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Andrés Bello

Domingo 18 de mayo de 1989


Con sus hijos Hannah y Herman en Coro,
Venezuela, agosto de 2000.

Este texto forma parte de la serie sobre lenguaje presentada en
Gramática imaginaria

Ver La gramática ignorante

Índice
Olvidar las meras palabras
Clasificación de Borges

Bello
Andrés Bello

No he querido apoyarme en autoridades, porque para mí la sola irrecusable autoridad en lo tocante a una lengua es la lengua misma.

Las rumberas tienen un solo defecto: su mala conciencia. Ya no recuerdo al comienzo de qué película de María Antonieta Pons, aparece ella en una hamaca tropical leyendo nada menos que la Gramática de Don Andrés. Era que, según la convención de aquella película —de las tantas obras maestras del gran Juan Orol—, María Antonieta, como casi todas las rumberas del cine mexicano, era una pobre niña decente que bailaba aquello por puro amor kantiano al sublime arte de la danza. Para instalar tal convención en el espectador bastaba legitimar a la ágil jovencita como una niña estudiosa y de su casa, mediante la Gramática de Bello. Inocente niña a pesar de haber sido criada por una vieja alcohólica —Toña la Negra—, candorosa niña a pesar de no poder resistir el llamado de un guateque.

Tal uso de la Gramática de Bello no hace sino confirmarnos en una convicción simple e inquietante: lo peor que tienen los grandes hombres son sus adherencias parasitarias. La evocación de Bello legitima cualquier discurso, por atrevido que sea, por necio que sea, por intrascendente que sea. De allí que su figura se nos desgaste y se nos disuelva ante los ojos, porque la dilapidación de Bello por parte de los discursos ceremoniales ha terminado por colocarnos ante la tentación de pensar que Bello era un personaje tan inútil, necio y aburrido como sus adherencias parasitarias. Parasitarias porque a falta de méritos propios viven de él como sanguijuelas: los discursos de orden, las «nulidades engreídas y las reputaciones consagradas» que saquean su pensamiento para cubrir la ausencia del propio, dienterrotismo intelectual que se exhibe con tanta osadía como la de la fervorosa vocación danzaria de la Pons, que también saqueó a Bello, como lo saquean los parásitos de su cerebro. Y sin embargo, uno prefiere quedarse con la rumbera, porque por lo menos ella nos entrega una adherencia parasitaria bastante menos tediosa que la nada que campea en los rituales.

Comentar hoy en día la Gramática de Andrés Bello, nos obliga a prescindir de todo ceremonial —forma del irrespeto que no es sino una de las más infelices—, porque celebrar esa obra equivale a incurrir en la mala maña de fijarla para siempre en el pasado irrecuperable de los mausoleos, equivale a pretender que la Gramática de Bello fue un gran momento del pensamiento pasado y a creer con ello, ingenua o perversamente, que cumplimos con nuestro deber de americanos agradecidos de aquel encomiable esfuerzo, etc., etc.

Una actitud ceremonial, ceremoniosa, coloca la obra celebrada más allá de toda crítica, con lo cual estamos incurriendo en el irrespeto más desvergonzado a una obra que precisamente nos aguza el ingenio crítico, el ingenio inconforme del pensamiento analítico. La Gramática que Bello nos dedicó a los americanos pareciera, sin embargo, condenada a quedarse allí en los estantes de las bibliotecas, como monumento obligado y tutelar, como esas estatuas de las plazas que uno cree respetar por el solo hecho de no llevárselas por delante.

Paradójicamente, respetar su actualidad, su inmediatísima actualidad, nos coloca ante el riesgo de ser presuntuosos. Amado Alonso dijo en su prólogo de esa Gramática que ella no sólo era la mejor gramática castellana, sino una de las mejores gramáticas de los tiempos modernos, de cualquier lengua. Claro, Amado Alonso tiene la ventaja de no figurar como un presuntuoso comentador; después de todo él tuvo su manera de enfrentar el compromiso de realizar por su cuenta una obra que no desmerece ante la de Bello.

Pero comentar la Gramática y no seguir ese comentario con un trabajo siquiera digno de aquel ejemplo de rigor y de profundidad filosófica es volver al irrespeto de los ceremoniales, esa «venerable rutina» de que Bello se burlaba. Disertar sobre la obra de Andrés Bello y limitarse a señalar, por ejemplo, que su actualidad nos sigue sorprendiendo en cada línea, sin cumplir con un ejercicio de rigor al menos comparable, nos amenaza con la posibilidad nada insólita de que quizás dentro de cien años el tricentenario nos sorprenda en el mismo sitio, diciendo las mismas solemnes trivialidades que algunos persisten en decir hoy en foros, congresos, actos protocolares y homenajes.

Si esas conmemoraciones fueran ciertas, si quienes ejerciendo el poder veneraran de verdad la obra de Andrés Bello, no incurrirían en ese disparate disciplinado que es el discurso público de los sectores hegemónicos del país. Al principio pensamos enumerar los personajes públicos y representativos de la sociedad venezolana que violan las reglas que rigen el uso del sintagma /de que/ pero pronto comprendimos que si enumeramos aquellas personalidades que insisten precisamente en fundar su poder al «decir de que yo creo de que pensar de que incurrir en el dequeísmo es renunciar a la herencia de Bello», si mencionamos a toda esa gente, digo, correríamos quizás el riesgo de que estas palabras se conviertan en una crónica social.

