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Don Quijote en paro

Roberto Hernández Montoya

Jueves 13 de febrero de 2003

Roberto_Herman_Hannah
Con sus hijos Hannah y Herman en Coro, Venezuela, agosto de 2000.

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El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

En un lugar de Caracas del cual es fácil olvidarse sobrevive un hidalgo. Ayer lo visité en la terapia intensiva. Alguna vez la amistad nos rodeó sin irregularidades. Pero ahora me duele verlo balbuciendo disparates sin rectificaciones. No me reconoce. No lo reconozco.

Me cuentan sus familiares que desde el 2 de diciembre se dio a ver televisión sin lagunas, pues puso un receptor en el baño para no detenerse ni ahí. Pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, como leí en un libro de cuyo nombre no puedo acordarme. Solo comía cotufas.

Entonces vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo: que el paro era él. Comenzó por no poner gasolina en solidaridad con los petroleros. Suspendió su vida de pareja. Su mujer trataba de rescatarlo con su belleza y su dulzura, pero solo atendía partes de guerra entre marcha y marcha. Aun dentro de casa, y hasta para dormir, vestía tricolores.

Desapareció la cerveza y dejó de tomarse las que aún le quedaban. «Solidaridad», proclamaba. Rechazó la maizina, que tanto le gustaba. Gritaba improperios imperdonables a los que hacían colas en las gasolineras.

Pasaba de un canal a otro, temiendo perderse algo gordo cuando miraba uno y no los otros tres. Pronto estuvo rodeado de cuatro televisores. Suspendió las compras. Rompió chequeras y tarjetas.

Dejó de dormir porque se negó a comprar el fármaco que el médico le prescribió. No se bañaba. Su mujer me llamó para que intercediera, pero no oía mis palabras. Me miró como quien mira el vacío. Solo me respondió consignas.

Cuando los promotores del paro llamaron a que los comerciantes colombianos y del mundo nos declarasen en estado de sitio alimentario, prohibió que se comprara más comida. «¡Solidaridad!», decretó en el último desayuno, que no ingirió, mirando la pantalla.

—¿Pero qué comeremos? —protestó su mujer.

—Hay que sacrificarse por unos días para recobrar la libertad —declamó.

Ante la amenaza de cortes de electricidad y agua, bajó las cuchillas y dejó de tomar agua.

La crisis final vino cuando suspendieron el paro que nunca ocurrió porque tampoco fue convocado, según el triunvirato de facto de Fedecámaras, CTV y Gente de Petróleo. Se declaró en rebeldía contra los triunviros y los medios, porque estaban rompiendo el paro, reprochándose haber sido tan ingenuo.

—Nunca vi casos así —me dijo su siquiatra en la unidad de cuidados intensivos—. Pero cada día recibo más casos iguales. Aquel de allá está peor porque encima se niega a las excreciones. A aquel otro tuvimos que arrancarle a su hijo de cinco años al que apuntaba con un revólver amenazando con matarlo si Chávez no renunciaba. Había comenzado por estar dispuesto a hacerlo perder el año para acelerar las cosas. Voy a pedir cupo en la universidad para estudiar siquiatría de nuevo.

Caminé hasta mi casa pateando una latica de cerveza. Para apoyar el Proceso no voy a tomar más enlatados ni comer en franquicias ni harinas precocidas y vivir solo en colas de gasolina, en solidaridad, alimentándome nada más que de papelón con limón.

¿Por qué será que todo el mundo me mira tan raro últimamente?

Quijote


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