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Estatuas con pies de barro

Roberto Hernández Montoya

Domingo 25 de enero de 1998

Bolivar_caido
Foto de El Nacional del 20 de enero de 1998.
Se le cayó la estatua a Irene. El ministro Hilarión Cardozo declaró que no se puede evitar que los presos se entrematen. Hace décadas un gobernador declaró ingobernable a la ciudad de Caracas. Unos confiesan, los más no.

Hay que conceder que no es sencillo enfrentar la magalla de complicidades, dámela que tú la tienes, acuérdate de lo que hablamos, lo mío me lo dejas en la olla, que provoca entre otras cosas que la gente se mate por usar el único baño que comparten seiscientos presidiarios. Si no son forajidos se vuelven tales en esas circunstancias. O perecen.

Cardozo y el gobernador que no podía gobernar hicieron un intento de sinceración. Aunque hubiera sido más completo si hubieran dicho algo como: «Compatriotas: Ni esto es una ganga ni yo soy la mamá de Tarzán. Este rompecabezas está incompleto y encima tiene piezas de otro; así que entiendan y si tienen críticas vengan a decírmelas a ver si juntos se nos ocurre algo mientras saboreamos un marroncito claro», etc., etc. O sea, dejarse de matonerías e ir resolviendo este frangollo de la mejor manera.

Pero no, llegan a los cargos con una de yo soy Avicú, el que pulió la Torre Eiffel, le robó los bluyines a John Wayne y el que me critique ya es un monicaco, porque soy perfecto pero lo reconozco y la culpa la tienen los chiquilicuatros que me precedieron. En cambio yo vengo a completar la obra de Bolívar, etc., etc. ¿Se cae la estatua? Fue saboteo. No, un temblor. No tan drástico como el de 1812, pero, como dicen los políticos venezolanos: «Si la naturaleza se opone, ¿qué vamos a hacer, pues?». Irene está declarando como un político. Ya puede ser presidenta. ¿Cae el bolívar? (me refiero a la moneda). La culpa es de El Niño o del apagón de Nueva York o es una conspiración de Fidel y el Papa. ¿Se incendia La Bonanza un día sí y un día peor? La culpa es de los lateros y de los perros callejeros. Hasta los brujos tienen la culpa. No hablemos de los periodistas.

Son como el gato Jinks, que sabiéndose culpable de más de una, siempre exclama cuando lo despiertan, antes de cualquier cosa, por si acaso: «¡Yo no fui, yo no fui!».

Lo curioso es que estos fachendosos no pueden con los problemas por culpa de la interferencia de personas interesadas en su fracaso. El engorro del Seguro Social no es la acumulación de años de inverecundia y financiamiento de campañas electorales, sino sabotaje de cuatro malintencionados. Si fueran tan competentes no fracasarían por maniobras tan menguadas.

A veces tengo la pesadilla de que soy Ministro de Educación. Dicen que durante el sueño doy gritos desgarradores. No sabría por dónde empezar, digo, si es que me vuelvo loco y acepto el cargo en las condiciones políticas que hacen de ese ministerio esa cosa que es. Digo, si alguien se vuelve más loco que yo y me lo ofrece. Algo se podrá hacer, supongo, pero no es diciendo de arrancada que uno es el que le puso el bozal al Hombre Lobo.

Por eso fantaseo con un candidato que plantee que embellecer a la ciudad de Morón no es pintar unas fachadas y recoger cinco cochinos; que acabar con los secuestros fronterizos y de más acaíta no es ponerse bravo una tarde y capturar a cuatro bergantes; que la DEX no se resuelve con computadoras alemanas. Un candidato que cuando me hable no implique que soy idiota.


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