

La neutralización del adjetivo automotriz es un fenómeno sistemático, especialmente en avisos comerciales: «taller automotriz», «parque automotriz», «centro automotriz», junto a «mecánica automotriz», «producción automotriz», «política automotriz». También se atestiguan «taller automotor», «parque automotor», «centro automotor», etc.

Manuel Seco declara anglicismo el uso adjetivo de automotor, -triz.

Revisemos las páginas amarillas del directorio telefónico caraqueño:

  • Centro Automotriz Los Ruices
  • Centro Automotriz La Yaguara
  • Deca Centro —«el centro de su mundo automotor»
  • Talleres Rootes C.A. —«la organización automotriz más dinámica de Venezuela»
  • Automotriz Centagro, Automotriz Los Altos C.A.
  • Automotriz Venezolana C.A.
  • Automotriz Corralito C.A.
  • Automotriz 905 C.A.
  • Auto Market, su guía de compra automotriz, presenta su nuevo directorio automotriz: Auto Market Online en Internet: http://www.automarket.com

Asimismo hallamos «tubo matriz» junto a «casa matriz».

Sin embargo, no se confunden

  • actor/actriz
  • adorador/adoratriz
  • bisector/bisectriz
  • ductor/ductriz
  • emperador/emperatriz
  • generador/generatriz
  • institutor/institutriz

En numerosas entrevistas y testimonios obtenidos entre hablantes caraqueños de los más distintos niveles de salud social se verifica una clara preferencia por la forma automotriz, aun siendo masculino el sustantivo con el que debe concordar. También verificamos las expresiones desarrollo motriz, en un grupo de terapistas del lenguaje, y nivel motriz, entre sicólogos.

Y Dios creó los géneros

    Los sustantivos del español tienden, desde la lengua antigua hasta hoy, a agruparse en el masculino o el femenino según las terminaciones. Las terminaciones -o -a son claramente determinantes del género, pero también los sustntivos en -e o en consonante muestran una tendencia a agruparse en sistema, segun ciertas terminaciones o sufijos (-aje, -ate, -or, -al, -ar, -umbre, -ambre, etc.) De esta tendencia escapan los monosílabos, porque en ellos no se siente la terminación. En general, conservan el género etimológico, pero muchos de ellos vacilan por causas diversas (Rosenblat, 1951:3).

Hay al menos seis modos de formar el femenino en español:

  • la terminación -a, que sustituye la terminación de masculino o se añade a ella: mono/mona, bachiller/bachillera; esta es con mucho la forma dominante;
  • la terminación -esa: duque /duquesa,
  • la terminación -isa:: papa/papisa;
  • la terminación -ina: gallo/gallina, héroe/heroína, kindergarterina —que no tiene masculino, pues no es costumbre que haya hombres en ese oficio;
  • la terminación -triz: emperador/emperatriz; y
  • los heterónimos, aquellos en que los femeninos están formados por otro signo y no por una desinencia, como en la Tabla 1.

Los heterónimos, que se producen en algunos nombres muy comunes, tienen distintas causas etimológicas o morfológicas y a veces dependen de tradiciones culturales muy remotas.

No siempre parece obvia la oposición entre heterónimos, pues se trata de signos distintos que se agrupan por razones semánticas (yerno/nuera, hombre/mujer); no así con los signos que forman el masculino y el femenino mediante una desinencia: gallo/gallina, gato/gata. Es el caso, por ejemplo, de macho/varón/hembra, que puse en una sola heteronimia por puro «buen sentido», pues el hecho de que hembra no se desdoble como sus correspondientes masculinos no dice que haya dos parejas: macho/hembra y varón/hembra, de allí nuestro ménage à trois macho/varón/hembra... No parecería tampoco demasiado «mal sentido», sin embargo, proponer dos heteronimias, pues macho y varón no son equivalentes en la medida en que el primero se atribuye sobre todo a los animales y el segundo sobre todo a los hombres. Pero siendo cuestión de tendencia, que seguramente no gustará mucho a los hombres «machos», lo dejo abierto. No es un caso decidible sino según el buen sentido, que, me han asegurado, es la cosa mejor repartida del mundo. Es un problema semántico, es decir, cultural, de allí que toda decisión sea arbitraria. Así, pues, habrá hombres machos como habrá toros varones según la intención expresiva y el magín de cada quien. Es más, lo único que nos orienta en el emparejamiento de heteronimias es el buen sentido, pues nada objetivo nos inclina a ello, salvo en los derivados de padre/madre. Tal vez hay en padre y madre una «desinencia inicial», de un origen ancestral que ya no forma parte de nuestra gramática vigente.

Tabla 1

Masculino
Femenino
Masulino desinencial
Femenino desinencial
caballero
dama
damo
caballera
caballo
yegua
caballa
ø
carnero
oveja
ovejo
ø
hombre
mujer
mujerón
ø
cabrón/macho cabrío
cabra
cabro
ø
macho, varón
hembra
hembrón
macha, varona
compadre
comadre
ø
ø
marido
mujer
ø
ø
padrastro
madrastra
ø
ø
padre
madre
ø
ø
padrino
madrina
ø
ø
papá
mamá
ø
ø
toro
vaca
ø
ø
yerno
nuera
ø
yerna

    Son en total nueve parejas, incluyendo yerno-nuera. Este sistema, hoy anómalo en castellano, tiende a disgregarse (Rosenblat, 1960:I, 172).

