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Sección: Bitblioteca
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Elogio de la derrota El Nacional, domingo 24 de enero de 1999, p. A-5
El insondable filósofo mexicano José Alfredo Jiménez enseña que hay que saber perder. También que no hay que llegar primero sino que hay que saber llegar. Lo dijo en su cardinal opus magnum Yo sigo siendo el rey, de obligatoria lectura para toda persona culta. Escolio: el que no sabe perder se convierte en un problema para todo el mundo, no solo para el ganador, sino para sí mismo. Confunde, anula la victoria, lo que no tiene compensación, pues no anula su derrota. O sea. En las elecciones de 1998 no perdió nadie. Para complicar las cosas, los resultados del 8 de noviembre contradicen los del 6 de diciembre. Tan contradictorios son, que no se sabe quién ganó ni quién perdió. Es más, los que ganaron en una perdieron en la otra, y viceversa. Nadie ganó en las dos. Y como a nadie le gusta perder sobre todo a los que tienen esa sorprendente condición humana de ser adeco, entonces menos sabemos lo que pasó. Canache Mata, por ejemplo, habla como un triunfador, lo que no deja de causarme un friíto. El Principio de Incertidumbre de Heisenberg luce luminoso en comparación. La Corte Suprema de Justicia hizo un esfuerzo encomiable para aclarar las cosas con sus fallos 17 y 18 sobre la convocatoria de la Asamblea Constituyente, pero no hizo sino decretar unos perdedores que no terminan de resignarse, entre otras cosas porque la misma sentencia, como suele suceder en las casaciones, tiene sus vueltas y revueltas y deja derecho a pataleo, según me han asegurado los expertos. Los únicos perdedores leales en todo esto han sido David Morales Bello (sí, vale, un antiguo dirigente de Acción Democrática, haz memoria), Carlos Andrés Pérez, a quien solo falta ponerse una boina roja, y Claudio Fermín (sí, haz memoria, un inescrutable ex dirigente de Acción Democrática). Honor y gloria eternos para tales héroes. Es que una de las dificultades de la derrota es la obligación del heroísmo. Casi no hay doctrina que no prohíba absolutamente negociar los principios, es decir, que no apunte hacia diversos grados de fundamentalismo. Si eres cristiano tienes que dejarte comer por los leones antes de abjurar de tus principios; si eres comunista tienes que dejarte torturar por Pinochet sin cantar a tus camaradas. Etc. Cada sistema doctrinario tiene su lista de héroes, santos, mártires, inmolados, que con su sola memoria acusan de no ser como ellos a la gente normal como uno. Por eso Jean-Paul Sartre decía que cuando torturaban a alguien lo deshumanizaban, porque o se volvía traidor o se volvía héroe. El heroísmo debiera ser una opción, no una obligación. De lo contrario se alimentan los fundamentalismos, como el que está inspirando a los perdedores actuales, que están viviendo algo parecido a lo que sucedió con el Tratado de Coche, la situación insólita de una guerra en que todo el mundo ganó. Por eso el presidente Chávez necesita una Constituyente, y creo que la razón más importante es que por fin alguien pierda, así sea deportivamente, porque también ha dicho que no quiere aplastar a nadie. Estamos, pues, frente a una revolución sin paredón, sin contras, sin héroes, sin rotundidades. Una revolución incomodísima en que los representantes del antiguo régimen tienen que estar contentísimos de haber perdido. Volviendo a la física teórica, estamos en una singularidad, esas situaciones en que las leyes de la naturaleza operan de un modo inesperado. El que no entienda su complejidad, pierde.
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