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¿Qué era la cultura?

Question, noviembre de 2004

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Roberto
El autor el lunes 27 de setiembre de 2004 en el
Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber,
Caracas, Venezuela (foto Juan Vicente Gómez Gómez).

Poner esta pregunta en pasado clarifica muchas cosas, porque en presente muchas motivaciones permanecen en lo oscuro, como heraldos negros, como estafa exquisita.

Cual el territorio, cual las aguas, cual la vida, cual el mundo, la cultura se volvió latifundio distintivo de un redondel, de un barrio abordable solo por unos pocos. El ingreso a ese ruedo era una franquicia de acceso agotador y a veces fortuito. A algunos les sigue bastando persistir en emborracharse disciplinadamente en los bares y restaurantes de Sabana Grande, en Caracas. Pero no solo era una dispensa sino un instrumento de exclusión, el más brutal, el más cruel. Dile a cualquiera ladrón, feo o malvado, sea cierto o no, y podrá soportarlo con mayor o menor aliento según su grado de estoicismo o de grandeza. Los más débiles no lo soportan, los más sí. Pero dile inculto, sobre todo si lo siente cierto, y te ganarás un rencor imponente, que trascenderá generaciones.

Estar en el redondel concede esa arma mortal cuyo porte solo se asigna a quienes están autorizados para ejercer el monopolio de lo que Pierre Bourdieu llamaba ‘violencia simbólica’. Es una investidura vitalicia, como todo lo que tiene origen sobrenatural. Dalí hizo las tunantadas más escandalosas, deshonrando deliberadamente esa dignidad, como un trapecista profana la gravedad. Buscaba premeditadamente aparecer en las publicaciones más vulgares, cometía las tosquedades más atroces y jamás nadie osó poner en duda sus títulos de nobleza cultural. Puedes volverte chabacano, rústico, ramplón y a lo sumo alguien te reprenderá tímidamente, pero jamás te destituirá. Seguirás infundiendo temor y muchos se preguntarán si no lo haces como desafío para probar a los lerdos, para demostrar tu invulnerabilidad, tu poder infinito en el espaciotiempo social. Nadie se atreverá a decir que el Emperador va desnudo porque puedes fulminarlo con una palabra, una sonrisita o peor: ignorando al atrevido.

De eso vivía la Cultura Ilustrada en Venezuela. De eso vive lo que queda de ella. Como toda provincia, Venezuela quería sobrepujar a la metrópoli, por eso sus escritores más embaucadores se hicieron herméticos cuando en París nunca dejaron de ser diáfanos, pues esa franqueza es lujo de metrópolis, no de provincias, tan nerviosas, tan parejeras. Así como ser poeta en el siglo XIX era pesar menos de 40 kilos y morir joven de tuberculosis, hoy significa vender menos de 200 ejemplares del poemario, cuando mucho, porque el fracaso editorial en Venezuela equivale a la gloria, prueba de que solo te leen los mandarines. Se publica para el bautizo, pues Venezuela es el único país en donde se puede descuidar el bautizo de un niño, pero no de un libro. Un libro que no se bautiza no existe, sobre todo si vende decenas de miles de ejemplares.

He asistido a la investidura de artistas, equivalente a las coronaciones de otrora. Se disfraza de cordialidad venezolana, pero es tan implacable como la más solemne ordenación religiosa.

Entre las tareas que la Revolución Francesa dejó inconclusas estuvo la laicización de la cultura, que permaneció dentro del recinto de lo sagrado, lo intocable, lo inmaculado.

Esa cultura impalpable, vanidosa y necia de que hablo es concepto que solo admite una definición circular, pues la noción de cultura pertenece a la cultura. De modo que cultura termina siendo ‘todo aquello que es cultura’. Sí, es idiota y, como toda injusticia, no debe ser, pero es. Claro, se pueden intentar definiciones más talentosas: cultura «es la infratextura generativa de toda sociedad» (Edgar Morin), «cultura es todo lo que no es verdor» (Ángel Eduardo Acevedo). Son definiciones estructurales. Una definición funcional podría ser «cultura es aquello que sirve para excluir». Pero a esas definiciones no les basta ser brillantes y hasta ciertas para derrotar la definición tautológica que acabo de declarar.