Olvidar las meras palabras

Tomemos el desafío de la jactancia, corramos sus riesgos y comencemos por declarar que Andrés Bello es mucho más importante y muchísimo más interesante que lo que los más estirados discursos de orden parecen empeñados en demostrar.

Enumeremos dos de esos desafíos, ambos de orden filosófico y cada uno de simple ética profesional. Si en la Gramática de Bello nos sorprende su rigor es entre otras causas porque para Bello razonar sobre el lenguaje era un gesto de elegancia, en el sentido matemático del término, o en el sentido que le daba Roland Barthes: la mejor economía de medios posible.

Según la vieja fórmula, muy parecida por demás a la que se nos enseñó en la escuela, el verbo se define de la siguiente manera:

Verbo es la parte de la oración que significa los movimientos o accidentes de los seres, la impresión que éstos causan en nuestros sentidos, y algunas veces el estado de estos mismos seres, o la relación abstracta entre dos ideas.

Para Bello esta definición era no sólo inelegante, sino que simplemente no era una definición. Para Bello ella era una simple clasificación de los verbos según su significado, al mismo tiempo arbitraria y sin rigor.

Además [según la refutación de Bello] cuando se dice el movimiento de la luna, el susurro de las hojas, la frialdad de la nieve, la serenidad de la atmósfera, relación abstracta entre dos ideas la semejanza entre el estaño y la plata, estas palabras, movimiento, susurro, frialdad, serenidad, semejanza serían verbos según la fórmula precedente. Sin embargo, estas falsas definiciones se repiten y repetirán, Dios sabe hasta cuándo, porque la gramática está bajo el yugo de la venerable rutina (subrayado de Bello).

Decimos que el pensamiento lingüístico de Bello era un ejercicio de elegancia porque se proponía evitar todo abuso especulativo. La imaginación sin propósito encuentra su mayor debilidad en el ridículo. Y contar con el significado de las palabras para proceder a clasificarlas conduce inevitablemente al ridículo. Jorge Luis Borges se burló de esta forma indecorosa de la imaginación cuando propuso una clasificación de los animales. Cita una supuesta enciclopedia china titulada Emporio celestial de conocimientos benévolos:

En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas (Jorge Luis Borges, «El idioma analítico de John Wilkins», Otras inquisiciones, en Obras completas, Buenos Aires: Emecé, p. 708).

Clasificación de Borges

Borges se burlaba de la pobreza de la imaginación desbordada, de la trivialidad de la mente sin procedimientos definidos y de la confusión entre rigor con arbitrariedad dogmática.

Este propósito de precisión era el que llevaba a Bello a proponer en su Gramática una nueva terminología para sustituir la vieja arbitrariedad nominalista que se basaba, como la escolástica, en el principio de autoridad. Bello era un republicano, y con todo y ser un republicano conservador, se negaba a todo criterio sostenido por principios colocados más allá de toda discusión pública y libre, es decir, científica.

Hay, dice Bello, quienes se figuran que en la gramática las definiciones inadecuadas, las clasificaciones mal hechas, los conceptos falsos, carecen de inconveniente siempre que por otra parte se expongan con fidelidad las reglas a que se conforma el buen gusto. «Yo creo [prosigue Bello], con todo, que esas dos cosas son inconciliables; que el uso no puede exponerse con exactitud y fidelidad sino analizando, desenvolviendo los principios verdaderos que lo dirigen; que una lógica severa es indispensable requisito de toda enseñanza; y que en el primer ensayo que el entendimiento hace de sí mismo es en el que más importa no acostumbrarse a pagarse de meras palabras» (Bello).

Y en esto Andrés Bello luce como un pedagogo más moderno que la moderna práctica de la pedagogía, esa en la cual el alumno se ve forzado como un loro a «pagarse de meras palabras», que generalmente no entiende. Bello recusa el nominalismo escolástico tradicional que nos obliga aun hoy a seguir la voz del amo, la voz del maestro, his master’s voice, como un principio intangible declara en el preámbulo de su Gramática el principio, que más tarde, ya entrado el siglo XX, se haría uno de los fundamentos de la lingüística.

Barthes dijo en su lección inaugural en el Colegio de Francia que la lengua es fascista porque nos obliga a utilizar una gramática arbitraria e injustificada (Leçon, París: Seuil, 1978). Nosotros, por nuestra parte, preferimos quedarnos con la enseñanza de Bello, esa que recusa todo autoritarismo, fascista o simplemente escolástico, para permitirnos examinar nuestro hablar como seres libres y sin los límites de doctrinas heredadas y ceremoniales; sin ser víctimas, como él decía, del yugo de la «venerable rutina».


Andrés Bello en La BitBlioteca

De Roberto Hernández Montoya:
Andrés Bello por estas calles
(de Breve teoría de Internet)

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