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Renovación, calipso triste Letras, 15 de junio de 2000 Adiós, renovadora, que tengas hijos bellos. Néstor Francia, Renovación, calipso triste Los pasillos redundaban en atrevimientos. Los estudiantes de arquitectura decían algo así como que el mejor monumento era un ladrillo lanzado con mucha fuerza. Contra el orden constituido, claro está. Los de Letras anunciábamos que sería vengada la muerte del camarada Cervantes. Poníamos Simpatía por el diablo a todo volumen y el Consejo de Facultad enviaba a un bedel a ver si le hacíamos el favor de bajar el volumen. Se lo hacíamos porque así éramos de magnánimos. Pero más por el bedel que por los eruditos; para que no lo fueran a reprender. Vivíamos en tal lujo que nos negábamos a irle a clases a Ángel Rosenblat porque era un grosero, aunque siempre lo lamentamos porque era de los pocos profesores que sabían lo que enseñaban. Más adelante nos reconciliamos con él y hasta nos dio la razón porque la Renovación la dirigían sus mejores estudiantes de entonces. Fue nuestro enemigo más querido. ¿Por qué todo volvió a su rutina humana, demasiado humana? Sospecho que el cerebro no está cableado para explicarse a sí mismo. Hay cosas que hacemos y no entendemos. Como la Renovación Universitaria de 1969. Aquel año iba a ser como cualquier otro. La rutina académica transcurría plácida con su sigilosa producción de conocimiento y sus asaltos a posiciones. Lo mejor y lo peor estaban revueltos. Ya todos nos habíamos resignado a que en nombre de Karl Marx y de la sal de la tierra un puñado de mediocres se apoderase de los medios de producción y reproducción del conocimiento. Hay cosas para las que el cerebro parece estar cableado mejor que para otras. El fariseísmo, por ejemplo. Aquellos individuos descubrieron que parodiar un discurso de izquierda conducía a sueldos entonces altísimos. Hoy siguen en la misma comodidad, pero en la ultraderecha. Este cerebro no está bien cableado para la protesta contra la medianía de la casa que Rómulo Gallegos atribuía a los segundones. Fue un esfuerzo titánico en que en cada minuto parecía que se iba a perder todo. Cada reunión era crucial, todo suceso decisivo y toda palabra mágica porque podía conducir a la catástrofe o a la gloria. Pero la experiencia me ha enseñado que esos sucesos son pasajeros. Pronto las neuronas del fariseísmo retomaron sus mañas y volvimos a lo mismo pero con la Renovación, pues también ella sirvió para asaltar sueldos altos. La Renovación la hizo la que he llamado Generación Gremlin, la mía. Esos peluches bañados de alborozo interior, que instantáneamente se volvían gremlins, aliens, traidores, monstruos encarnizados que dan miedo. A mí al menos. ¿Habrá alguna antropología que nos dé cuenta de cómo el guerrillero se vuelve neoliberal en 15 minutos? (tengo registrado ese récord). ¿Algún neurólogo lo explicará algún día? ¿Un biólogo molecular aislará alguna tarde ese vertiginoso gen? Doy un dato sobre mi modesta investigación científica en curso: ciertas conductas me dan náuseas, de donde he sacado la hipótesis, no mal fundada, de que la ética es una rama de la gastroenterología. Hay miserias que no he cometido gracias a una arcada oportuna. De basca en basca me he portado bastante bien hasta ahora. Un día algún gastroenterólogo nos explicará por qué hicimos la Renovación. Aunque para ello hará falta otra renovación.
Que trata de cómo fue vengada la muerte de Cervantes |
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