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Sección: Bitblioteca
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La inteligencia es para usarla Caracas, jueves 24 de octubre de 2002
Documentos del debate político en Venezuela De Roberto Hernández Montoya, Las dos hélices de Venezuela [jueves 10 de octubre de 2002] y El espectáculo de la inteligencia [sábado 2 de noviembre de 1996] José Ortega y Gasset decía que los políticos son gente ocupada mientras los intelectuales son gente preocupada. Difícil ser más tajante, porque hay políticos preocupados e intelectuales ocupados. A veces no hay por qué deslindar los campos, sobre todo en personajes como Simón Bolívar o José Martí, que ejercían con eminencia ambas profesiones. La política es una rama de la intelectualidad. Que haya políticos competentes y políticos incompetentes es avatar de cualquier profesión, porque así como hay jurisconsultos eminentes como Carlos Escarrá, también hay rábulas como los que redactaron el Decreto Inmortal de Carmona. Ninguna ley, que yo sepa, obliga a ser inteligente. Pero mucha gente bruta se siente en el deber de ser inteligente, con lo cual comete el mismo desatino de los que se perfuman para no bañarse: solo hacen brillar su idiotez, si se me permite la expresión. Más triste, sin embargo, es el rol de muchos intelectuales: no pensar, como Juan Peña, del cuento El diente roto, de Pedro Emilio Coll, tal vez la pieza más preclara de las letras venezolanas. Es decir, son intelectuales a quienes se paga para negarse como tales. También se niegan los que venden su pluma. Hay gente así, triste. Es que ser inteligente es un peligro porque causas incomodidad y alarma. Te pueden hasta linchar. Me acuerdo de la inseguridad que causaba Juan Nuño, profesor de lógica, cuando desmoronaba los argumentos aparentemente más obvios. Les encontraba inconsistencias que uno, bruto, no había visto. Entonces uno se decía: «¿Cuándo me va a tocar?». Nunca me tocó; ha de haber sido suerte o indulgencia del maestro. Lo que no quiere decir que Nuño no tuviera intemperancias poco lógicas. No sé quién dijo algo así como que la primera víctima de la guerra es la verdad. También lo es la inteligencia. Así nos está pasando hogaño. Hemos roto las marcas mundiales de expresiones estúpidas. Como uno que me dijo una vez que lo peor que tiene Hugo Chávez es que no reprime. Lo alarmante es que las dicen personas inteligentes. Cuando ya yo creía que esa era la joya de mi colección, vino la doctora Cecilia Sosa con aquello de llenar la Cota Mil y luego encerrarse uno en su casa y tirar la llave por la ventana hasta que se vaya Chávez. A veces la brutalidad se confunde con la locura. Anomia es término médico que designa un trastorno del lenguaje que impide llamar las cosas por su nombre, como mentar vacío de poder lo que es un golpe de estado mondo y lirondo. O desobediencia legítima un llamamiento público y notorio a la insurrección. Todo avalado por juristas que tuve siempre por ilustres. A menos que desobediencia civil sea solo comerse la luz roja, hacerse pipí en las aceras y decir palabrotas en plaza pública. «¡Qué brutos son los hombres de talento!», decía un vaquero de la Facultad de Veterinaria en Maracay, comentando los modos, para él incorrectos, que tenían los veterinarios de ordeñar las vacas. Me he dado como misión, donde quiera que actúo, ayudar a elevar el nivel del debate público. Si contribuyo a subir cinco puntos el cociente intelectual de la controversia me daré por satisfecho. Que pasásemos de idiotas a débiles mentales ya sería un triunfo, a ver si logramos sortear esta atrocidad mediática.
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