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Censo

El Nacional, domingo 14 de mayo de 1989

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Somos lo que somos todos

La ceremonia del Censo puede permitir, aparte del inventario imprescindible, la renovación de ciertos tejidos de eso que algunos llaman todavía el ‘cuerpo social’.

Por una parte la ciudadanía establece con el Estado un trato distinto de la relación traumática a que nos han acostumbrado los operativos policiales contra el hampa —que, a juzgar por los males que sufren los ciudadanos durante ellos, más valdría que dejaran tranquila al hampa—, las declaraciones de impuestos, la inscripción militar, la preinscripción universitaria, la inercia burocrática, la renovación de cédula y certificado de salud, o el gulag hospitalario, para hablar solo de la maraña del Ejecutivo. Completar el panorama con las otras ramas del Poder Público —el Legislativo y el Judicial— es quizás un modo de evitar que nos llamen profeta del desastre, entre otras cosas porque las ramas legislativa y judicial son ramas no del Estado, sino del Ejecutivo, en un país en donde no hay Estado sino Gobierno.

Es decir, con el censo la relación del ciudadano con el Estado se invierte, pues se establece sobre bases educadas y decorosas; unos funcionarios muy decentes vienen y se toman un cafecito mientras uno les expone voluntariamente su cuadro de familia, cuántos años tiene, cuántos hijos, cuántos tíos, cuántas habitaciones la casa, cuántos cartones el rancho, qué hace, cómo vive, de qué vive, si vive. Nada de dame tu cédula, párate ahí, las mujeres a la derecha y los hombres a la izquierda, arrejunte las patas cuando yo diga firme, párate ahí, dame tu cédula, el doctor no vino hoy, ya no hay cupo, párate ahí, tíramelo en billete y en la gramita para que no suene, la comisión no se ha reunido, el doctor no vino hoy, ya no hay cupo, párate ahí, dame tu cédula, métele un tiro en el lomo para que no tenga tiempo de mentarnos la madre.

El censo, en cambio, es amable y comedido, no se le mete a uno en la casa de madrugada a abrir los colchones, reventar armarios y destripar pajareras; el censo averigua sin disparar, sin móntate en la unidad y ponte a rezar.

Y por otra parte, uno hasta se reconcilia con el Estado y confirma una idea que he venido sosteniendo últimamente: la de que todo hecho amoroso (aun con el Estado) se construye como una historia, como una fantasía en la que los amantes no se tratan sino que se sueñan. Digo esto porque en los anuncios publicitarios del censo no le prometen a uno sino precisamente otras promesas y más promesas; es decir, que con el censo el Estado nos conocerá mejor para seducirnos mejor, para renovar sobre bases más firmes la ilusión de realidad de los Planes de la Nación y de las promesas electoreras. Ahora sabremos, por ejemplo, cuántos cupos necesitan los bachilleres y cuántas universidades habría que crear. El Estado tendrá una apreciación científica del monto de lo que va a incumplir. El censo permitirá diseñar la Gran Ilusión sobre bases científicas.

Pero aun así, las esperanzas irán moldeando nuestros sueños, y viviremos, como decíamos, la ensoñación de que los tejidos del cuerpo social se han renovado, de que hemos nacido a una nueva vida casi tanto como cuando tenemos un nuevo presidente, mandatario de aire utópico que está limpio de las culpas del precedente e inocente de las propias porque aún no las ha cometido. Es parte del mito del eterno retorno. Antes del censo no sabíamos quiénes éramos, nadie había tenido la bondad de venir a contarnos allí en una planilla enredadísima, conciudadano generoso que se ofrece voluntariamente para venir a saber cómo están por la casa, para representar un Estado que al fin se acordó de acusar recibo de la ciudadanía en cuyo nombre gobierna.

El censo, pues, nos devuelve a la lactancia, al momento en que la montaña venía hasta nosotros, en que todo se cumplía a la primera demanda, en que bastaba con quedarse en su sitio, en la cuna, para recibir el cuidado amable de quien todo nos debía. En fin, trátase del momento de renovar la confianza en el Estado aunque solo sea por el hecho de que por lo menos durante un día nos trata como se nos debiera tratar todos los días.


Ver Dame tu cédula

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