No hemos hallado testimonios suficientes ni confiables de nuero. Reduciendo macho/varón/hembra, a una sola heteronimia, cuento catorce. Restando los derivados de padre/madre, quedan diez. Obviamente mi suma no resta razón al maestro Rosenblat.

Aberraciones

Sin embargo, en las heteronimias se pueden verificar algunos desajustes que tienen como consecuencia la formación de un femenino o un masculino desinenciales (yerna, damo, etc.). Son casos poco frecuentes, a veces de carácter lúdicro, pero están allí disponibles como virtualidad y suelen actualizarse en situaciones contingentes (Hernández, 1974), tal vez accidentales o marginales, pero que revelan la vitalidad del sistema de terminaciones para la formación de los géneros. Es el caso de yerna, que trasciende la marginalidad ocasional para convertirse en un uso sistemático. Rosenblat refiere en la obra citada cierta tendencia a regularizar la forma anómala de femenino (nuera) aplicando la desinencia sistemática -a al masculino yerno, produciendo yerna. Así, en ciertas regiones se dice cabro, damo, ovejo, y, claro está, yerna. Sobre ésta, Rosenblat dice:

    En veinte siglos de nuestra historia lingüística nuera ha vivido asociado con suegra. En latín era nurus, luego nura, y se ha hecho nuera precisamente por el vocalismo de suegra. Cuando una suegra decía mi yerno y mi nuera sentía sin duda una diferencia radical entre los dos. Si hoy se dice en Venezuela mi yerno y mi yerna es posible que tienda a igualarlos psicológicamente. Al asociarse con yerno, se desvanece la asociación con suegra. Más que una incorrección es posible que haya ahí un cambio de perspectiva (Rosenblat, 1960:I, 174).

Sapir sostiene que las lenguas tienen derivas (drifts) que las orientan en cierta dirección, movidas por la dinámica de sus desajustes (Sapir, 1921:147-70). En el caso de los adjetivos que estudiamos aquí, se trata de una cierta tendencia a privilegiar el sistema de derivación por desinencia -a, -esa, isa en lugar de los heterónimos. Es, sin embargo, una deriva tímida. Y en el caso de las terminadas en -triz se debe tal vez a que, como préstamos esporádicos y doctos del latín, no son frecuentes (ver Tabla 2). De allí que su subrutina de generación de femeninos no se haya asentado en el sistema general. El único par -or/-triz sin femenino desinencial regular (*actora) y que conserva una vitalidad notoria es actor/actriz, pues bisector/bisectriz, generador/generatriz y separador/separatriz son términos especializados que usa un nicho de profesionales de la física y la matemática. En el caso de atractriz parece haber otro desorden, o tal vez será un caos, según la novísima teoría del caos. Para los físicos consultados se trata de la elisión de fuerza en la expresión fuerza atractriz. No existe para los físicos ningún fenómeno atractor, y por eso omitimos este término en la Tabla 2. En el uso general se habla, en cuanto a atracción, de atrayente, que no tiene concordancia de género, y atractivo y atractiva.

Tabla 2
(los sustantivos que eventualmente también son adjetivos van en cursivas)

Maculino
Femenino
Femenino desinencial
actor
actriz
ø
adorador
adoratriz
adoradora
ø
atractriz
ø
automotor
automotriz
automotora
ø
Beatriz
ø
bisector
bisectriz
ø
ø
cicatriz
ø
director
directriz
directora
ductor
ductriz
ductora
emperador
emperatriz
emperadora
generador
generatriz
generadora
institutor
institutriz
institutora
ø
matriz
ø
ø
meretriz
ø
motor
motriz
motora
separador
separatriz
separadora

Aunque es nombre propio, Beatriz es tan común que forma parte del idioma español, como tantos otros que se avienen al sistema lingüístico español. Beatrix, su étimo, es femenino latino de beator —‘el que hace feliz’— (Tibón, 1956). Beator, sin embargo no generó nombre propio. Separatriz es curva o hipersuperficie (si ocurre en un espacio de gran dimensión) que separa las regiones del espacio (o plano) que se comportan de manera distinta.

