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La cultura de Manuel Piar

Roberto Hernández Montoya

Domingo 17 de octubre de 1999
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Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Entre los efectos de esto que vive Venezuela en estos días está la activación del sector intelectual, al que la política caritativa del Estado había desmovilizado políticamente. El Estado venezolano parecía decir: «Cuando oigo la palabra cultura saco la chequera de los subsidios». Ello creó una disputa patética por las migajas que caían del festín petrolero. Sin embargo, el problema no es trabajar para el Estado. Aristóteles, Leonardo y Andrés Bello fueron empleados del gobierno, solo que de otro tipo de mecenas, ciertamente.

Los intelectuales comenzamos a participar en la discusión colectiva de las esencias. Hemos consignado un documento cardinal que quiere ser referencia para una Asamblea Nacional Constituyente que al parecer solo entendía de la cultura lo que los políticos han entendido siempre, desde Filipo de Macedonia hasta César Borgia: que la cultura es instrumento de sus fines, propaganda, guinda del pastel nacional. Ese es su juego. Como decía José Ortega y Gasset, el político es una persona ocupada mientras el intelectual es una persona preocupada. Pero también la cultura, esa infratextura generativa según Edgar Morin, tiene su juego y los políticos deben respetarlo.

No todo lo propuesto por la «Comisión de Educación Cultura, Ciencia y Tecnología, Deportes y Recreación», está descaminado. Algunos artículos merecen ajustes, otros rechazo incondicional, como este espejo de contradicciones y peligros:

La creación cultural es libre y estará al servicio de la convivencia pacífica y los valores democráticos de la humanidad. Las culturas indígenas, afrovenezolanas y todas las expresiones de la cultura popular constitutivas de la nacionalidad gozan de atención especial, reconociéndose y respetándose la interculturalidad bajo el principio de igualdad de las culturas.

¿Cómo se puede ser libre y estar al servicio de algo al mismo tiempo? No es difícil imaginar lo que un gobierno autoritario puede hacer con este artículo. No se podría publicar el Poema del Cid y mucho menos el Decreto de Guerra a Muerte, porque no están al servicio de la convivencia pacífica.

¿Cómo dar «atención especial» a un sector «bajo el principio de igualdad de las culturas»? O eres igual o eres especial, a menos que seas más igual que otros.

Una de las peores consecuencias de la injusticia es el revanchismo, no menos abusivo porque es producto de ella. Como planteamos los intelectuales ante la ANC, culturalmente somos descendientes del indio Guaicaipuro y del Negro Miguel, pero también de Diego de Losada, que dirigió la muerte de Guaicaipuro y del Negro Miguel. Es nuestra tragedia, que nos conmina a encontrar el equilibrio que nos haga ser mejores. Han sido necesarios cien años de antropología para apenas débilmente comenzar a convencernos de que también los indios y los africanos son gente. Pero ¿debemos responder a la estupidez racista con una estupidez racista complementaria? Esta nueva desigualdad no configuraría una constitución bolivariana sino más bien una inspirada en los ideales enconados y desorientados de Manuel Piar, que proponía una guerra de razas en donde Simón Bolívar desarrollaba una de horizontes más despejados. Yo en esto estoy con Bolívar, no sé la Constituyente.


El debate cultural venezolano en La BitBlioteca

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