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Ya El Dorado no es un mito Versión 1,0 publicada en El Nacional, p. A-5, domingo 14 de setiembre de 1997
Yaces con una pedrada en la cara y un dolor en el vientre por donde se te cuela la vida gota a gota. Ya la sangre no abastece al suelo con el mismo impulso que cuando te despertaste con el primer dolor apagado y ácido en el vientre, insultado por una lengua incomprensible. Solo sabías que te injuriaba porque el tono áspero es comprensible en todos los idiomas. Te esperabas este tumulto ensordecido por tu propio trance porque ya el pleito tenía meses desde que arribaron los inmigrantes de Sabaneta, gente precolombina que cobra la sangre con sangre. Vislumbras tu muerte sobresaltado de terror porque hay uno que en medio de la reyerta ha pisado tu cara con indiferencia, blandiendo un palo con el que casi te destroza los dientes que conservas. Pero no puedes hacer nada porque a cada segundo sientes menos voluntad, la respiración se te hace más engorrosa, sed, un nudo en la garganta, un mareo, sudando frío. Te arrastras sabiendo que tus quejidos no se oyen en medio de la refriega en que se gritan dos idiomas, dos culturas, dos odios simétricos, dos furias sin épica. Te arrastras hacia una orilla para morirte sin que te estorben los pies desesperados para quienes eres fardo indiferente y que mancillan tu herida con patadas exasperadas que multiplican las cuchilladas. El traslado se te hace más pesaroso no solo porque súbitamente pesas más sino porque resbalas sobre sangre despilfarrada. Es increíble cómo puede haber tanta y cómo su olor se mezcla con las bruscas excreciones, el sudor de los que van a morir y tu propio vientre abierto que ahora descubres que también huele. No es la primera vez que sientes ese terror, que ha sido tu vida, porque no tuviste padres, no hubo Navidad cerca de ti, tu esperiencia con la belleza fue ajena, fragmentaria y conjetural, tu refugio fue siempre la intemperie social, tus enemigos morían bajo tus metales porque eras darwinianamente peor que ellos, jugando chapitas entre un atraco y otro, hasta que te atrapó la policía, porque así se templó tu acero. Te estás muriendo y te percatas de que nunca supiste de tortas de cumpleaños, de bibliotecas y de útiles escolares, tijeritas, plastilinas y la voz admonitoria de una maestra, que, en comparación con las voces de tu vida, hubiera sido una dulzura. Resbalas de nuevo, tu frente golpea un quicio y recuerdas casi con risa cuando te emborrachaste así y te quedó una cicatriz en la frente, por lo que te llamaron Lambequicio. Ahora, si vivieras, se añadiría otra y quién sabe cómo te llamarían. De todos modos te enorgullece estarte muriendo porque eras el más bizarro, la prueba está en que fuiste el primero a quien hudieron un hierro cultivado en el estómago vacío. Total tú sabías que no ibas para muchos años, ninguno persiste de tus compañeros de juego de pelota contra la pared y que tuvieron que aprender a manejar revólveres con sus manos pequeñas, para posponer la muerte a manos de otras manos pequeñas igualmente armadas. Todos fueron cayendo en un bar, en una esquina, en una cloaca. Más bien es un éxito que hayas pasado los treinta años con una sola cicatriz, y no fue causada por agresión humana. Eras virgen de heridas de enemigo hasta minutos atrás. Ni siquiera sientes rencor a medida que se aleja el ruido en tu inconsciencia creciente, cuando se te oscurece todo. Ya mataste a muchos en tu vida, que fue de muerte. Una más no te va a impresionar, ni siquiera la tuya, porque eres un duro. No fuiste tú quien escribió en el baño: «Hálame, callecita, no me dejes morir», porque nunca fuiste débil. La muerte es la culminación de tu oficio. Para ti es más bien una gloria porque entras en el panteón invisible de los malandros, que está en todas partes.
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