En cualquier caso, cuatro pares de -or/-trizactor/actriz, bisector/bisectriz, generador/generatriz y separador/separatriz —, tres de ellos de uso minoritario y docto (que no responde a la norma espontánea, es decir, no trastornada con normas estudiosas, con frecuencia ajenas a la gramática de lengua), no son suficientes como para constituir una alternativa de generación de femeninos de vigor comparable al de las desinencias -a, -esa, -isa, -ina. Seamos más radicales: el par -or/-triz no es para nada una alternativa sistemática de generación de femeninos, sino una de tantas fantasías doctas que piensan, por ejemplo, que la gente va a percatarse de que memoranda es el plural neutro de memorandum, como si las amables dactilógrafas que tramitan memorandos supieran de la segunda declinación del latín. Lo mismo con otras importaciones similares: pensum/pensa, desideratum/desiderata, datum/data, ingestum/ingesta. Datum/data ha generado el femenino singular coletivo la data, usado entre los que trabajan con computadoras para referirse a los datos contenidos en un documento o unidad de memoria masiva (diskette, disco duro, cartucho removible, CD-ROM, DVD, cinta, etc.). No cabe duda, por cierto, de que la ingesta «viste» mucho más que la ingestión... Es decir, el médico y paramédico que disertan sobre la ingestión de alimentos sienten que ingesta es más «elegante», más distinguido, que el mero ingestión, que es uso general. Las jergas no solo cumplen funciones de precisión, sino de distinción ante el colectivo. Ingesta es una bata blanca léxica. Esas formas anómalas, producto de una importación prestigiosa, tienen como efecto de sentido lo que Pierre Bourdieu (1979) llama ‘distinción social’. ¿Hablamos de relaciones de poder?

Hay, por otra parte, dos diminutivos femeninos de estructura francesa que se han masculinizado en español: el cassette y el diskette, de uso tan cotidiano que la Academia aceptó que se escriba casete. No digo de origen francés porque el cassette es un artilugio inventado por la firma holandesa Philips y el diskette fue creado por la industria de la computación con epicentro en los Estados Unidos. La estructura francesa de ambos nombres es, pues, arbitraria. Y da la impresión, a verificar, de que la estructura francesa de diskette se adoptó por analogía con cassette. Es probablemente una denominación publicitaria. Esa desinencia francesa -ette no es percibida como femenina y diminutiva por el hispanohablante, quien, al parecer, en caso de duda, masculiniza las importaciones, independientemente del género etimológico, si lo tiene. Sin embargo, hay algunas adaptaciones que han estado vacilando: computador/computadora, (< computer). Pero la mayoría de esas adapaciones termina siendo masculina, sin vacilaciones: amplificador (< amplifier), el bit, el byte. En otros casos se trata de palabras que ya existían en español y que adquieren un nuevo sentido, dado algún desarrollo tecnológico: antena, cable, disco duro, puerto serial.

El par dato/data es el mismo fenómeno de leño/leña, pues leño proviene del latín singular neutro lignum y leña del plural neutro ligna ‘leños’. Los que dicen la data hablan igual que los que dijeron la leña por primera vez, es decir, ambos están dentro de la estructura de la lengua española. Ni data ni leña son femeninos de dato ni de leño, pues son objetos asexuados. Son más bien colectivos que al estar terminados en -a funcionan como femenino singular. La terminación -a ejerce, pues, su atracción hacia su función sistemática: la de formar femeninos, no neutros plurales, que no tienen nada que ver con la gramática española. La fantasía academicista pretende que uno aprenda latín solo para enviar dos memoranda en lugar de uno...

Sector, sin embargo, no dio *sectriz. Ni tiene femenino, como el caso de actor/actriz. Pero ojalá esto no lo esté leyendo un academicista, pues seguramente lo querrá imponer para asegurarse un empleo con la siguiente descripción de funciones: corregir e increpar al prójimo, que, a diferencia de él, sí habla a derechas. En esto la perversidad academicista raya en la beatitud: introduce, aprueba y/o acoge sistemas gramaticales intrusos —serían meramente forasteros si no se nos impusieran como obligatorios —y por tanto extraños en nuestra lengua y entonces se dedican a estigmatizar la impericia de los que no conocen la fórmula importada. Es el caso de talibán, que como es plural en su lengua original algunos llegaron a pretender que dijéramos los talibán. La Real fue sensata en esto del plural y decretó que dijéramos los talibanes, pero fue insensata en cuanto al género y nos ordena decir las talibanes y nos prohíbe decir las talibanas. Con no hacerle caso tenemos, claro, pero no sería malo que la Real fuera un poco más sensata, digo yo. Es una adquisición que se hace sin permiso y sin consultar al hablante, contrabando que es propiamente una ‘violencia simbólica’, según el concepto, también de Bourdieu (Bourdieu-Passeron, 1970). En esto los academicistas puristas —estoy consciente de la redundancia— son como aquellos conquistadores que leían a los indios unos «requeremientos» — en realidad intimaciones a la rendición incondicional —, escritos en latín. Como los nativos de América eran tan ignorantes que no sabían latín, no se rendían nada, por lo cual se les declaró la Xusta Guerra, que fue una de las causas de uno de los genocidios más famosos —por eso llamé violencia a esto. Así pasa con los que no entienden que data e ingesta son plurales neutros y no femeninos colectivos singulares de datum e ingestum. Se les estigmatiza porque desconocen una lengua clásica, como a los indios. Ocurre así con la mayor parte de los «solecismos» que los puristas sádicamente se solazan en cazar en sus prójimos, sin saber que estos, obedeciendo al nudo sistema y no a álgebras gramaticales de laboratorio), ni a gramáticas emigrantes, ni a la gramática imaginaria de los academicistas, saben más de la gramática que les incumbe —me refiero a la real y no a la imaginaria o a las «gramáticas de invernadero», como las llama Aníbal Nazoa (Obras incompletas, Caracas: Monte Ávila, 1969, p. 175: «Una gramática que no existe, que no tiene nada que ver con el lenguaje humano. Una gramática que a fuerza de ser precisa se vuelve nebulosa».

