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Sección: Bitblioteca
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Elogio de la clase media Domingo 1º de junio de 1997
El pequeño burgués es un proletario que se hace pequeño para poder ser burgués. Las cosas que se han reiterado mucho corren el riesgo de parecer mentira. Cierto que una mentira muy repetida termina siendo percibida como verdad, como dijo el nazi, pero también una verdad muy repetida se erosiona y termina percibiéndose como mentira, lo digo yo que soy venezolano. Así ocurre con la áurea mediocridad, el justo medio y la opción middle-of-the-road. El equilibrio helénico ha sido, además, recusado por el romanticismo y sus empresas filiales, para quienes la ataraxia y la mesura son burguesas y desprestigiadas. Pero la clase media ha vivido de una instalación en los espacios sociales menos atrevidos. No abusa de la molicie y del poder como los ricos, pero tampoco se desliza hacia el barrio vulgar y parlero. La clase media cultivó el decoro y la virginidad de sus niñas, que era la única dote imaginable en quienes eran hijas de un padre quince-y-último. Los varoncitos, por su parte, exhibían apego al trabajo y a las buenas maneras, ya que la virginidad varonil era cosa solo de santos y tampoco es para tanto. La clase media evita las extravagancias, y eso incluye la santidad. La virginidad ya no tiene el mismo realce, pero sí viste mucho una modosidad laboriosa que sabe poner la mesa en su santo lugar. Las niñas de la clase media ya no saben coser ni saben bordar, pero son arquitectas, abogadas, poetisas, cirujanas. Son estadísticamente más universitarias que los varones, que entonces son, además de diplomados, comerciantes legos y de vuelo corto. Como dice Bourdieu en el epígrafe, el pequeño burgués no tiene muchas cosas, pero son valiosas, tiene pocos hijos, pero bien educados, una vivienda pequeña pero bien puesta. Todo de a poquito. El pobre, en cambio, es, como decía Quevedo, aquel que no tiene nada de lo que hay en el mundo. Para el clase media lo que está por encima y por debajo de él se percibe con el temor que infunde el misterio. Para la clase media, ricos y pobres son desmesurados, viven en la hybris, en el vértigo de los valores, no tienen continencia, sus hijos son adulterinos y no saben pegar un botón en una camisa, que es cosa tan útil y sana. No saben cómo son las realidades de ricos y pobres sino a la distancia espantadiza de quien solo tiene su buen nombre y buena fama para exhibir en su marquesina. Por eso la clase media instaura la moral y las buenas costumbres. Como en ninguna piedra de la galaxia está escrito cuál es el justo medio, la clase media adoptó y adaptó los chantajes farisaicos más visibles que han proclamado los poderosos para no cumplirlos: castidad, honradez, tesón, respeto a los padres y a los semáforos, dar los buenos días, evitar el alcohol porque descalabra la disciplina necesaria para que le paguen el quince y el último. La clase media fue la depositaria de la moral, guardia y custodia de los principios, baremos y referencia de las cosas válidas. Las otras clases tienen que consultar con la clase media cuáles son los valores proclamados, aunque sea para saber qué es lo que no van a cumplir. La clase media sueña ser como el final de las telenovelas: el reino del bien, que no desparrama la vida por las orillas sociales. Eso es cuando es dulce, cuando no pervierte su condición, que es cosa de la que hablaré la semana que viene cuando haga el vituperio de la clase media.
Ver también Vituperio de la clase media
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