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Prados del Este, un Caricuao de lujo
La historia de Prados del Este es una de las tantas versiones del Paraíso Terrenal Recobrado: el lema publicitario de aquella bucólica urbanización, por allá a finales de los años 50, era una paradoja: «Una ciudad en el campo, un campo en la ciudad». Y la gente iba a la plaza promocional de aquellos prados del este y entre ambientes bucólicos soñaba con su pequeña casita en la pradera, esa vivienda estándar de los dibujos escolares, árbol, chimenea y vaquita. La placita promocional era una muestra, una sinécdoque, de la Tierra Prometida: allí habría árboles, caminitos que el tiempo ha borrado y hasta un pequeño zoológico. A nadie se le iba a ocurrir entonces la repugnante idea de que aquella placita promocional iba a quedar sitiada por una redoma-distribuidor vial cuando andando el tiempo aquellas praderas del este se convirtieran en un Caricuao de lujo. Es decir, en urbanización popular, ciudad dormitorio, HLM, villa miseria o ciudad obrera. Pero con clase. Apenas creció Prados del Este y se le añadieron las urbanizaciones que la rodean, las amas de casa hicieron una manifestación para exigir una autopista: el paraíso se había vuelto un infierno, el campo en la ciudad era un pueblo fantasma en el campo, inaccesible, marginal. La autopista fue concedida y aquellos habitantes fueron definitivamente expulsados del Paraíso. Un avatar más del estilo urbanístico que inauguró precisamente una urbanización, ya infernalizada, llamada así: El Paraíso. Y consolidó otra igualmente diabolizada: Altamira, con su plaza promocional, insignia, con obelisco y todo. Esta plaza está hoy también sitiada por distribuidores viales. Caracas a través del tiempo, desde Altamira hasta Caricuao, ha ido construyendo cuarteles en lugar de urbanizaciones. Cada nueva comunidad nace contra la ciudad, como refugio de Caracas, con sus propios accesos y servicios, autónoma y quizás autárquica. De allí los cuellos de botella: la Plaza Venezuela es el portal de Sabana Grande; las Tres Gracias el umbral de Los Chaguaramos y Santa Mónica. Allí se acumulan los automóviles en las horas punta porque ellas son obstáculos más que pasadizos. Tan obstáculo ha sido la Plaza Venezuela que ya no sabemos qué hacer con ella: distribuidor vial-fuente ornamental, estación de metro-pasadizo peatonal, redoma, distribuidor de puentes provisionales, hasta que un día nos avisen que la fuente quedó mal instalada con el apuro de la inauguración, o que alguien olvidó pasar no sé qué ramal del Metro por debajo, o que no mantuvieron los tuberías y hay que volver a demolerla. La redoma, el rond point, de Prados del Este es, pues, una especie de Plaza Venezuela empeorada: entender su laberinto puede tomar varios meses, hasta que uno aprenda a salir de la urbanización hacia, digamos, La Trinidad, sin confundirse e ir a parar a un punto opuesto, como Las Mercedes. Las opciones viales del distribuidor que ocupa el lugar que alguna vez fue placita-mito, son infinitas. Allí confluye en desorden la gente de Prados del Este, los primogénitos, la gente de La Trinidad, de largas cabelleras, Alto Prado, de relucientes escudos, Lomas de Alto Prado, de tremolantes cascos, Lomas del Club Hípico, de doradas aurigas, Terrazas del Club Hípico, de plateadas aurigas, Baruta, de broncíneas aurigas, La Lagunita, de cobrizas aurigas, Piedra Azul, de relucientes grebas, El Peñón, de negros cabellos, Sorocaima, que respiran valor, La Boyera, de amenos valles, Los Geranios, de fuertes tobillos, El Hatillo, de escudos de piel, Alto Hatillo, de ricas mieles, Las Martas, de largas lanzas, Humboldt, de bien formadas espadas, Concresa, de ruidosas armas, El Güire, de noble porte, Valle Arriba, de amplia frente, de esta manera las numerosos huestes afluyen de las naves y tiendas a la llanura escamandria y la tierra retumba horriblemente bajo los pies de los guerreros y de los caballos. En unos embotellamientos de tránsito que duran, con suerte, hasta media mañana, en el mayor cuello de botella del mundo, desde Homero para acá. Pero los responsables de la vialidad caraqueña, apoderados de la industria