Prueba de que la desinencia -triz es anómala es que al lado de adoratriz, ductriz, emperatriz, generatriz e institutriz, hallamos también femeninos generados por la desinencia -a: adoradora, ductora, emperadora, generadora, institutora, respectivamente, que sí son correspondientes femeninos morfológicos de sus masculinos, como en los demás casos: alcalde/alcaldesa, poeta/poetisa, rojo/roja.

Cosas de mujeres

Poetisa —vale la pena la digresión — ha perdido la gracia de las mujeres que hogaño escriben poesía, especialmente las más jóvenes, pues alegan que no quieren ser identificadas con las damas inspiradas que antaño —y algunas hogaño— escribían versos rimados, pletóricos de rosas y capullos color pastel. Creo que la raíz está en otra parte, como veremos luego. Las modernas, que no quieren tener que ver con esa tendencia literaria, prefieren ser llamadas poetas, como los varones, pero con género femenino en el artículo: Justine es una poeta muy buena. Ello lo facilita la terminación -a de poeta, que era, junto con nauta, agricola, y unos pocos más, una de las escasas excepciones de masculinos de la primera declinación latina, que reunía abrumadoramente palabras femeninas. Ana Enriqueta Terán, la única que sepamos, exige ser llamada poetisa, pues declara que se siente muy orgullosa de ser mujer.

Pero las que profesan oficios que durante cientos y miles de años fueron ejercidos solo por hombres, suelen rehusarse a ser llamadas abogadas, arquitectas, médicas o músicas. Prefieren la abogado, la arquitecto, la médico, la músico, adaptando para estas palabras, que tienen desinencia de masculino, uno de los modos normales de marcar el género en algunas palabras que no tienen desinencia de femenino: solamente mediante el artículo: la juez, la reo, la testigo. Es tal vez el mismo caso: hubo épocas —tan estrecho era el mundo femenino— en que jueces, reos y testigos solían ser solo hombres y por tanto —injerencia de la cultura en la gramática— esas palabras no realizaron las desinencias de femenino que tenían en su sistema virtual: jueza, rea, testiga. Jueza, sin embargo, es verificables con frecuencia en el uso informal.

Hemos visto en la televisión española (1995) a una feminista que se indignó con el entrevistador porque la llamó «médica».

Yo a usted no le llamo periodisto —añadió.

Son difíciles de complacer las feministas, sobre todo cuando no saben de gramática (sobre las relaciones de las feminstas con la gramática cf. Juan Nuño (1990), «El sexo de las cosas», in La escuela de la sospecha, Caracas: Monte Ávila). Esta de que hablamos no sabe, ni es su deber, por cierto, que la terminación -ista no concuerda con género salvo por el artículo. Claro, tampoco lo saben los que entre nosotros dicen artisto y arpisto. Asimismo se puede hallar un parejo bailando con una pareja en una fiesta popular. La terminación -a (de -ista) funciona para ellos como femenino, de allí la inserción de una desinencia -o, masculina. Asimismo puede pasar con los terminados en -e, que pueden no considerarse lo «suficientemente» masculinos: un contador de cuentos del pueblo de Turgua, en los Valles del Tuy, Venezuela, llamado Franciscote, habla de un príncipo en una de sus narraciones —grabación de 1981; dato proporcionado por María Josefina Tejera. En el habla cotidiana es frecuente hallar estos masculinos en -e trocados en -o, especialmente con fines jocosos. Así como fabricaciones arbitrarias y obviamente chacoteras, como la marida. Son terminaciones inestables también porque contradicen la regla predominante del sistema, que es el femenino en -a y el masculino en -o.

Estos casos de injerencia cultural debieran estudiarse con algún cuidado, pues es muy fácil hacer generalizaciones abusivas. En este caso particular pareciera ser un reflejo del milenario apartheid que ha prevalecido entre los sexos y que nos ha llevado a percibirnos como especies biológicas —o al menos simbólicas— distintas. Todavía algunos dicen despectivamente los nombres femeninos de profesión —incluso lo dicen así algunas mujeres— para subrayar lo que valora como usurpación de un terreno que se considera cosa de hombres. Recuérdense casos como la bachillera, la coronela, la generala, La Regenta —la novela de Leopoldo Alas «Clarín». El rechazo de poetisa tiene aquí su principal raíz: las versiones femeninas de los oficios son despectivas por la misma razón por que en otros pares hay una versión positiva y otra negativa: izquierda/derecha, claro/oscuro, alto/bajo, cálido/frío, blanco/negro, ancho/estrecho, etc (ver «Maniqueísmo semántico» en El género del género). Esto se mezcla, claro está, con las coyunturas políticas extralingüísticas y tiende a hacerse inextricable con ellas, que suelen innovar una base lingüística para dar carácter natural a sus mitologías: la primacía de lo masculino sobre lo femenino, la identificación de los dominantes con lo alto, etc. Sin embargo, cuando las coyunturas políticas las contradicen, las oposiciones binarias ‘bueno/malo’ se neutralizan: como Occidente ha tenido primacía sobre Oriente, no han reproducido en este par la oposición izquierda/derecha que le es correlativa.

