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Semiótica improvisada de Hugo Chávez El imperio de los sentidos Letras, 24 de diciembre de 1998 Este texto forma parte del libro
Comencemos por sus enemigos: Chávez les evoca violencia, dictadura, atraso. Componentes (¿semas?) de esta asociación: es militar, dio un golpe, utiliza un discurso reiterativo, anclado en una esfera heteróclita de ingredientes dieciochescos, decimonónicos y bíblicos. Ciertamente nuestros gobernantes militares, con escasas excepciones, no han sido como para sacarlos para una visita. Algo parecido se puede decir de nuestros golpes. Y en estos tiempos posmodernos los discursos de los siglos XVIII y XIX no tienen mayor prestigio. La Biblia se encapilló entre fanáticos, con pocos enlaces con el resto del mundo. Don Simón ha quedado para sacar buenas notas. Mucha gente siente que esas palabras se quedaron extraviadas en algún tiempo irrecuperable. O no nos merecen o no las merecemos, según se vea. Pero el discurso del Chávez reciente salió conciliador, razonable, elástico. Esto produce en sus enemigos un desconcierto que desahogan acusándolo de manipulador, hipócrita, oportunista. No pega una, pues, con sus enemigos, salvo aquellos que se le están plegando en masa, que es fenómeno rutinario en el poder, nada exclusivo del Comandante. Sus amigos ven lo mismo pero con consecuencias inversas: precisamente su condición de militar golpista y su discurso rancio lo recomiendan como hombre competente para poner orden con su mano endurecida en los cuarteles, sazonado con la sabiduría bolivariana y la referencia bíblica, que pone al Buen Dios como fiador de sus acciones. Su reciente discurso conciliador y flexible es para ellos signo de astucia y prudencia. Las pega, pues, todas con sus amigos, salvo aquellos que se le disocian porque no encuentran acomodo burocrático y pronto en sus planes de gobierno. Son muy pocos. Por ahora. También es fenómeno rutinario en el poder, nada exclusivo del Comandante. La realidad es más compleja. Constelizaciones como las esbozadas arriba son bonitas porque alivian el desconcierto ante una realidad que obliga a pensar, algo que requiere no solo del cerebro sino de informaciones que no todo el mundo tiene. Yo, por ejemplo, no tengo todas las que necesito para este caso. Lo único que sé es que ambos estereotipos me parecen simplistas y por tanto poco recomendables para entender nada. Guardando las distancias abismales, estoy como Descartes, quien partía de la premisa de que todo lo que dicen las percepciones puede estar equivocado. Es el vértice precisamente de su Discurso del método. Estoy como tú, leyendo entre líneas, alborotando ideas a partir de cada nombramiento, de cada anuncio. Estoy pensando en voz alta con todo el que quiera oírme, con los ojos abiertos, que no me parece mal modo. Quizás no sirva de mucho preguntárselo a él, porque me inquieta la sospecha de que él es quien menos sabe lo que se llama de verdad saber y no creer saber. Por eso sería bien bueno que pudiéramos hacer lo que él propone: pensar entre todos, lealmente, para desenredarnos de este entrevero histórico que otros llaman crisis y en que nos metieron quienes ya tú sabes.
Breve teoría de la catástrofe (análisis urgente de las elecciones de 1998) El debate político en Venezuela |
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