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La estrategia social, es decir, la cultura Letras, jueves 9 diciembre de 1999
Como lo ha demostrado ya suficientemente la antropología cultural, cultura no es una sustancia destilada detentada por el sector dominante. Es una verdad ya trivial y, sin embargo, continúa la práctica rutinaria de sublimar ciertos contenidos. Cultura es, como dice el poeta Ángel Eduardo Acevedo, «todo lo que no es verdor». Opuesta a la naturaleza, la cultura está doquiera que haya seres humanos. Si Aristóteles definía al hombre como animal político, podríamos llamarlo también, desde esta perspectiva, animal cultural o tal vez animal simbólico. Edgar Morin va más lejos: las actividades más naturales, la alimentación, la reproducción, la excreción, la muerte, son las más imbuidas de preceptos, tabúes, ceremonias, es decir, de cultura. En el hombre, pues, el verdor se vuelve cultura. En el hombre cultura es interfaz con lo natural. En el campo empresarial se ha comprendido que cultura no es un licor purificado, sino que está en los paradigmas, cardinales como todo paradigma, que rigen el modo que tiene cada corporación de concebirse y operar. De un modo análogo la cultura opera en la sociedad como una infratextura generativa, como la llama Edgar Morin. Infratextura: texto, tejido de signos que subyace, a menudo invisible. Generativa: que se transforma a partir de sí misma. Aunque no se formule explícitamente, toda evolución, toda revolución, todo estancamiento de la historia, es un proceso cultural. Sin embargo, ¿cuántos procesos de transformación han fracasado o se han desviado de sus objetivos originarios porque sus dirigentes no han entendido que su naturaleza misma es cultural? No han comprendido, por ejemplo, que sus premisas son contrarias a la estructura cultural de la sociedad donde pretenden instaurarse. Los sistemas simbólicos tienen una fuerza que sorprende a quienes no los comprenden. Las políticas económicas, por ejemplo, suelen ignorar cómo se organizan los seres humanos para la producción, circulación y consumo de bienes y servicios. Ello explica por qué ciertos modelos económicos funcionan en ciertas sociedades y no en otras. Ignorar esto es pretender tan ingenua como perversamente instaurar en Caucagüita los procedimientos económicos de la City de Londres. Es por ello que la cultura es un dispositivo estratégico, no la «guinda de la torta», como decía José Ignacio Cabrujas. Relegar la cultura a ser provincia de la educación es seguir con la idea perversa de que la cultura es un extracto excelso, guinda, ornamento de que se puede prescindir y que solo se saca los días de fiesta y mientras tanto se la mantiene bajo vigilancia porque es incómoda. Si el actual proceso de transformación no comprende eso, sea desde el gobierno o desde la oposición, no importa cuán positiva sea la Constitución o cuán lúcidas sean las críticas que se le hagan, fracasará, pues seguirá ignorando que la cultura está en el ojo del huracán porque es así y no puede ser de otra manera. Los hábitos de clientelismo y corrupción, por ejemplo, no son más que sistemas culturales, que si no se desmontan como tales pueden persistir de los modos más perversos. Así ocurrió con el proceso que culminó con la elección de Hugo Chávez y puede volver a ocurrir si no comprendemos estas cosas, porque la humanidad tiene la perversa costumbre de repetir la tragedia como farsa.
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