En francés la situación es aún más radical: a las profesoras se las llama Mme le Professeur Mandiargues, así como a las médicas Mme le Docteur Réage. Y la esposa de alguno se llama, digamos, Mme Jean-Paul Sartre. Igual pasa en el mundo de habla inglesa con Mrs. William Clinton, que otros llaman Hillary Clinton, o Hillary sin apellido, que, por cierto, pocos se acuerdan de su apellido de soltera: Rhodman.

En inglés, donde solo hay género marcado en superficie en los pronombres de tercera persona singular, se ha impuesto como politically correct decir frases como: “Sometimes the user is tired of working with his or her computer” (‘A veces el usuario está cansado de trabajar con su [de él] o su [de ella] computadora’). Lo politically correct es un principio que se propone evitar expresiones discriminatorias en razón de características reales, como el sexo, o imaginarias, como la raza. Y no lo logra. Decir solo his sería excluyente de las usuarias. Podemos imaginar las dificultades que tendríamos para ser politically correct en español: «A veces el usuario o la usuaria está cansado o cansada de trabajar con su computador o computadora». No hace falta imaginarlo, basta con leer la Constitución de Venezuela, que por otro lado tiene muchos méritos, pero no precisamente en lo que respecta su uso del género gramatical. Algunas feministas angloparlantes llegaron a insistir en que se debe decir Herstory y no History, como, según ellas, insisten en decir los machistas de habla inglesa... Son las mismas que hablan de She para referirse a Dios, quien, según parece, es una mujer, como descubrió el sicoanalista venezolano Rafael Ernesto López. López descubrió mas tarde que el diablo también es mujer (Dios es una mujer, Caracas: Ateneo de Caracas, 1982.Y el Diablo también, Caracas: Ateneo de Caracas, 1985). Otros escritores, más serenos, se resisten, como el biólogo oxoniano Stephen Dawkins:

    I am distressed to find that some women friends (fortunately not many) treat the use of the impersonal masculine pronoun as if it showed intention to exclude them. If there were any excluding to be done (happily there isn’t) I think I would sooner exclude men, but when I once tentatively tried referring to my abstract reader as “she”, a feminist denounced me for patronizing condescension: I ought to say “he-or-she,” and “his-or-her.” That is easy to do if you don’t care about language, but then if you don’t care about language you don’t deserve readers of either sex. Here, I have returned to the normal conventions of English pronouns. I may refer to the “reader” as “he,” but I no more think of my readers as specifically male than a French speaker thinks of a table as female. As a matter of fact I believe I do, more often than not, think of my readers as female, but that is my personal affair and I’d hate to think that such considerations impinged on how I use my native language (The Blind Watchmaker, Londres: Longman, 1986, p. XVI-XVII).

    Me molesta encontrar que algunas amigas (afortunadamente no muchas) tratan el uso del pronombre impersonal masculino como si mostrara la intención de excluirlas. Si hubiera alguna exclusión (felizmente no la hay) pienso que más bien yo excluiría a los hombres, pero cuando una vez intenté referirme a mi lector abstracto como «ella» una feminista me denunció por condescendencia parternalista: debí decir «él-o-ella». Eso es fácil de hacer cuando no cuidamos el lenguaje, pero si no cuidas el lenguaje no mereces tener lectores de ninguno de los dos sexos. Aquí he vuelto a las convenciones normales de los pronombres ingleses. Podría referirme al «lector» como «él», pero no porque piense en mis lectores como másculinos, no más que como un hablante de francés piensa que la mesa es femenina. En efecto, pienso la mayor parte del tiempo en mis lectoras como femeninas, pero es un asunto personal que tales consideraciones influyeran en mi modo de usar mi lengua nativa.

Alexis Márquez (1991:79) refiere una sabrosa anécdota:

    Hay casos verdaderamente radicales, al par que pintorescos. Conocemos el de una señora que ejerció hace algunos años la prefectura de una ciudad del interior, y castigaba con arresto a los periodistas que la llamaban prefecta, por considerarlo un irrespeto a la supuesta majestad de su cargo. Nos imaginamos que el mismo castigo impondría a quien osara llamarla mujer o señora, en vez de hombre o señor.

    [...]

    Lo curioso es que muchas mujeres llegan al extremo de pensar que, cuando se les da un tratamiento de género femenino en el ámbito profesional o de ciertas actividades, se hace con propósito discriminatorio y despectivo. Y en consecuencia exigen la forma masculina.

Día llegará, espero, en que la mujer pueda ejercer sus derechos, lingüísticos y de los otros, sin tanta incomodidad.

Automotor, en fin, es claro masculino, por la terminación -or. No hallamos muchos femeninos en -or, aparte del nombre propio Leonor y sor, escasamente usado fuera de la designación de la profesión ante el nombre propio (sor O). Automotriz, pues, dadas las estructuras lingüísticas vigentes, no funciona como femenino sino como uno más de los adjetivos que la Real llama del ‘primer grupo, que carecen de concordancia de género: adulante, ágil, agrícola, árabe, atroz, audaz, celular, cortés, elemental, estable, feliz, pueril, silense, soez, ulterior, verde, zahorí, zulú (Real Academia , 1973:§2.4.2-2.4.3).

