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 Caracas, Viernes, 25 de mayo de 2012
 

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En el camino del CELARG, la huella de Picón Salas

Palabras en el acto de entrega del Premio Internacional de Ensayo «Mariano Picón Salas» y de la edición digital de los primeros cien números de la Revista Nacional de Cultura

Sábado 26 de enero de 2002


Con sus hijos Hannah y Herman en Coro,
Venezuela, agosto de 2000.

La dolencia de la época, como ustedes lo saben, es haber hecho de la vida una maratón hacia el dinero, un pragmatismo esterilizador de otras formas más altas de existencia, que acaso explique por qué hay en este mundo de nuestros días tanto residuo de angustia, tanta nostalgia de felicidad y de auténtico equilibrio humano; tanta estruendosa quiebra de valores, tanta neurosis.

Mariano Picón Salas
(
Discurso inaugural de la Facultad de Filosofía y Letras, 1946)

Desde la Revolución Neolítica hasta nuestros días las grandes transformaciones humanas han sido hechos de cultura. La neolítica trajo innovaciones cardinales como agricultura y piedra pulida, que a su vez sirvió para usos hasta entonces insospechados y para que la humanidad emprendiera infinitos caminos. Fue una labor radical en la que el intelecto y la invención, es decir, la cultura, se colocaron, como siempre, en el eje de lo humano. El precepto de Simón Rodríguez de inventar o errar es el hecho humano por excelencia.

Ninguna transformación se ha hecho sin cultura. Como decía José Ortega y Gasset, un tigre de hace cinco mil años es igual a un tigre de hoy. No así el ser humano. Lo único que nos distingue a los hombres y mujeres de hoy del hombre y la mujer de hace cinco mil años es la cultura. Ella es, pues, un elemento definitorio de lo humano, pues tenemos que pensarnos constantemente a nosotros mismos para poder ser lo que somos. Pensándonos fue como nuestros libertadores concibieron que podíamos ser soberanos. Nuestra Independencia fue, en primer lugar, un hecho de cultura. Si Simón Bolívar no hubiera contado con los maestros que tuvo, nuestra historia hubiera tenido mucha menos gloria.

Sin embargo, nos hemos acostumbrado, y en Venezuela es un mal que parece endurecido, a que la cultura es una sustancia extraña y alada, vida dominguera, adorno, guinda de la torta —como decía José Ignacio Cabrujas— y, sobre todo, lo que se deja de último a la hora de la adjudicación de recursos. No culpemos al país. También muchos profesionales de la cultura la hemos concebido así. Si algún teórico de la cultura tuviera que definirla teniendo solo como referencia el contexto venezolano, tal vez podría delimitarla con una frase funcional, tal como: «Dícese de aquello que siempre se deja de último». Y no estaría equivocado, lamentablemente.

Pero, y esta vez digo que afortunadamente, no siempre ha sido así en Venezuela. Hoy tenemos como figura tutelar de este acto a Mariano Picón Salas, un hombre que contradijo en todas las acciones de su vida esta definición perversa que acabo de sugerir, con una ironía que me duele. Para don Mariano la cultura no solo fue su vida sino que la hizo parte de la vida de todos nosotros hasta hoy.

Dondequiera que le tocó actuar, don Mariano creó instituciones que aún hoy nos enriquecen. Fue uno de nuestros principales creadores de riqueza. No era economista, ni industrial, ni comerciante, oficios honorables por demás, pero nos dejó instrumentos fundamentales para un enriquecimiento incalculable y los enriquecimientos incalculables son los más provechosos, porque, parodiando aquí a Oscar Wilde, no tienen precio pero sí mucho valor. A don Mariano debemos la Revista Nacional de Cultura, el Pedagógico de Caracas, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela, hoy Facultad de Humanidades; el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (Inciba), que sirvió de base luego para el actual Consejo Nacional de la Cultura (Conac). Son estas solo algunas de sus creaciones, para no mencionar, por inmensa, su obra escrita, que aún nos habla con singular vigencia.

Hoy nos convoca, con gran regocijo, este acto de entrega de la primera edición del Premio Internacional de Ensayo «Mariano Picón Salas», prestigiado por un jurado compuesto por los eminentes creadores Cristian Álvarez, Pedro Lastra y Alejandro Rossi. Este galardón se entrega a un trabajo ejemplar de investigación: La heroica aventura de construir una república, de Mirla Alcibíades. La elección de una investigadora del CELARG como brillante merecedora de la primera edición de este premio no es labor del azar. Más bien nos habla de la calidad de la investigación que ha venido realizando el CELARG desde su fundación.

