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¿Para qué sirven los intelectuales? Letras, jueves 25 febrero de 1999 Se cuenta y no se cree: los intelectuales no han tenido nada que ver con el actual proceso venezolano. En cualquier país, incluso Venezuela, los intelectuales juegan un papel estratégico en la definición de las relaciones de poder. Desde Aristóteles, maestro del joven heredero de Macedonia, hasta hoy, los intelectuales han estado cerca de los procesos políticos. Es más, en América Latina tenemos el caso mundialmente llamativo de que el intelectual se embarulle en la política. El Times Literary Supplement comentaba extrañado que Mario Vargas Llosa se hubiese lanzado para presidente del Perú, porque jamás a un escritor inglés se le ocurriría ofrecerse para primer ministro. Pero no hace falta tanto: los intelectuales ingleses han escoltado sus procesos políticos de muy diversas maneras. En Venezuela también, desde Andrés Bello hasta Rómulo Gallegos. Hasta el bachiller Mujiquita. Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez tuvieron sus intelectuales, bien activos. ¿Qué les pasó? Una cosa rarísima. Con excepciones, los intelectuales venezolanos han contraído durante la Democracia una rutina aristocrática que ríete de la oligarquía peruana. Un míreme y no me toque, un no querer ver a nadie recóndito al que repeluzna la multitud, que se escandaliza si un libro vende más de cien ejemplares, para quien una reunión de más de tres personas es una vulgaridad. Hablan bajito, poco y los lastima la chusma, a veces con una sonrisita desdeñosa. Todo les da náuseas porque son más delicados que el cristal de Bohemia. Una cosa mariquísima. Ese diente roto, que les ha servido para pagar apartamento y teléfono, ha propagado un fariseísmo comiquísimo. Conozco gente de esta, muy intangible y muy Área III de las Letras de la Universidad Central de Venezuela, uno de los epicentros de esta cosa me arde porque estuve en su creación, que no pueden ver unas elecciones académicas porque se asocian hasta con los encapuchados, en pactos más balurdos que Sábado Sensacional. Por ahí andan activísimos, míralos. Pero uno los ve así «tan que no pisan» y se imagina que ese gesto los llevaría, no sé, a trazar una prosa ilesa como la de Jorge Luis Borges, el aristócrata intelectual por excelencia, de quien ellos se profesan devotos y espero que eso no lo desprestigie. Pero uno se cansa de buscar y los méritos son más bien humildes, cuando los hay. Y no es que, como se podría barruntar, ser becado o mantenido por el gobierno seca las circunvoluciones. Gobiernero era Aristóteles, maestro de Alejandro, el hijo del Rey. Leonardo y Miguel Ángel eran empleados del gobierno. José Antonio Ramos Sucre era un empleado del gobierno de Juan Vicente Gómez. El problema está más arriba. Este 1999 vertiginoso no cuenta con intelectuales. Apenas unos cuantos han asumido para sí el papel complejo, comprometido y entrañable de José Ignacio Cabrujas, todo lo contrario del intelectual que vengo prosando, que siempre detestó a José Ignacio porque se arriesgaba en los medios, allí donde está la guerra intelectual de nuestro tiempo. Pero a muchos intelectuales hipercríticos de la televisión no les da grima aceptar sinecuras del gobierno luego de antesalas y genuflexiones. El problema está más abajo. Pensar que un buen intelectual hace tanta falta y más en períodos como este. El país no les deberá nada si sale de esta, o se lo deberá a muy pocos. Hasta Mujiquita es preferible.
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