Atractriz, Beatriz, cicatriz, matriz y meretriz no tienen correspondiente morfemático masculino.

  • -triz funciona como -iz en feliz y como uno de esos casos en que el femenino desinencial funciona como heterónimo semántico del correspondiente morfológico masculino, pues tienen un empleo diferente, aunque dentro del mismo campo semántico, lo que sea que quiera decir campo semántico:
  • alcalde/alcaldesa —Alcaldesa es, aparte de la ‘mujer que ejerce el cargo de alcalde, ‘la mujer del alcalde (DRAE). Esta pequeña asimetría registrada por el DRAE, que atestigua el uso en otras versiones del español, creemos que justifica su inclusión en este paradigma. Para ser equitativo, el DRAE debiera definir alcalde también como ‘el marido de la alcaldesa’, pero no tiene sentido registrar una definición no avalada por el uso.

Cabrón/cabra. Cabrón fue ‘macho cabrío y así se encuentra en algunos clásicos. Hogaño ha pasado a designar algo menos inocente. También existe cabro (cf. Rosenblat, 1960:I, 172). Por eso lo añadimos también al paradigma de pares desinenciales heterofuncionales.

  • crío/cría
  • cuchillo/cuchilla
  • director/directora/directriz
  • fruto/fruta
  • leño/leña
  • manzano/manzana
  • naranjo/naranja
  • olivo/oliva
  • río/ría..

La debilidad de -triz hace pensar que director y directriz funcionan —aunque choque con la erudición etimológica— como signos independientes, no como versiones masculina y femenina de un mismo signo, como gato/gata, que sí son uno solo con dos variantes de género. O incluso como director/directora. Como otros signos que, sin modificarse, son distintos según cambien de género: capital, clave, cometa, cólera, corte, final, frente, orden, parte.

-triz, por su escasez, y su divergencia con otros femeninos, ellos sí sistemáticos (-a, -esa, -isa, -ina), es una desinencia femenina anómala, aislada, no sistemática, importación reciente y docta de una lengua patrimonial pero olvidada por el hablante, el latín, en que la terminación -trix era más corriente, esto es, más embebida en el sistema gramatical que -triz en castellano, idioma en que aparece como terminación fortuita, anómala y no sistemática, solo de unos cuantos vocablos que no forman usanza de nada. Nueve de ellos tienen su correspondiente masculino: actor, adorador, automotor, bisector, director, emperador, generador, institutor, motor. Los que tienen referente femenino, salvo actor y bisector, pueden generar un femenino en -a. Los ingenieros suelen hablar de una planta generadora de electricidad, no de una planta generatriz. Sí lo hacen los matemáticos, cuando hablan de la fracción generatriz de un decimal. Así, 1/2 es la fracción generatriz de 0,5. Bisector es palabra técnica de uso más escaso, fuera de los especialistas, que bisectriz. Por otra parte, las demás palabras terminadas en -or hacen su femenino añadiendo una -a: alimentador/alimentadora, autor/autora, calculador/calculadora, creador/creadora, cultor/cultora, dador/dadora, destructor/destructora, doctor/doctora, estafador/estafadora, gestor/gestora, impostor/impostora, instructor/instructora, interventor/interventora, inventor/inventora, lector/lectora, libertador/libertadora, locutor/locutora, matador/matadora, mentor/mentora, monitor/monitora, narrador/narradora, pintor/pintora, rector/rectora, relator/relatora, sembrador/sembradora, senador/senadora, torturador/torturadora, tutor/tutora (a pesar de institutor/institutora/institutriz; los academicistas no tuvieron tiempo ni oportunidad de generar *tutriz), vendedor/vendedora, y muchos más que se podrían citar.

Actor/actriz, aislados así, quedan convertidos en una pareja más de los heterónimos de la lengua española mencionados poco ha, que entonces contarían once.

solo cuatro pares, adorador/adoratriz, automotor/automotriz, bisector/bisectriz, generador/generatriz, motor/motriz, son también adjetivos. Bisector/bisectriz y separatriz son poco usados como adjetivos y eso en sintagmas fijados —plano bisector, línea bisectriz. Los restantes son escasos, forman femenino en -a y uno de ellos, automotor/automotriz, deriva de otro, motor/motriz.

