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Disney

Letras Online

Letras, 3 de setiembre de 1998

roberto_y_hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Un ratón es amo de un perro y amigo de otro can, parlante él también como el ratón. Viven en una ciudad de patos, donde este ratón es amigo de un ánsar, tío de otros tres ánades, así como de otros animales. Nadie es papá de nadie. Solo hay una abuela pata que lo es de todos los animales, pero no se conocen ni su marido ni sus descendientes directos. No hay humanos, salvo algunos humanoides de semblante canino. Son solo tíos y sobrinos, pues la reproducción se hace por vía colateral en la castidad más radical que jamás santo soñó. Nadie envejece ni muere, pues su biología y su física son otras, una singularidad, como dicen los físicos. Los daños físicos que sufren se curan más rápido que si usaran el bálsamo de Fierabrás con que soñaba Don Quijote.

Los sobrinos del Pato Donald pertenecen al Club de los Cortapalos, trasunto de los Boys Scouts. Usan un manual, suerte de alef, que contiene toda la información que se ha producido o se ha de producir. Llegan a una comunidad de indígenas, los gubis, que jamás ha visto a nadie que no pertenezca a su cultura, mucho menos a patos parlantes. En el manual está una descripción total de su lengua, con gramática y léxico, amén de un procedimiento de aprendizaje tan instantáneo que en pocos minutos los ánades están conversando fluidamente en esa lengua. Más sobre esto en «La enciclopedia de Babel» de mi Breve teoría de Internet.

¿A qué se parece esto? ¿Alguna vez un narrador ha emprendido faena de surrealismo más descabellado? Disney no solo lo hizo sino que construyó un mundo tangible donde esta surrealidad se vive a diario. En realidad varios mundos, que ha regado por el globo con singular éxito. Es posible hallar estas figuras por doquier, en muñecos, revistas, chucherías, bultos escolares, cuadernos, carteles, vallas, Internet, restaurantes de comida rápida, televisión, cine, discos, videocasetes, en fin, cualquier medio capaz de transmitir imágenes o sonidos, salvo la radio, que me pregunto por qué está ausente de este delirio. La imaginación invade el mundo, como deliraba Jorge Luis Borges en «Tlön, Uqbar y Orbis Tertius» y a manos de un millonario norteamericano, como Borges sugería. Y con imaginación más audaz que la de Borges, porque este norteamericano no hizo esto porque era millonario, sino que se hizo millonario porque creó ese mundo.

Disney produce películas con una regularidad de sistema solar. Todas tienen éxito. En cualquier idioma pronunciado masivamente. No ha sido posible sustraerse. Los niños tienen el cerebro cableado para Disney. Los adultos también. Quedan pocos parajes por conquistar o reconquistar, como Cuba, pues Disney inventó la globalización. Su capacidad de asimilar culturas a su sistema simbólico es significativa de los tiempos que corren. Ahí están sus charros y sus gauchos, pues Disney es americanista.

Durante los años sesenta y setenta, ¿te acuerdas?, se puso de moda denostar de Disney. Ningún intelectual serio dejaba de dedicarle al menos un vituperio aunque fuese en una nota al pie. Rivalizaban en ello, pues mientras más agresiva era la contumelia más intelectual eras. Uno de ellos les ganó a todos: escribió un libro entero Para leer al Pato Donald. Creo que se llama Ariel Dorfman. Últimamente los intelectuales tienen olvidado a Disney. Será porque descubrieron su infalibilidad, que ríete del Papa.

Será también que hallaron que Disney y su sucesores hacen las cosas con una perfección minuciosa. Jamás la violencia fue más benévola, ni la seducción tan recatada. El Pato Donald y la Pata Daisy —el ser más morboso creado por la perversidad humana— son novios desde hace décadas y jamás un besillo ha perturbado su impecable abstinencia. También lo son Mickey y Minnie. El perro Tribilín y la vaca Clarabella. Ah, porque los Estados Unidos, el país que no concibe fácilmente los matrimonios interraciales, acepta sin sobresalto que haya parejas de especies biológicas distintas. Las especies se conocen como tales, entre otras cosas, porque no pueden reproducirse entre ellas. Lo que la biología no tolera, la cultura lo aprueba.

Sería bueno ponernos a pensar en todo esto, porque en ello nos va la cultura, es decir, la vida.


Ver Jean Baudrillard, Disneyworld Company

Del mismo autor:
Breve teoría de Internet
El neomarxismo de Hollywood
La quinta pata del Rey León

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