automotriz, piensan que la solución del Laberinto de Creta es complicarlo más aún: añadirle un segundo piso a la autopista de Prados del Este, con lo que de ahora en adelante habrá que hacer cursos de alta especialización para saber siquiera cómo orientarse vagamente en algo que será seguramente más complicado que los estacionamientos de Parque Central. Los segundos pisos de las autopistas no son una novedad, ya existe uno en la Autopista «Francisco Fajardo». Como tampoco son novedad los puentes provisionales llamados «elevados». De algún modo Sartre se adelantó a los efectos filosóficos de estas rutas: ellas abren una grieta en el ser, un vacío vertiginoso. La mirada se pierde en la nada bajo los elevados, esas grietas en el ser, esos seres-para-la-nada. Allí se guarecen a lo sumo algunos automóviles o algunos negocitos marginales: una quincallita, un puestico de periódicos, una agencita de loterías, es decir: nada, pues los elevados se hacen para que anden automóviles por encima y se refugien automóviles por debajo; los automóviles son el ser, the rest is silence. Y no son novedad porque, además, ya Caracas conoce su primer elevado «natural», el puente de la Avenida de «Las Fuerzas Armadas», en el cruce con la «Urdaneta». Fue el elevado piloto en donde se ensayó hace más de treinta años la nada urbanística quizás por primera vez. Pero la nada no solo es un espejismo del infierno. A veces, como en algunos tréboles de distribución o debajo de uno que llaman emblemáticamente El Pulpo, por ejemplo, crece el paraíso que expulsaron de Prados del Este. Una vez al entonces presidente Raúl Leoni se le ocurrió embaular el río Guaire, hoy cloaca de la ciudad. Con ello se proponía devolverle a Caracas el río cristalino de hace 400 años, cuando a sus orillas fundó la ciudad el esforzado conquistador Don Diego de Losada. Con el fin de que volviera a inspirar a los poetas. Para ello se construyó un paseo para peatones que va desde la Autopista «Francisco Fajardo» paralelo al Paseo «Colón» hasta los Estadios, pasando por debajo del puente que va de la Plaza Venezuela a la Universidad Central de Venezuela. Aquel proyecto del Guaire se abandonó por falta de capital, pero allí quedó el paseo con sus caobos, cauchos, acacias y bambúes, veredas que desembocan en un prado jamás frecuentado que quedó aprisionado entre los tentáculos de El Pulpo. Por allí, cuando uno transita con cuidado, puede ver unos misteriosos jardineros podando la grama; o si uno se mete por el ramal que va desde el Gimnasio Cubierto de la Universidad hasta los estadios de la misma, puede mirar una vereda tropical vecina al Guaire, con una que otra pareja extraviada o algún ciudadano que corre para vivir. Algunos mendigos. El único inconveniente de este paraíso es que es tan inaccesible como el de la Biblia. Igual que el bíblico, requiere que uno muera para recobrarlo, pues en este de Caracas que digo hay que arriesgar la vida para accederlo, pues está rodeado de peligrosas autopistas. Caracas respira en sus vacíos, en sus grietas, en las contadas plazas y parques, en los baldíos que los mendigos convierten en plazas y parques, mientras las ingenierías municipales arbitran mezquinas zonas peatonales, sembradas de compresores, bombas de drenaje, taladros y palas mecánicas. Quizás cuando ya toda la ciudad se convierta en un segundo piso vial, cuando incluso el proyectado e irrealizable puente para la Isla de Margarita lo diseñen de una vez con su segundo piso, los habitantes nos quedaremos abajo, en la nada, viviendo entre los trozos de paraísos inalcanzables y los infiernos devoradores que se abren bajo los elevados. La ciudad seguirá viviendo contra sí misma, y como ya no hay espacios en el valle para abrir nuevas urbanizaciones-ciudadelas como Prados del Este, queda el recurso que consolidó Parque Central: el edificio-ciudadela, la torre ermita de aire acondicionado y luz artificial permanente, oasis eléctrico, correlato del automóvil de aire acondicionado. Cada quien se encerrará en su oficina, centro comercial, automóvil o apartamento-burbuja, para olvidar la invasión de la nada, para siempre jamás.
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