Roberto Hernández Montoya, Director
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Fe de errata para la crítica de El día que me quieras de José ignacio Cabrujas

Carlos Gardel
El día que me quieras, de José ignacio Cabrujas
Porque en esta Equivocación de la Historia uno se sorprende a sí mismo cierto de que después de todo existe ese otro traspapeleo histórico que es la humana condición de crítico, y como tal condición tira para que uno se haga remendón de la palabra ajena, uno construye hoy esta Fe de Errata, porque así hace reparos no a la palabra del poeta sino al discurso perentorio de tantos críticos. Modo de intentar sacar un rato de paseo y divertir a ese cierto discurso que, como se sabe, es el más triste de todos.
Donde dice:
El autor despliega con talento sagaz, en ese espacio cúbico que es la escena, un recurso de probada eficacia: nos propone a la vista y el oído un cantor fabricado en los albores de los mass-media y ello desata con singular presteza esa corriente de estereotipos nostálgicos del público promedio, tal como cualquier habilidoso dramaturgo del futuro podrá hacer mañana con Donna Summers o con Elvis Presley. |
Debe decir:
Cuando don Pedro Quirós tenía doce años, comenzó el largo aprendizaje de las fronteras de su nación. Cincuenta bolívares le bastaron para armarse caballero de una bicicleta y largar una carrera que, si no lo hubieran detenido unos graves policías en la alcabala de Valencia, le habría permitido seguramente rendir ese su particular homenaje al Zorzal, ahí en el Cementerio de la Chacarita.
Don Pedro Quirós es ahora hombre maduro, medio siglo de edad le permite reconocer que todo aquello era «un sueño de niño, por cuanto desconocía dónde me quedaba el país que quería visitar» (El Nacional, 6/1/79). Hoy, hombre reflexivo, sabe cuán descabellada era la idea de desplegar ánimo tan ancho en una delgada bicicleta desde Cumaná hasta el Río de la Plata. Hoy es hombre que está consciente de su responsabilidad social, como Secretario de Finanzas que es del Círculo de Reporteros Gráficos del Estado Sucre. Hoy, cuando don Pedro Quirós deposita una ofrenda ante el monumento ecuestre del mariscal Sucre, antes de partir escoltado durante un largo tramo por gente suya, categórica, desatada, sabe cuán endeble es una bicicleta para recorrer el Espinazo Americano, la ruta del Mariscal. Por ello lo ha pensado mejor y en esta Segunda Salida se ha armado caballero de un Volkswagen, rocín que bautizó con el nombre de «El Gráfico Solitario», para ir y colocar una ofrenda suya, presente, ante la tumba del Morocho. Él, claro, no recapacita en su montura en sociologías a vuela pluma, a él no lo acobarda si cierta fatigosa lucubración sobre la geopolítica del signo permite equiparar impunemente al Zorzal con la Fiebre del Sábado por la Noche. Pasa de largo en su «Gráfico Solitario» sobre tópico tan esclarecedor, porque desde niño don Pedro Quirós sí sabe de dónde son los cantantes.
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Donde dice:
Durante dos horas se intenta acosar un drama político a fuerza de diálogos ágiles como liebres, ingeniosos y eruditos de cualquier salón, para dejarnos una descuidada llamada de atención sobre un tema que requeriría más del rigor de la ciencia que de la tramoya escénica. Por ello Pío Miranda nos informa muy poco sobre el momento histórico y se diluye en recursos de actuación, en inútil persecución de la verdadera significación social de su compromiso político. |
Debe decir:
Era una manera de protestar los días. Fundar aquellas células, entablar aquellos lazos con el Mundo, de no perderse del gran fresco de la Historia, que transcurría más allá, en las tempestades de otra vida que sí era vida, y no aquella aldea inmóvil y dicharachera, bucólica y abatida. El siglo XX Cambalache pasaba los diecisiete, cumplía la mayoría de edad, tenía ya sus cordales a los treinta y cinco y nosotros seguíamos condenados a la retreta, al asombro tardío de un Lindbergh extraviado hacia acá en su mercadeo de la industria aeronáutica, a descubrir con recelo provincial que el Norte era una quimera, con La Rotunda y el exilio como únicas desembocaduras de la entereza. Porque Pío Miranda tenía una sola calma para tanta espera. Y, sin embargo, sus afanes se iban en la cabalística de los textos acariciados, que sonaban al estrépito de la esperanza, que rugían por nuestro silencio apiñado a lo largo de tres décadas de pacífica ramplonería, de interminable naufragio.
Pero ¿había acaso otro camino para la altivez? ¿Había acaso en Gato Negro otro modo de llevar la frente en alto? Por eso hoy los que tomaron caminos menos luminosos se ocultan a sí mismos lo que todos tenemos de Pío Miranda. Digo, tanto los que pertenecen aún a aquella Sección Venezolana de la Tercera Internacional, como también los que militan en cualquier partido político venezolano de hoy que, ¿habráse visto cosa más extraordinaria?, provienen todos de aquella Sección Venezolana, menos uno. |
Final de Fe
Por aquellos tiempos, apenas el Cantor había muerto (es un decir), vendían una tarjeta mediante la cual la gente, los Ancízar, podía volver a ver la imagen del Zorzal. En un cartón blanco aparecía su silueta en negro, de perfil, debajo de ella había tres pequeños puntos que la gente, los Ancízar, debía contar, un-dos-tres, cuatro-cinco-seis, siete-ocho-nueve, de tres en tres hasta un número cabalístico, no sé cuál, que declaraba el momento en que ya la retina, saturada de negro sobre blanco, había fijado la imagen. Entonces, sobre cualquier pared clara la gente, los Ancízar, podía revivir la estampa del Cantor y revivir así el día en que la Historia se detuvo y nos dejó aquella interrupción de la congoja duradera, aquel día en que Pío Miranda halló que su pasión de historia era un refugio, una ilusión óptica, poética, que se adquiere de tanto fatigar la retina con lecturas tumultuosas, como Alonso Quijano, para al fin terminar vislumbrando en la pared vacía que tenemos por delante los batallares ajenos, a falta de los propios. Modo de guardar un arma secreta que nos mantenga erguidos hasta 1947, ó tal vez antes.
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