  • En el caso de tubo matriz nos hallamos con un adjetivo sin masculino o, quizás más acerdadamente, ante una aposición del tipo el monte Ávila, el soldado Dolmancé. Nada nos permite decidir por adjetivo o por aposición: ambas formas admiten plural: tubos matrices, los montes Urales, los soldados Sacher. En todo caso, de ser adjetivo, nos hallamos de hecho ante uno del ‘primer grupo, que, de acuerdo con la Academia, no varían según el género. Una atractriz más para que automotriz no sea percibido como femenino...
  • Adoratriz escasamente se emplea fuera de los conventos de monjas adoratrices.
  • Atractriz es término de uso restringido a los físicos, que no usan la forma masculina. Aunque no sería extraño que, estando en la capacidad virtual de generarlo, algún hablante —físico o no— lo use eventualmente. Sin embargo, parece funcionar como una palabra cualquiera, sin doble género, como la inmensa mayoría.
  • Motriz aparece las más de las veces en sintagmas fijados, o lexías, según la terminología de Hjemslev, como fuerza motriz, aunque también es frecuente fuerza motora. Pero no son adjetivos que se suelen «conjugar».
  • Automotor/automotriz se queda, pues, como un adjetivo sin una familia morfemática «fuerte» o, en rigor, ninguna. De allí que difícilmente oiremos a un mecánico hablar escrupulosamente de «un taller automotor en que se practica la mecánica automotriz». Y mucho menos hallaremos *taller automotora, pues automotora sí es claramente femenino y no concuerda con un nombre masculino como taller. No así automotriz, pues no funciona como femenino, incluso por los que suelen atenerse a la llamada ‘norma culta. Muchos de estos hablantes declaran hallar un aire más «culto» en automotriz que en automotor, en razón probablemente de la reciente incorporación culta de algunas palabras terminadas en -triz: Como automotriz, en tanto femenino, no se aviene con el sistema gramatical general, el hablante, aun el alejado de la llamada «norma culta» y tal vez por ello mismo, intuye por experiencia cultural que se trata de vocablo docto, raro, refinado, como sucede con importaciones como memorandum/memoranda, implementar, ingesta, etc. Tal vez por ello no se encuentran tampoco usos como mecánica automotora, política automotora, sino siempre mecánica automotriz y política automotriz.

Por otra parte, Beatriz, matriz, meretriz, más usuales, igual que el menos frecuente atractriz, al no tener masculinos, son percibidos como femeninos porque arbitrariamente son femeninos, como cualquier otra palabra de género femenino, y no por la terminación -triz, que no funciona como desinencia, ni por el sexo de los referentes. Es obvio que este no coincide necesariamente con el género que en principio corresponde al referente: mujerón, hembrón, persona, criatura, víctima, alma de Dios, vejestorio, la enigmática Varona, también llamada Eva, retomada por Darío como «varona inmortal». En las «Palabras liminares» de Prosas profanas: «Mi órgano es un viejo clavicordio pompadour, al son del cual danzaron sus gavotas alegres abuelos; y el perfume de tu pecho es mi perfume, eterno incensario de carne, Varona inmortal, flor de mi costilla./Hombre soy». Ish en hebreo es ‘varón. Ishschah es ‘varona. «Dijo Dios a Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; esta será llamada Varona porque del varón fue tomada» (Génesis 2. 23). Más corrientes que ish e ishschah son guibor ‘hombre y guiveret ‘mujer. Hay también colectivos que incluyen seres femeninos y masculinos, como los autores, los comensales, los dioses, el hombre y los hombres ‘género humano, los padres; los nombres de animales que no tienen género masculino, pero sí casales de machos y hembras: jirafa; o femenino: ornitorrinco... Elefante encuentra un femenino esporádico en elefanta, como La Elefanta, aquel personaje de Cien años de soledad, que desafió a José Arcadio Buendía a un duelo de zampabollos. Igual pasa con otros casos en que no hay correspondiente femenino o masculino reconocido por la academia, pero que la gente usa de vez en cuando: camella, culebro, danto, jirafo, tortugo... Es uso ocasional y generalmente jocoso. Hay una canción para niños queridísima en Venezuela: La pájara pinta. También se ha generado la topa para referirse a las máquinas excavadoras del Metro de Caracas, con nombres femeninos como la topa Beatriz. Cuando no hay uno de los dos géneros, decimos la jirafa macho y el ñandú hembra. No decimos la jirafa macha —salvo con fines joviales, como el semanario humorístico caraqueño La pava macha, que circuló por la década de 1960—, sino la jirafa macho, pues en esta formación la jirafa es masculina, a pesar del género que es inherente a jirafa y de su concordancia con el artículo la. Otra vez el caso de la juez justa, la reo confesa y la testigo perjura. El artículo y el adjetivo concuerdan con el atributo semántico. En el caso de la jirafa macho el artículo concuerda con el género morfológico de jirafa y macho con el género semántico.

Es interesante el caso de las tormentas, que solían recibir nombres solo femeninos, hasta que el feminismo de la década de 1970 llevó a que ahora se alternen un nombre femenino y uno masculino. Algo parecido a la forma que tuvieron los estadounidenses de superar el racismo, estableciendo cuotas obligatorias de cupo en escuelas, lugares de trabajo, etc. Acción afirmativa la llaman allá. No tenemos nada contra este tipo de justicia distributiva, pero nos parece que se trata de un fenómeno simbólico antropológico que no debe ser confundido con la discriminación política de ningún sector. En inglés los barcos son femeninos y ningún hombre que yo conozca se siente discriminado. Los hablantes de lenguas latinas resolvimos el problema del sexo de los ángeles llamándolos en masculino; no así los angloparlantes, que los llaman en femenino. Para los franceses le Vénézuéla es masculino, mientras para los hispanohablantes es femenino: "Mi Venezuela querida", decía una canción que estuvo de moda por 1966. Pero mientras para los hispanohablantes Egipto es masculino para los franceses es femenino. Para los alemanes la luna es masculina y el sol femenino. No hay en nada de ello problemas de discriminación sexista, sino un juego gramatical. Lo mismo habría que decir de las topas que excavan las rutas del Metro de Caracas: ¿por qué son femeninas? ¿Sería justo que los hombres reclamásemos que hubiese igual número de topos?

