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Sección: Bitblioteca
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¡Qué ridículo! Caracas, domingo 19 de junio de 1994
Yo pensaba que, aun cuando cometan estupideces, los ricos y poderosos siempre eran menos estúpidos que yo, por el mismo hecho de ser ricos y poderosos y yo no. Pero este desastre bancario me muestra que es al revés, porque cuando yo cometo una tontería económica pierdo miles, pero ellos pierden cantidades que no sé si ellos mismos entienden. Tiraron setecientos mil millones y fruncieron los hombros con una sonrisa idiota, como Stan Laurel, el flaco de El Gordo y el Flaco: ¡Ay , perdón, me equivoqué! Setecientos mil millones. Releo y releo y no sé qué cifra es esa. Total, a mí cualquier guarismo de seis o mas ceros a la derecha me causa overflow cerebral, por eso lo escribo en letras, así al menos no me equivoco. Setecientos mil millones al horno, diría Julio Camba. Me pregunto si hay alguien llevando esas cuentas en un cuaderno. Porque lo malo de los números económicos es que simulan abstracción. Pero a uno el sueldito se dilapidan setecientos mil millones, pero se ganan suelditos le amanece valiendo 70% menos. Las autoridades económicas están como aquel andaluz que dijo: ¡Josú, qué mala sombra, se me ha muerto el burro cuando ya estaba aprendiendo a no comer! Libre empresa sin límites y ahí va el Banco Latino, los bancos auxiliados, el BND, el Banco Táchira, el Banco de Comercio, el Helicoide, Viasa, Canal 8..., desastres todos que tuvo que asumir el Estado. Pero así enceguecen los dogmas, no dejan ver ni siquiera perogrulladas como que la libre empresa funciona solo en aquellos casos en que funciona y fracasa en todos aquellos casos en que fracasa. Fue un potlatch esas dilapidaciones enloquecidas y rituales a que se entregan algunas culturas tradicionales. Como las fayas anuales de Valencia de España, fiesta de San José en que se queman obras de arte costosísimas. Debe ser divertidísimo tirar tantos millones, como niños lanzando juguetes por un balcón. Quemamos ritualmente setecientos mil millones: ofrenda a los dioses del neoliberalismo, esa religión sin poesía. Ciertamente sé poco de economía, pero es obvio que menos aun lo sabe quien tira setecientos mil millones por un albañal y luego dice perdón, creí que era Margot. Y eso angustia, porque uno siempre se tranquiliza pensando que los ingenieros saben más de ingeniería que uno, que los médicos más de medicina que uno. Pero en este caso hasta el economista Marrero la regó en una memez peor que Recadi, porque Recadi la hizo gente cínica, pero que al menos por eso mismo sabía lo que estaba haciendo. Así pasa cuando se actúa con desmesura, con la hybris de la tragedia griega, sin autocrítica, como acto irreflexivo: ¿de qué otro modo se explica que el dogma no viera que esos pillines iban a coger esos cientos de miles de millones, que obviamente no podían reintegrar, para especular con dólares y quién sabe qué otras marramucias que solo se saben los banqueros? ¿Pero no eran banqueros los que salieron de beatos a confiarles esa plata? ¿Cómo no vieron que premiaban la incompetencia y la picardía del perezmatismo económico? ¿Y no será que esos beatos dieron esa plata precisamente porque sabían que eso era lo que iba a pasar?
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