Como toda enunciación pleonástica, sirve para la arbitrariedad y por tanto el despotismo. Los mandarines de la cultura pueden dispensar la franquicia a quien les dé la gana. Pero con tino, pues es vitalicia: una vez concedida no puede ser abolida. Ya armado, no se puede desarmar a un caballero. Pregúntenle al casi cuatricentenario Don Quijote.

En una época esos mandarines reinaron casi exclusivamente en algún adoquín entre el café Aux Deux Magots y el Café de Flore, en la actual plaza Jean-Paul Sartre et Simone de Beauvoir en Saint-Germain-des-Prés, ¿dónde más?, o en el restaurante La Coupole, París, ciudad de Francia. Hoy el presbiterio es más difuso, los grandes aparatos comunicacionales han incautado la administración de esa gracia divina, editoriales multinacionales, grandes cadenas de periódicos y revistas, de televisión. Antes un grupo de intrépidos intelectuales fundaba una revista, Sur, El Espectador, les Temps Modernes, Sardio y aquello bastaba para erigir el tabernáculo. Hoy esas revistas apenas tienen alcance. Hay que estar en alguna multinacional o te quedas fuera, a menos que hayas recibido tus credenciales años antes de ese proceso globalizador de la administración de injusticia cultural. Entonces te queda la gloria del fósil. La herencia familiar también ayuda, claro, pero no es suficiente.

Con razón las instituciones culturales venezolanas están construidas para servir las necesidades de unas veinte mil personas, como mucho. Son máquinas de exclusión, para eso fueron diseñadas por la aristocracia pretenciosa y provinciana que las forjó una a una, como mandarinatos. La «meritocracia» petrolera se hundió en el ridículo de su prepotente incompetencia, el latifundio y las tribus judiciales tomarán un poco más de tiempo, pero la ciudadela cultural será más pertinaz porque cuenta con armas más potentes que las de fuego: las de la descalificación intelectual. Cualquiera de sus mandarines puede declararte villano para siempre si no respetas las liturgias. Cuestión de saber vestir los paños adecuados, de saberte acompañar, de saber adular a quien se debe, cuando se debe y como se debe. A mí todo eso se me importa una higa, pero así es. Por ridículo que sea, conserva vigencia.

También, si queremos abrazar a esta gran humanidad alzada con las armas formidables del jolgorio callejero y productivo, podemos ignorar ese talante de aristócratas en la mala, olvidarlos, dejarlos en el camino. Transformar esas instituciones culturales para que sirvan para compartir masivamente los códigos estéticos, generalizar los libros, las películas, los discos, los conciertos, inventar nuevos productos culturales, delatar las complicidades, reírnos de cuanto Emperador vaya desnudo, es decir, notificar las imposturas urbi et orbi. Dejarlos atrás, tranquilos, disfrutando sus prepotencias ante nadie, sin público, que nunca tuvieron, que siempre despreciaron, proponiendo, tan idiotas, desinfectar el Teatro Teresa Carreño, según ellos profanado por la gente mayoritaria que nunca pudo ir allí. Los invitamos, como siempre, por supuesto, al abrazo. Pero si lo rechazan, terminarán sus días refinando su vieja amargura, porque, pase lo que pase de aquí en adelante en Venezuela, nadie los adorará ya más ni sabrá quiénes son. Ni siquiera será necesario desengañarlos de sus ilusiones ópticas ni sacarlos de ninguna parte porque podremos pronunciarles las últimas palabras del Manifiesto de 1969 de los estudiantes de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, los de entonces, los que ya no somos los mismos: «Nos hemos escapado. Ustedes no comprenden nada».


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