    ...ha habido en español antiguo y clásico, y hay todavía en la lengua literaria y en los dialectos, algunos nombres femeninos que designan varón, o que pueden designar mujer o varón indistintamente: la centinela, la guarda, la lengua ‘intérprete’, la guía, la vela, la imaginaria (Real Academia , 1973:§2.2.4).

    No son excepciones los sustantivos que su significado de varón hace masculinos, como atalaya y vigía (por las personas que atalayan), atleta, argonauta, barba (por el actor que hace papeles de viejo), consuela (por apuntador de teatro), cura (por el párroco), vista (por el de la aduana); pero sí debemos mirar como irregulares en esta parte a los ambiguos, que siguen ya el género del significado, ya el de la terminación, como espía (el que acecha), guía (el que muestra el camino), lengua (el que interpreta de viva voz), maula (el hombre artificioso o petardista); bien que indudablemente prevalece aun en éstos el género que corresponde al sexo. La sota de los naipes es siempre femenino aunque tiene figura de hombre.

    Son también masculinos: cólera (por cólera-morbo), contra (por la opinión contraria), día, hermafrodita, mapa (por carta geográfica), planeta y cometa (astros), y gran número de los acabados en ma, que son sustantivos de la misma terminación en griego, como emblema, epigrama, poema, síntoma. De manera que no debemos vacilar en hacer masculino todo nuevo sustantivo de esta terminación y origen, como empireuma, panorama, cosmorama, diorama. El uso, sin embargo, ha hecho ambiguos a anatema, neuma, reuma, y femeninos a apostema, asma, broma, diadema, estratagema, fantasma (cuando significa un espantajo artificial), flema, tema (por obstinación o porfía), y algunos otros. Llama, cuadrúpedo americano, es ambiguo, pero más frecuentemente masculino (Bello, Gramática, § 168).

En alemán, siguiendo esta línea de impertinencia sexual, das Mädchen ‘la muchacha’ y das Kind ‘el niño’ son neutros. Podrían multiplicarse los ejemplos en otras lenguas. Time es masculino en inglés: Father Time.

Matriz y meretriz son, pues, femeninos no porque nada más las mujeres tienen matriz —también llamada útero, que es masculino— y porque solo ellas puedan prostituirse —profesionales como los chulos, cazafortunas, mantenidos y gigolò saben cuán falsa es esta idea ingenua que los discrimina—, sino porque simplemente son femeninos, con el mismo título que artes (que se feminiza en plural: las bellas artes.), azúcar (que se vuelve masculino en plural: los azúcares; en singular fue ambiguo —Bello, Gramática, § 179), casa, libido (en Venezuela se esdrujuliza: líbido), mano, nao, moto, independientemente de su terminación. Moto es abreviación de motocicleta, igual que foto(grafía), polio(mielitis), radio(difusión). Son raros los nombres femeninos en -o, como mano (Real Academia, 1973:§2.2.7b), así como términos más infrecuentes como nao, pro y testudo (que añade Bello, Gramática, § 178). En Venezuela y otros países (Colombia, Ecuador, el Perú, las Antillas, la América Central y México) «la gente culta hace una distinción: la radio es la estación emisora («la radio del Estado» o «la Radiodifusora nacional») y el radio, el aparato radiorreceptor («Tengo un radio muy bueno») (Rosenblat (1960:I, 271). Ver también ahí mismo los casos de la dinamo, el dinamo (me parece que es la forma que se estabilizó en Venezuela), la dínamo, el dínamo; el/la polio, el/la linotipo, el cromo.

    Algunos usan como del genero femenino a sínodo; pero ya es rara esa práctica. Quersoneso (nombre general que daban los griegos a las penínsulas) me parece que debe tenerse por femenino: la Quersoneso Címbrica, Táurica, etc., y ese género le ha dado el poeta Valbuena. Pro es masculino en el pro y el contra, y en la locución familiar buen pro te haga; femenino en la pro común, la pro comunal (Bello, Gramática, § 178).

Asimismo hay palabras masculinas terminadas en -a: centinela y colega. Esta, sin cambiar de forma, puede ser femenina, según lleve artículo masculino o femenino: el/la colega; así como los terminados en -ema, generalmente doctos: esquema, fonema, monema, poema, sema, sincategorema, sistema, tema. -a y -o como desinencias de femenino y masculino respectivamente pueden considerarse como meras tendencias, no como norma sin fisuras. Más claras son las desinencias femeninas -esa e isa.

En el sistema que de hecho funciona, la terminación -triz no compromete a femenino como sí suele ocurrir con las desinencias -a, -esa, -isa. Es decir, -triz no funciona como desinencia, sino como una terminación más, sin compromiso de género. En consecuencia, el hablante ha puesto automotriz entre los adjetivos que la Real Academia llama de primer grupo, que no tienen concordancia de género.

Crestomatía

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