Es un suceso que nos ratifica a los que hoy tenemos el honor de estar al frente de esta institución la decisión ya tomada de reconquistar ese espacio primordial que le corresponde por esencia: el estudio, la investigación y la divulgación de conocimientos sobre la cultura de la América Latina y el Caribe. Entre nuestras primeras decisiones estuvo la de fortalecer esa tradición esencial.

Con este premio el CELARG confirma su función de institución académica. Pero no es solo este hecho el que nos recuerda la naturaleza misma del CELARG. Hoy el Centro de Estudios Latinoamericanos «Rómulo Gallegos» tiene el honor de ofrecer a Venezuela y al mundo la primera entrega de la versión digital de una obra inspirada y estructurada por don Mariano: la Revista Nacional de Cultura. Esa publicación era ya uno de los monumentos primordiales de la cultura universal, desde su fundación en 1938 y de existencia ininterrumpida hasta hoy, cuando Gustavo Pereira y su equipo le imprimen un renovado vigor.

Ahora en forma digital, la Revista Nacional de Cultura se potencia inmensamente como herramienta para el investigador y el lector más acuciosos, que pueden rastrear un dato, un autor, un concepto, una palabra, en pocos segundos, sin tener que recorrer miles de hojas de papel. Una sola búsqueda, que en el papel tomaría, en el mejor de los casos, meses de rastreo, con estos discos se toma solo unos instantes. Es posible entonces emprender las aventuras intelectuales más inagotables. Este instrumento es una suerte de alquimia del conocimiento. Y es una evidencia del valor de la cultura venezolana, de la que nos olvidamos con tanta facilidad. Próximamente este material estará también en el sitio del CELARG en Internet.

Fue un trabajo que comenzó —y ruego para ellos un especial reconocimiento— el equipo encabezado por Elías Pino Iturrieta y Arturo Gutiérrez Plaza con el apoyo de Óscar Sambrano Urdaneta y hoy de Manuel Espinoza y Laura Nazoa. Son muchas las personas que participaron en este trabajo como para mencionarlas todas aquí. Pero no puedo dejar de destacar a Aura Corzo y su equipo, muchos de cuyos integrantes están aquí presentes, ejes primordiales de este proyecto y sin cuya labor no podríamos estar hoy entregando un producto de calidad tan alta. En la realización de este trabajo debe destacarse igualmente el apoyo del equipo de producción de la Revista Nacional de Cultura, la Casa de Bello y el Conicit.

Este quehacer, sin embargo, no culmina aquí. Aún faltan más de doscientos números por convertir al formato digital hasta llegar al vigente.

El CELARG tiene previsto digitalizar también las colecciones completas de catorce revistas culturales venezolanas publicadas entre 1869 y 1890, así como otros proyectos de digitalización de nuestro patrimonio histórico y cultural.

Centro de estudios, investigación y divulgación, pero también de concurrencia del pensamiento latinoamericano y del Caribe. Por esa razón nos hemos propuesto fortalecer otra tradición del CELARG: la de servir de espacio para el diálogo y la reflexión. Por ello hemos comenzado ya, entre muchos planes que sería prolijo enumerar ahora, un programa de intercambio de ideas libre y plural, que hemos llamado «Construir la Convivencia».

En este acto estamos presentando dos realizaciones cuya densidad declara por sí sola las potencialidades del CELARG. Muchas más labores como estas iremos entregando en el futuro inmediato. Siendo una institución de vocación integradora latinoamericana y del Caribe, una tradición venezolana que se remonta a Francisco de Miranda, el CELARG está llamado a cumplir tareas primordiales para todo el Continente y más allá.

Europa enseñó a la humanidad a ser como Europa, en medio de tragedias y glorias incontables. La América Latina y el Caribe, por su parte, ese lugar por igual real y maravilloso, a donde el género humano vino con la experiencia ganada durante miles de años en cinco continentes, debe asumir su vocación de enseñar a la humanidad a ser como la humanidad.


Ver El stalinismo, efecto perverso del capitalismo

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