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Sección: Bitblioteca
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La reacción de la deficiencia Question, mayo de 2004
No soy lo suficientemente inteligente como para saber qué es la inteligencia, pero sí lo bastante como para saber lo que es la imbecilidad. Ser o no inteligente es también cosa de contexto. Pasa en Venezuela con la élite decadente que ahora intenta recuperar su poder sin importar los medios. No entiende nada. Ha mostrado como nunca su incompetencia pertinaz todo terreno. Ya había mostrado esa ineptitud durante su hegemonía de 40 años, pero solo era percibida por la élite alternativa, revolucionaria, bolivariana, que la estaba estudiando y midiendo, pero ya a partir del 27 de febrero de 1989 la estupidez ilustrada comenzó a relucir para todo el mundo. No fue capaz de dar ninguna respuesta a aquel desafío nacional, como no fuese una represión brutal, lo único en lo que es experta. No fue capaz de hacer concesiones, tomar medidas siquiera medianamente favorables a la sociedad como un todo, sino que continuó su depredación sin lagunas. Ahora, al tratar de recuperar el poder, comete toda clase de chambonadas, demostrando su condición barata y chapucera. Examinemos algunas acciones y luego consideremos su nivel intelectual:
Sí:
¿No será que el bruto soy yo? Porque uno examina los hechos y encuentra en los marginados una lucidez que no tiene ninguna de las élites del país, ni siquiera la revolucionaria. Durante los hechos del 11 al 13 de abril de 2002, esa población excluida de casi todo recurso de educación mostró la mayor perspicacia de todos los actores del momento. Sus acciones sorprendieron a todo el mundo. Aquella gente no solo fue lúcida sino valiente, pues cuando comenzaron esas acciones no podían saber cuál era la situación dentro del cuartel y por tanto si los alzados los masacrarían o no. En un momento dado les pusieron música de salsa y ellos reclamaron que no querían salsa, porque esa música la ponen ellos cuando están alegres y en ese momento no lo estaban. Pidieron música del cantante revolucionario Alí Primera y hubo que rastrear el Fuerte Tiuna para encontrar un disco de Primera. No debe haber sido difícil, pues también entre los militares prevalece el espíritu bolivariano que impidió que siguieran las órdenes genocidas del pelotón de generales y almirantes amotinados. En medio del forcejeo, la gente deliberó si asaltaban el fuerte o qué. Una señora mayor logró imponer su liderazgo y ordenó sentarse. Todos obedecieron. Pero la señora comenzó a caminar sentada. El sit-in masivo entendió la astucia. Fueron avanzando sin pompa ni circunstancia hacia la entrada, aumentando la presión en aquella negociación genial. Ellos no sabían lo que ocurría dentro del cuartel, pero algo les decía que su presión allí como escudos humanos era decisiva para que los militares eligieran entre el genocidio o la revolución. Horas después lo explicitó allí mismo el general bolivariano Jorge Luis García Carneiro. Cuando este oficial aclaró que ya los bolivarianos dominaban la situación, los soldados, rodeados de gente, mostraron un visible alivio. Nadie sabrá, ni ellos mismos tal vez, qué hubieran hecho si les hubiesen ordenado disparar sobre aquella multitud cuya única arma era la Constitución y la enormidad de la masacre en ciernes. Por primera vez el pueblo en armas el ejército no jugó su histórico rol de guardián de los intereses de las clases dominantes. Otrosí ocurrió durante el paro patronal de diciembre de 2002 y enero de 2003. Una de las tácticas de la estupidez ilustrada fue crear desabastecimiento para detonar desórdenes como los del 27 de febrero de 1989. En su regodeo en la imbecilidad, esta élite cree que el pueblo es más imbécil que ella y que solo reacciona ante apetitos físicos, como los animales, como ella. Piensa que los pobres no son capaces de inteligencia, pues para esa élite los pobres no son gente. Los pobres y hasta los menos pobres hicieron sus colas con estoicismo espartano, sin caer en la menor provocación, como héroes que son. Nadie rompió filas, nadie generó motines aprovechables por el otro bando. Trabajar era resistir. El consumismo navideño se volvió revolucionario. La devoción cristiana era revolucionaria. La gente heroica hizo sus colas para esperar el gas y la gasolina, horas y horas, imperturbable, impávida, serena. Nadie se quebró, nadie enloqueció. Se aguzó el ingenio para atender lo que la élite idiota abandonó: una industria de tecnología de punta, Pdvsa. Aún hoy esa élite no entiende cómo aquel pardaje, aquel negraje, aquella indiada, aquella poblada, pudo poner en marcha aquella industria tan compleja. Ello explica por qué cuando se movió el tanquero Pilín León, surto criminalmente por los golpistas frente a Maracaibo con una peligrosa carga de gasolina, cundieron el pánico y el abatimiento, hijo de la derrota. Era el barco insignia del Paro. Su presencia inmóvil era el símbolo del terrorismo gerencial. Mientras se mantuviese como barco sereno los insurrectos se sentían amparados por la alta tecnología. En pleno síndrome de la negación, las televisoras intentaron transmitir la crónica de una catástrofe ansiada. Va a chocar con el Puente sobre el Lago de Maracaibo porque esos marineros de raza inferior no saben pilotar barcos de alta tecnología. No chocó. Va a estallar. No estalló. Va a chocar contra el muelle. No chocó. Cuando comenzó a descargar el combustible, cundió la desmoralización y la impotencia de la élite idiota. Nunca pensé que usaría oxímoron tan atrevido como este de «élite idiota». Parecido ocurrió con las guarimbas del 27 de febrero hasta el 3 de marzo de 2004. Nadie rompió las filas. Todo el mundo esperó lo inevitable: el derrumbe de aquella táctica cuya mayor imbecilidad se manifiesta en el llamado a la movilización y el simultáneo bloqueo de las urbanizaciones de los que habrían de movilizarse. Como en el Paro, la única víctima fue su propia base social: solo atacaron con éxito las urbanizaciones de lujo. ¿Sigo la enumeración de cretinismos? Si eres inteligente no necesitas más.
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